A la vista están océanos inmensos, grandes bosques, ríos caudalosos e imponentes valles; conteniendo pececillos, flores, remansos y contento. Mundos portentosos poblados de elementos pequeños, frágiles y admirables. Y están algunos humanos incesantes, en pos de dominar, triunfar y ser dueños. Cínicos encubriendo sus ansias de poder. Les digo que los hay sin corazón que van por ahí ofreciendo el nuestro.
Nadie merece ser tratado con prepotencia, se triunfe a su costa ni se le cause daño. Atropellos que, cuando quienes los experimentan permanecen insensibles, arraigan, crecen y se hacen peligrosos para la sociedad entera. Afortunadamente, vivimos en una democracia con libertad y sin censuras; en un marco con medios y personas honestas para que se ponga remedio a situaciones de opresión, corrupción y malestar, sin esperar a que los abusos acaben en globos tan elevados y cántaros con tantos huecos, que estallen y se rompan.
Pesimista nunca se ha de ser. Los pesimistas son de poner excusas, los optimistas, de tener proyectos. Entre quienes vivimos hay suficientes hombres y mujeres en los que confiar, instituciones en las que creer y hechos relevantes con los que alegrarse. La verdad es que a veces minimizamos una palabra amable, una sonrisa, un detalle de generosidad, el buen hacer de un profesional. Hay que valorarlos y se te encuentras con uno agradecérselo. A mí me ocurre con la buena persona y magnífico oftalmólogo que es Manuel Marcos Fernández, en quien tengo puesta toda mi confianza y aprecio. Y ya saben, la gratitud en silencio no sirve a nadie.
Licenciado en Geografía e Historia, exfuncionario de Correos y escritor
Aliseda, una puta coja (2018)
Lluvia de cenizas (2021)
Puesto a recobrar el aliento (2023)
Sombras en el jardín (2024)





















