Opinión

José Luis Puerto. Una poética de la verdad

David Arranz / ICAL. El escritor José Luis Puerto presenta su libro ‘Iluminar los días’ con la participación de Asunción Escribano y Antonio Colinas.

El pasado viernes, 29 de mayo, se entregó el Premio Eduardo Lourenço 2026, al poeta salmantino José Luis Puerto. El acto tuvo lugar en la Biblioteca Municipal Eduardo Lourenço (BMEL), de Guarda.

El siguiente texto fue encargado a la autora por los organizadores para glosar los méritos del premiado.

En El tiempo que nos teje (1982), primer poemario de José Luis Puerto, quedaba anunciada ya, desde su propio título, una metáfora decisiva en la obra de este autor: aquella que enlaza costura, escritura y vida. El poeta identifica la existencia y el tiempo con un telar que va entrelazando, hilo a hilo, nuestra condición humana. Irene Vallejo recuerda en El infinito en un junco que, «a lo largo de los tiempos», las mujeres «han sido las tejedoras de relatos y retales […] Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso textos y tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de una historia, el desenlace de la narración; devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga». Quienes hemos crecido viendo a nuestras madres y abuelas coser, hilvanar y zurcir comprendemos bien hasta qué punto esa imagen resulta constitutiva de una vida plena, y también de una verdad humilde y esencial. En Un jardín al olvido (1987), José Luis Puerto evocaba ese universo íntimo al final del poema «En aquel cortinal», cuando, perdida ya la infancia, susurra: «¿Dónde la aguja enhebrabas, madre, / para en vida zurcir / los rotos calcañares de la escueta pobreza? / ¿Dónde los claros bastidores / que recogen las telas / en que se hallan bordados ya de sombra / los signos capitales de mi infancia?». Esa figura, de una fuerza emocional extraordinaria, sostiene a lo largo de toda su trayectoria la honda relación entre costura, existencia y palabra escrita. Y reaparecerá, con plena coherencia, en el título de uno de sus últimos poemarios, Hebras de sílabas (2025). Quienes conocemos a José Luis le hemos oído evocar en más de una ocasión la imagen de la vida como una tela de araña en la que cada nudo somos nosotros y donde la vibración de una sola parte repercute en el conjunto. Esa idea de unidad y, al mismo tiempo, de pertenencia a una trama común define de manera ejemplar qué es la poesía, y en el caso de Puerto expresa con nitidez la necesaria e indisoluble fusión entre vida y obra.

Esa experiencia luminosa y esencial permite comprender por qué la trayectoria de José Luis Puerto ocupa un lugar eminente en la literatura española contemporánea, y por qué sobresale en ella por su hondura, su poder evocador y su cuidado estético. Desde su inicio en 1982 con El tiempo que nos teje hasta la actualidad, con libros como Ritual de la inocencia (2023), Cristal de roca (2024), La belleza de la huella (2024) o el ya citado Hebras de sílabas (2025), José Luis Puerto ha ido conformando, a lo largo de más de una veintena de poemarios, una voz singular marcada por la indagación constante en el tiempo, la memoria y la palabra, siempre desde una mirada piadosa posada como un foco intenso sobre lo más frágil del mundo. De este modo traza una cartografía a la vez íntima y colectiva en torno a los paisajes y a las huellas de lo cotidiano, donde la voz de la tradición se hace visible dentro de una modernidad que, lejos de disolver lo ancestral, lo reinscribe con sensibilidad histórica y conciencia crítica. Así se configura un itinerario avalado, entre otros reconocimientos, por premios como el Ciudad de Segovia, el Jaime Gil de Biedma o el Castilla y León de las Letras.

La concepción del tiempo en la obra de Puerto trasciende el mero registro cronológico y la nostalgia por lo perdido para señalar un mundo de valores en desuso y la verdad salvadora que estos encierran. Lejos de ser un telón de fondo, el tiempo se convierte en eje central de su estética, contemplado como «el verdadero texto humano». José Luis Puerto despliega una poética de gran belleza y tono meditativo, en la que predomina un impulso hímnico sin que por ello falten pasajes elegíacos, colmados de humanidad. Esa orientación permite que el poema sea a la vez celebración de lo efímero y canto a la existencia y a la pérdida, sin que ambas dimensiones se excluyan ni se contradigan.

 Junto a ello, en la escritura de José Luis Puerto aparece una atención constante a lo femenino como fuerza creadora, matriz de experiencia y ámbito de escucha. En sus páginas se perfila una figura femenina que actúa como cauce de transmisión de hondas verdades, otorgando al texto una ética de la presencia y de la experiencia vivida. Este rasgo se vincula con una estética de la maternidad, la apertura y lo germinal, visible en la frecuente simbología asociada al mundo natural.

Además de poeta, conviene destacar la brillantez de José Luis Puerto en la narración, el ensayo, la traducción, el columnismo y la etnografía. Esta última faceta, desarrollada a lo largo de más de treinta obras, se ha centrado de manera sostenida en la tradición oral y en las manifestaciones populares -fiestas, rituales, romances, cantares, cuentos, teatro popular, refranes, dichos y leyendas de nuestra tierra-, así como en la defensa de la cultura local y comarcal, desde una profunda preocupación por el paisaje y el territorio que habita. Desde esta perspectiva, Puerto se ha acercado con rigor y profundidad a la recopilación y al análisis de las expresiones creativas y populares de los distintos pueblos de Castilla y León.

En su faceta periodística, José Luis Puerto ha publicado recientemente la Selección de artículos periodísticos (2025), volumen que reúne buena parte de sus colaboraciones a lo largo del tiempo en distintos medios. Son textos articulados por una misma voluntad de reivindicar la cultura en un sentido amplio. Con una mirada siempre atenta a los espacios del saber que se van perdiendo y con una prosa cuidada y culta, Puerto recoge el discurrir narrativo, poético y ensayístico de celebraciones e hitos festivos marcados por ritos y creencias, que remiten a un tiempo vivido por las comunidades campesinas, a su intrahistoria y a su modo de habitar el mundo con respeto al cosmos, a la naturaleza y al entorno en que les tocó existir. Nos hallamos, conviene recordarlo, ante un autor cuya trayectoria ha buscado preservar el territorio de la tradición -y cuanto éste encierra de valioso- para el presente y el futuro.

Desde el punto de vista estético, la producción de Puerto se distingue por un uso intenso del lenguaje simbólico y sugerente, en el que abundan las metáforas visuales y sensoriales. A ello se suma el empleo de imágenes arquetípicas -el paraíso, la lengua original, el jardín-, mediante las cuales formula una concepción de la vida que trasciende lo anecdótico y apela a una verdad luminosa y profunda, convirtiendo el poema, todas sus obras y todos sus escritos, en un espacio de encuentro entre la belleza, la verdad y el bien.

De ahí que Puerto figure entre los autores de mayor reconocimiento en los ámbitos regional, nacional e internacional, y que su estética dialogue con otras voces y corrientes literarias de alcance universal. Su afinidad con autores como Paul Celan, José Ángel Valente o Antonio Colinas, entre otros, revela una búsqueda compartida de la esencia humana y del lenguaje como instrumento de indagación. Su legado se inscribe así en una tradición marcada por el simbolismo, la mirada meditativa, la reflexión humanística y la concepción de la poesía como espacio de rescate de los elementos sagrados de la existencia.

Asimismo, José Luis Puerto despliega, desde su condición de lector, escritor y traductor, un diálogo especialmente fecundo con figuras de la talla de Eugénio de Andrade o Miguel Torga, tendiendo un puente sutil y luminoso hacia la poesía portuguesa, cimentado en una sensibilidad compartida hacia lo mínimo, lo esencial y el misterio intrínseco del lenguaje. En la economía expresiva de Eugénio de Andrade -su musicalidad contenida, el constante retorno al mundo natural y la transfiguración de lo cotidiano en símbolo- resuena una afinidad profunda con la poética de Puerto, que también cultiva la sugerencia y la elipsis: una economía del gesto, un silencio elocuente que comunica tanto como la palabra. Por su parte, la impronta de Miguel Torga, con su atención a lo humano, lo rural, lo histórico y lo existencial, ofrece un marco de confluencia natural con la escritura de Puerto: ambos escuchan la voz de la historia allí donde lo íntimo se eleva a lo universal. En este cruce de caminos, Puerto reconfigura la experiencia poética y la convierte en una conversación abierta y plural con la tradición portuguesa, fundada en la claridad de la imagen, el cuidado verbal, la humildad ante lo real y la insistencia en la ética del oficio poético.

La obra de José Luis Puerto constituye, en definitiva, un testimonio hondo y sensible de la experiencia humana, en el que la estética se alza como eje vertebrador. Puerto no solo es un poeta excepcional, sino también un guardián y renovador del espacio de la tradición, un puente luminoso entre el pasado y el presente, un creador de belleza en cada palabra.

Es imprescindible, para terminar, reconocer la relevancia de su aportación a la cultura española, pues deja una huella indeleble en quienes nos adentramos cotidianamente en el universo infinito de sus libros. José Luis Puerto actúa como testigo y custodio de saberes amenazados por la vorágine digital, al tiempo que ofrece una lectura piadosa, humana, consciente, luminosa, solidaria y capaz de enlazar lo local y lo universal, lo tradicional y lo contemporáneo, lo humano y lo estético. Con la conciencia de que proteger lo valioso es la misión del poeta: “una misión -como escribe José Luis Puerto al final de su poemario Proteger las moradas– que tiene lugar en cada oscurecer y que realiza el encargado de dar la palanca para que se haga la luz […]. Y quien hace posible esa misión no es otro que el poeta”.

Y hoy, con este merecido Premio Eduardo Lourenço, concedido a José Luis Puerto, se ha encendido un poco más la luz del mundo. Muchas gracias por haberlo hecho posible.

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