Opinión

Soltar la mano que ya no abriga

Dos manos que se buscan. Imagen generada por IA.

«Todo pasa. Nadie tiene algo para siempre. Así es como tenemos que vivir».
Haruki Murakami (Kafka en la orilla)

Hay relaciones que fueron imprescindibles en un tiempo concreto de nuestras vidas y que hoy apenas sabríamos sostener, no porque sucediera un conflicto, sino porque nosotros ya no somos quienes vivieron allí. Cambiaron las prioridades, los silencios dejaron de ser cómodos para volverse extraños y lo que antes era un refugio se convirtió, sin estridencias, en el vacío de un mapa que ya no sabíamos leer.

Aceptar esto es doloroso. Nos educaron bajo el culto a la permanencia en las relaciones personales, bajo la idea de que solo lo eterno merece ser valioso. Nadie nos dio un manual de instrucciones para cerrar ciclos sin que el pecho se nos llene de culpa, ni nos enseñó a comprender que ciertos vínculos tienen una fecha de caducidad necesaria: cumplen su función, nos transforman y luego se diluyen. No son un fracaso, sino una parte natural de nuestro recorrido por la vida.

Como sugiere Murakami a través de su metáfora de la «piedra de entrada» -ese punto de no retorno que marca el fin de una identidad-, a veces soltar la mano no es un fracaso, sino una necesidad vital para cruzar al otro lado. Esos momentos en los que la piedra se abre nos recuerdan que, para alcanzar una nueva forma de conciencia, es necesario renunciar a la seguridad de lo conocido y aceptar que, inevitablemente, debemos transformarnos.

Quizá por eso insistimos en conservar afectos que ya no encuentran su lugar. Nos aferramos a recuerdos que pertenecen a una versión de nosotros mismos que ya no existe y tratamos de encajar el presente en la forma de un pasado que se ha vuelto irrecuperable. El esfuerzo suele ser estéril. Lo que termina agotándonos no es la pérdida, sino la resistencia a aceptarla.

Existen otras formas de querer más silenciosas y sólidas. Son los afectos que no exigen que permanezcamos congelados en la fotografía de hace diez o veinte años. Son amores y amistades capaces de acompañar nuestros cambios sin convertirlos en una amenaza y que abrazan a quien estamos empezando a ser. Tienen menos ruido, menos urgencia, pero ofrecen algo mucho más difícil de encontrar: la tranquilidad de sentirnos reconocidos tal como somos.

Y luego están los vínculos nuevos que adquirimos al caminar. Los que aparecen cuando ya no buscamos con esa ansiedad de la juventud que necesita llenar vacíos, sino con la calma de quien ha aprendido a convivir con ellos. La capacidad de conectar no desaparece con los años; cambia de forma. La madurez no reduce nuestra necesidad de afecto, pero sí modifica nuestra manera de ofrecerlo y de recibirlo. Ya no se trata de completar lo que nos falta, sino de compartir lo que hemos llegado a ser.

Quizá el verdadero aprendizaje consista en comprender que casi nada desaparece por completo. Las personas cambian de lugar en nuestra historia. Algunas permanecen en la memoria, otras en las fotografías y unas pocas continúan caminando a nuestro lado. Todas, sin excepción, dejan una huella que nos habita y explica quiénes somos.

Vivir, al final, no consiste en impedir el cambio. Consiste en aprender a convivir con el sin convertir cada despedida en una derrota. Hay una forma de amor que exige más valentía que la permanencia: agradecer lo compartido, sostener la mano mientras los caminos coinciden y, cuando llega la bifurcación inevitable, soltarla sin resentimiento y con gratitud.

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario

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