Una escena de la película 'No habra paz para los malvados'.
Una escena de la película 'No habra paz para los malvados'.

El caso es que todos lo hemos visto alguna vez, porque el mal existe. Vaya que si existe. Y en personas concretas que actúan siendo plenamente conscientes del daño que infligen a otros. Y no hay que buscar explicaciones en la psiquiatría ni en la educación recibida. Son malvados y punto. Por interés, por ostentación de dominio o poder, por ansias de venganza o lo que sea, actúan a sabiendas de que causan dolor y en ocasiones hasta disfrutan con ello.

La historia de Salamanca, eterna ciudad de bandos, atesora episodios con mucha maldad. Los pactos con el diablo en la cripta de San Cebrián resultan de lo más pintoresco, hasta el punto de ser sinónimo salamanca, en Hispanoamérica, de cueva dedicada a la nigromancia y aquelarres. Las piedras talladas en forma de calavera que aparecen en la fachada de la Casa de las Muertes son también recuerdo de horrendos episodios que, a medio camino entre la leyenda y realidad, son testigos de un pasado en el que el mal se apoderaba, como ahora, de las almas.

El mal, siempre ha sido así, tiene el rostro bien definido. En la política lo vemos continuamente, porque la psicopatía es uno de los atributos más extendidos entre quienes olvidaron la primacía del servir sobre el medrar o vivir a costa de ella. Pero la maldad, como es evidente, no se concentra solo entre quienes gobiernan la cosa pública. La tenemos mucho más cerca. En la familia el sufrimiento, cuando se produce por estas causas, es terrorífico y casi siempre se padece en silencio, lo mismo que en el trabajo, en el que la injusticia, el fraude y los acosos de todo tipo están mucho más presentes de lo que se cree, a pesar de los avances en la concienciación y legislación de los últimos años. El malo siempre juega con la baza del miedo.

Especialmente doloroso es descubrir cómo entre aquellos llamados a hacer el bien se entrevera el mal, sobre todo en la Iglesia. Mi buen amigo Álex, leonés de pro, decía con el ingenio y sorna que le caracterizan que nunca ha visto mayor maldad que en aquellas monjas progres que se cortan el pelo a lo borroka. La maldad de una monja, remataba, podría superar el nivel de Dios en el diluvio. Que el Señor nos libre de estos curas y monjas, obispos y obispas, renegados y entregados a la concupiscencia en sus distintas expresiones. El evangelio de Lucas, pese a ser el de la misericordia, se muestra inclemente con quienes pretiriendo las cosas de Dios comen, beben, bailan, compran, venden y plantan sus buenos pinos…  Hasta que llegó «el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos».

Así las cosas, evocando a Jean Paul Sartre, «el infierno son los otros». No hay que excavar para encontrarlo en las profundidades. Está muy cerca, con rostros avinagrados de brujas pirujas a lo Cruella de Vil, con bellezas aristadas en cuerpos espigados cuyas sonrisas se convierten en muecas contorsionadas cuando las cosas se tuercen para sus intereses. Si hablaran las paredes de los palacios y despachos presidenciales cuántas cosas podrían contar.

¿Será verdad que Dios es justo y como decía el catecismo premiará a los buenos y castigará a los malos? ¿Será verdad que la justicia se acaba imponiendo siempre para colocar a cada cual en el lugar que le corresponde? Quiero pensar que sí y, si no, como en la película de Coronado, que se cumpla el No habrá paz para los malvados.

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F. Javier Blázquez

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