La actual administración de Donald Trump ha consolidado un cambio de paradigma global donde el Derecho Internacional ha sido sustituido por la fuerza bruta y el interés transaccional. Este modelo, que algunos califican de "post-jurídico", no solo busca la hegemonía económica de Estados Unidos, sino que exporta un ideario autoritario que resuena con fuerza en Europa y América Latina.
El corazón de la estrategia de Trump es la supervivencia del dólar frente a la insurgencia financiera de China. Desde que Pekín -el mayor importador de hidrocarburos- introdujo el petroyuan en 2018 como alternativa para las transacciones en Oriente Medio, el dominio estadounidense se ha sentido amenazado.
Países bajo sanciones, como Irán y Rusia, ya operan en yuanes, y el reciente acercamiento de Arabia Saudita a este circuito financiero ha acelerado la agresividad de Washington. La intervención en Venezuela y el derrocamiento de su liderazgo no son solo acciones políticas, sino un intento desesperado por capturar las mayores reservas de crudo del mundo y evitar que se consoliden circuitos de pago ajenos al control de la Casa Blanca.
La retirada de Estados Unidos de los organismos multilaterales no es una omisión, sino un ataque deliberado a la rendición de cuentas. Al abandonar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la OMS y Acuerdo de París, sancionar a la Corte Penal Internacional, Trump ha dejado un vacío de liderazgo que da paso a las tendencias autoritarias globales. Bajo la premisa de que las instituciones globales son 'cárceles' para la soberanía estadounidense, la Administración Trump ha ejecutado una retirada estratégica de más de 60 organizaciones y tratados internacionales.
Al recortar drásticamente la financiación de la URNWA (Agenda para Refugiados Palestinos) y cerrar agencias como la USAID, Estados Unidos ha enviado un mensaje claro: la ayuda humanitaria ya no es un compromiso moral, sino una herramienta de presión política que sólo otorga a cambio de obediencia o beneficios económicos directos.
Internamente, el despliegue de agentes del ICE para realizar redadas violentas y el uso de militares en labores de orden público bajo la retórica anti-woke han puesto en jaque la Primera Enmienda. Esta agresividad migratoria y la limitación de derechos reproductivos y de minorías LGBT no se quedan en las fronteras de EE. UU.; son un manual de instrucciones para líderes como Abascal en España, Milei en Argentina o Bukele en El Salvador.
El papel de figuras como Elon Musk es crucial en esta nueva etapa. Como tecnócrata neocon Musk ha convertido plataformas como X, que controlan gran parte de la opinión pública, en herramientas de propaganda xenófoba y antisocial, facilitando que el discurso de miedo y la demonización del migrante se normalicen.
El desorden global, alimentado por la polarización de la riqueza y la ansiedad climática, ha empujado a las sociedades a la búsqueda de un 'líder fuerte'. Trump se presenta en este panorama como un pacificador buscando incluso el Nobel de la Paz mediante frágiles altos al fuego en Gaza o en Ucrania mientras simultáneamente ordena ataques militares y secuestros de mandatarios soberanos.
Nos encontramos por lo tanto, ante un panorama internacional que deja claro que para algunos los derechos humanos son prescindibles si obstaculizan el poder económico o militar, dejando a miles de millones de personas vulnerables ante un imperialismo que ya no necesita máscaras diplomáticas.
Por. Carla González Miguel, defensora de los Derechos Humanos