Se anticipó el verano ninguneando al refranero y parece que este año no tuvimos que esperar al cuarenta de mayo, para guardar el sayo en el armario con las prendas de abrigo y entretiempo. Altas temperaturas que rifan golpes de calor y noches de insomnio a discreción, calores más propios del estío que de esta primavera Sabinera, que apenas pisó en el andén de su estación, nos dijo ¡hola y adiós!
Ya empieza el bullicio de fin de semana en los pueblos, con la algarabía de quienes escapan de la ciudad buscando desconectar de sí mismos. Cualquier excusa y formato social es válido, solos, en pareja, en familia o en pandilla, siempre será mejor que quedarse en Salamanca esperando el paseo de la noche, en busca de un poco de brisa fresca en alguna terraza de cualquier calle o plaza cuando el sol ya no esté operativo.
No todos somos de pueblo, pero todos tenemos un pueblo donde perdernos unas horas, unos días y a veces toda una vida. A lo largo de estos años he cubierto numerosos festejos estivales como fotógrafo de prensa, desde las fiestas del San Pedro y San Pablo a últimos de junio hasta las de San Ceferino en Tenebrón a últimos de agosto y en todos los municipios comparten la devota tradición de encomendar su festividad a una imagen religiosa, conservando sus ritos populares hasta nuestros días con más o menos rigor.

Lo habitual en estos reportajes es cubrir el pregón, la procesión, la paella, las vaquillas y la verbena. A mí lo que más me gusta desde un punto de vista fotográfico es la procesión, pero no por el hecho religioso, sino por lo que supone de conservar la costumbre de reunir al pueblo en torno a la venerada imagen en procesión tras el cortejo municipal, los vecinos y el pasacalles de alegres melodías, en contraste con la severa religiosidad de la Semana Santa.
La programación de verano que hacen los ayuntamientos de la provincia ofrece innumerables actividades, que no dan pie al aburrimiento de niños ni mayores. Pero el gran día siempre lo marca el santoral, la misa de doce que llena la iglesia y si no cabes te quedas afuera apostado en los muros del templo, procurando la sombra hasta que salga a hombros la Santa Patrona o el Santo Patrón, para dar una corta vuelta alrededor de la iglesia con animada conversación y poca oración.

Concluida la procesión, comenzará la fiesta y, para muchos, las vacaciones de verano. Convivir estos días es compartir vivencias entre quienes acuden, un año más, al encuentro de su infancia, sabedores de que tal vez no volverán hasta el próximo verano o, con suerte, hasta Navidad, y quienes un día fuimos invitados y, al año siguiente, decidimos inscribirnos en un imaginario censo vacacional, por los siglos de los siglos.
Que empiece la fiesta para todos, pero no olvidemos cuidar nuestros pueblos y sus montes si queremos volver un año más y que todo siga casi igual.