Hay ideas que gozan de una extraña persistencia en el imaginario colectivo. Se repiten con tal intensidad que acaban instalándose en la conversación pública con la solidez aparente de las verdades indiscutibles, aunque apenas soporten la luz de un examen profundo y honesto. Una de ellas sostiene que los profesores vivimos entregados a una especie de verano permanente, y disfrutando siempre de unas vacaciones eternas. Basta con que llegue junio para que alguien diga con esa mezcla de envidia benévola y simpatía distraída: “Qué suerte tenéis los profesores que estáis ya de vacaciones”. Y lo dicen, casi siempre, en el preciso momento en que nuestro trabajo entra en uno de sus momentos más agobiantes, cansados, densos y exigentes. De hecho, hace unos días me subí a un taxi y cuando el conductor supo que era profesora universitaria sonrió por el retrovisor y dijo: “Pues ya estarás de vacaciones”. Miré el reloj. Eran las ocho de la tarde y aún me esperaban treinta exámenes por corregir, dos actas que cerrar y seis guías docentes por hacer. No le respondí. Me limité a sonreír.

En este sentido, hay que señalar que la Universidad posee una singularidad que la aparta de casi todos los demás mundos laborales: buena parte de su quehacer transcurre en la penumbra. Se ve lo que se hace en el aula. Pero no se ve el caudal silencioso de tareas que sostienen a esta profesión y su día a día por detrás. Como en los icebergs, lo visible no es más que una mínima y engañosa porción de lo real.

Cuando el curso concluye y los pasillos empiezan a vaciarse con ese rumor de llegada del fin del mundo que tienen los edificios abandonados, lejos de inaugurarse el descanso, se abre para el profesor universitario uno de los tramos más arduos y activo del calendario. Llegan las correcciones de exámenes, los trabajos finales, las actas, las revisiones, las tutorías extraordinarias, las reclamaciones, las guías docentes del nuevo curso, las defensas de los trabajos Fin de Grado y/o Fin de Máster (los dirigidos y aquellos de cuyo tribunal se forma parte), los informes que en su creciente -y con frecuencia absurda- burocracia cada año nos reclama más el Ministerio... Y cada una de estas actividades, que se van acumulando y, también, superponiendo, reclama su tiempo, su concentración y una responsabilidad de la que casi nunca se habla.

A ello se añade una dimensión menos visible, pero igual de decisiva, de la vida universitaria: la investigación. Los artículos científicos, obligados en nuestra profesión (pues alimentamos nuestra docencia de lo que vamos estudiando y publicando), no brotan solos en una mañana de inspiración afortunada ni maduran al sol como la fruta. Exigen meses -a veces años- de lectura paciente, análisis, revisión y escritura que se deshace y rehace sobre sí misma. Muchos proyectos encuentran precisamente al final del curso el único resquicio desde el que avanzar sin el agobio del horario lectivo. Mientras el imaginario colectivo nos representa reposando bajo una sombrilla frente al mar, no pocos profesores pasamos largas horas ante una pantalla revisando bibliografía, corrigiendo pruebas de imprenta o preparando comunicaciones para congresos celebrados en ciudades que rara vez tienen playa.

Por otro lado, hay, además, una paradoja en la que es obligado detenerse. Cuanto más comprometido está un profesor con su tarea, más difícil le resulta trazar la frontera entre el tiempo de trabajo y el tiempo propio. Los profesores universitarios vemos, así, reducidos frecuentemente nuestros fines de semana y también nuestras vacaciones, puesto que la enseñanza no concluye cuando se cierra la puerta del aula o del despacho. Una idea para una clase o una referencia bibliográfica aparecen, con frecuencia, en la intimidad de una lectura nocturna; una respuesta a un estudiante se escribe en mitad del fin de semana, entre el café mañanero y el periódico. No se trata de heroísmo ni de martirio voluntario, sino de la naturaleza misma de una profesión edificada en torno al conocimiento. Pensar, leer y escribir no siempre obedecen a los relojes administrativos ni a los calendarios de los recursos humanos.

Y claro que los profesores tenemos vacaciones, faltaría más. Las tenemos como debe tenerlas cualquier trabajador que no haya confundido la vocación con el sacrificio. El descanso no es un privilegio: es una necesidad y, en cierto modo, una forma de justicia elemental. Nadie debería cargar con la culpa de entregarse a unos días de pausa después de meses de actividad intensa. Pero una cosa es reconocer ese derecho -y hasta defenderlo-, y otra muy distinta alimentar el tópico de que la docencia universitaria se reduce a unas cuantas horas de clase rodeadas de infinitos periodos de ocio.

Quizá la persistencia en la mente de la población de este, tan falso como absurdo, mito se explique porque vivimos en una sociedad en la que se valora más lo visible que lo real, se juzga por lo que se ve, sin profundizar en si es verdad o no. Así percibimos al profesor en el aula, pero no vemos las decenas de horas que han hecho posible esa clase. Vemos el calendario académico con sus fechas en rojo, pero no advertimos el trabajo desapercibido en que se sustenta la docencia cotidiana. Confundimos la ausencia de estudiantes en el campus con la ausencia de actividad, como si una biblioteca cerrada dejara por ello de implicar que se pueda estar leyendo en casa.

Toda profesión arrastra sus tópicos, sus leyendas y sus malentendidos. Algunos apenas rozan la superficie y resultan más o menos inofensivos; otros, en cambio, terminan deformando la percepción social de trabajos complejos y necesarios, erosionando su dignidad. El de las supuestas e interminables vacaciones de los profesores pertenece, sin duda, a esta segunda estirpe. Bastaría asomarse a cualquier despacho universitario en las últimas semanas de junio para descubrir una escena bien distinta de la leyenda: mesas cubiertas de exámenes como campos después de la batalla, calendarios desbordados, correos sin responder acumulándose, y profesores que continúan trabajando mientras el verano empieza a insinuarse seductoramente tras las ventanas, y mientras los familiares más cercanos comienzan a marcharse a la piscina.

Tal vez entonces comprenderíamos que la enseñanza no es un oficio estacional, sino una tarea continua. Un telar amplio hecho de palabras, de lecturas, de correcciones y de responsabilidades calladas que nadie aplaude porque nadie las ve. Y comprenderíamos también que, mientras algunos creen que las vacaciones ya han comenzado, muchos profesores siguen entregados a la labor menos visible y quizá más decisiva de todas (y en los tiempos que vivimos, incluso, guiados por la utopía): velar para que el conocimiento prosiga su largo y frágil viaje de una generación a la siguiente.

 

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Asunción Escribano

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