No sé exactamente cuándo ni cómo sucedió. Tal vez ocurrió poco a poco, sin que apenas nos diéramos cuenta, pero hemos pasado de conversar para entendernos a hablar únicamente para tener razón. Y aún más allá: para callar al interlocutor. Antes discutíamos para entender al otro. Ahora, con demasiada frecuencia, discutimos para aniquilarlo.
Hubo un tiempo en que se podía discutir de política, de fútbol o de cualquier asunto espinoso alrededor de una mesa, incluso con los cuñados en las cenas de Navidad. Nadie esperaba convencer al otro en media hora; bastaba con escuchar, responder y aceptar que dos personas razonablemente inteligentes podían llegar a conclusiones distintas sin que eso constituyera una declaración de guerra. Se discutían las ideas, no la dignidad de quien las defendía.
Hoy parece que discrepar exige elegir trinchera. Lo preocupante no es que existan opiniones diferentes -eso ha ocurrido siempre y, hasta donde sabemos, seguirá ocurriendo-. Lo preocupante es que hayamos dejado de conceder al otro el beneficio de la buena fe, ese lujo antiguo que ahora parece propio de ingenuos. Hemos confundido el debate con el combate, y lo hemos hecho con un entusiasmo digno de mejor causa. Cada vez hay menos interés por entender qué quiere decir quien piensa distinto y más prisa por encontrar el adjetivo con el que desacreditarlo. Como si llamar ignorante, fanático o vendido al contrario fuera suficiente para demostrar que uno tiene razón. Tres adjetivos bien elegidos y el argumento, convenientemente, deja de ser necesario.
Las redes sociales han hecho su parte, sobre todo cuando el anonimato se convierte en coartada y, de paso, en armadura donde esconderse. Resulta mucho más sencillo creerse valiente cuando nadie conoce nuestro rostro ni tendrá ocasión de pedirnos explicaciones a la salida del portal, a la puerta del colegio o en el bar de la esquina. Ocultos tras un nombre inventado y un avatar que nunca envejece, algunos ya no se conforman con el insulto; se permiten también la tergiversación o, sin más rodeos, la mentira. Atribuyen al adversario intenciones que nunca tuvo, palabras que nunca pronunció, hechos que nunca sucedieron. Todo vale, siempre que sirva para desacreditar a quien está enfrente.
Vivimos en la era de la comunicación permanente y, sin embargo, conversamos cada vez menos: una paradoja que cualquier publicista envidiaría. Enviamos mensajes, compartimos opiniones y acumulamos argumentos como quien acumula munición, pero hemos olvidado el valor de una charla sin vencedores ni vencidos, de esas que terminaban con uno volviendo a casa con las mismas ideas de siempre... o, en el mejor de los casos, con alguna duda nueva. Eso nunca fue una derrota. Hoy, en cambio, dudar en público se ha convertido en una señal de debilidad y casi una temeridad.
Echo de menos aquellas conversaciones que terminaban con un café frío y una promesa que entonces sonaba a futuro y hoy sonaría casi a amenaza: «seguiremos hablando otro día». No porque entonces pensáramos todos igual -nunca lo hicimos-, sino porque a nadie se le ocurría que humillar al otro fuera un argumento. Una opinión puede ser discutible; una mentira deliberada, por mucho que se disfrace de opinión, no lo es. Y en el momento en que aceptamos la mentira como arma legítima contra quien piensa diferente, dejamos de conversar para empezar, sin darnos demasiada cuenta, a degradar la convivencia. Quizá la verdadera educación democrática no consista en convencer siempre al otro, sino en defender nuestras convicciones con respeto, con argumentos y con un compromiso con la verdad.
Porque una sociedad no empieza a romperse cuando deja de pensar igual; empieza a romperse cuando deja de saber discrepar. Al fin y al cabo, una democracia no se mide por el número de opiniones que admite, sino por la forma en que trata a quienes piensan diferente. Y, a juzgar por lo que vemos cada día, no salimos demasiado bien en la fotografía.
Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado
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— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) June 13, 2026