“No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche”. Albert Camus

Solemos confundir la pérdida de la esperanza con la desesperación, como si ambas fueran el mismo naufragio. Nada más lejos: si la primera es atravesar un desierto, la segunda es sobrevivir a una tormenta.

La pérdida de la esperanza es un ejercicio de serenidad gélida. Es el instante en que el horizonte cesa su promesa y, al fin, aceptamos que el sol no se alzará allí donde lo aguardábamos. Se trata de una retirada silenciosa, un despojarse de los abrigos ilusorios para sentir el frío de la verdad sobre la piel. No hay estridencia en este estado; es una forma de honestidad brutal, un "ya no" que nos obliga a sentarnos sobre las ruinas y mirar el paisaje tal cual es: desnudo de expectativas. Es, en esencia, una forma de paz -amarga y desabrida-, que nos libera de la extenuante fatiga de esperar, es un acto de realismo que disminuye el desgaste emocional.

 

La desesperación, en cambio, es un incendio. Es la fuerza centrífuga que nos estrella contra los muros del mundo, una negativa violenta a habitar la carencia. Donde la esperanza perdida se sienta a observar la inmensidad del invierno, la desesperación intenta, con uñas y dientes, forzar una primavera inexistente. No es la ausencia de luz, sino el pánico ante la penumbra; es el rechazo visceral a aceptar que el camino ha llegado a su término. Mientras la pérdida de la esperanza es una renuncia que nos devuelve a la tierra, la desesperación es un ruido sordo, una danza frenética en el vacío que nos impide escuchar lo que el silencio trata de decirnos.

Aprender a distinguir estas dos orillas es, quizás, la tarea más urgente del espíritu. Como bien recordaba Albert Camus, «no hay sol sin sombra, y es necesario conocer la noche». Porque solo cuando dejamos de confundir el ocaso de una ilusión con el fin del mundo, podemos empezar a caminar sobre nuestras propias cenizas sin el peso de lo que ya no existe, ni el vértigo de esa batalla estéril que solo busca, en vano, rescatar lo que ya se ha ido para no volver.

Reconocer que algo ha terminado es, en nuestro tiempo, el acto de rebeldía más silencioso y, a la vez, el más solitario de todos. Es un duelo privado, un pacto con el silencio donde, por fin, dejamos de ser esclavos de lo que se fue para poder, simplemente, volver a respirar. Como decía Epicteto, no se trata de que las cosas ocurran como queremos, sino de desear que ocurran como son; solo así, sentados sobre las ruinas, recuperamos la serenidad para, humildemente, continuar viviendo.

Por. Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

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Miguel Barrueco

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