Ana Garriga, salmantina de nacimiento, y Carmen Urbita son las autoras de Instrucciones de novicia y las voces que están detrás del podcast Las hijas de Felipe. Durante la charla que mantuvimos con ellas -a dos vovces- en Salamanca, cuando vinieron a presentar el libro a Letras Corsarias, entrarán y saldrán monjas, santas, reyes… Se hablará de mujeres, de obediencia, pobreza y castidad. En resumen, se hablará de la vida, porque todo lo que te pasa a ti, ya le pasó a una monja del siglo XVI y XVII.
Por curiosidad. ¿Son religiosas?
Carmen Urbita. No somos lo que se entiende por creyentes, practicantes… ninguna de las dos. No fuimos a ver al Papa. Las dos teníamos una obsesión por ser buenas, por la bondad, que nos llevó a los 9 años, sin haber sido bautizadas, a obligar a nuestros padres a que lo hicieran para poder tomar la Primera Comunión. Dicho esto, poco después tuve una inmediata desaparición de la fe, muy pronto. La vida nos llevó por direcciones opuestas. No somos creyentes, pero vivimos en la cultura Católica de la que no puedes escapar.
Ana Garriga. Yo iba a un colegio de monjas.
Instrucción de novicia está repleto de monjas.
C. U. Sí, pero en el libro hablamos de Dios como una herramienta retórica para ellas. No entramos en su devoción y su fe, porque es un tema que nos pilla mucho alejado.
A.G. Leyendo a estas mojas tan de cerca, siento como mucha fascinación y el objeto de estudio se solapa con pensamientos más transcendentes. Pero, de ahí a ser religiosa, es otra cosa. Si tuviera que decir si soy o no religiosa, diría que no.
Si tuvieran que encomendarse… ¿Lo harían a Santa Teresa o a Teresa de Jesús?
A.G. Según para qué. Ella era muy sabia y destacamos de ella en el libro su capacidad de sacar el trabajo adelante y la gestión de su comunidad. Es una persona que procuraba hacer la vida más fácil. Me encomendaría como para la buena salud, para que el trabajo salga bien… como para las cosas terrenales.
C.U. La elegiría como presidenta.
A.G. No nos iría mal.
De todo lo que habéis leído de Santa Teresa o de María San José. ¿Qué enseñanza aplicáis a vuestra vida?
C.U. Las dos aparecen a lo largo de todo el libro y lo articulan, sin que nos diéramos cuenta cuando lo estábamos escribiendo. María San José es muy protagonista. Hay algo en su manera… es algo que nos aplicamos a la vida y formula mucho la idea del libro. Queremos animar a las lectoras a que lo hagan. Es esta idea que tenía María San José de heredar el legado de las que habían peleado, pensado y cuidado de las demás, como el caso de Santa Teresa, y cuidarlo para las que están por venir. Esa idea de tener el pasado en mente, de leerlo y releerlo para divulgarlo como una especie de amparo para las que están ahora y las futuras.
Hablan de las lectoras…
A.G. Sí y no nos escondemos. Desde que empezamos el podcast siempre hablamos en femenino a nuestra audiencia. No es que no invitemos al público masculino a entrar en nuestro universo, que lo hacemos. Tiene que ser un público que esté cómodo cuándo apelamos a él en femenino, que no se sienta ofendido.
C.U. Es casi un dispositivo de protección que nos ponemos. Si estás dispuesto a pasar el filtro de que se refieran a ti en femenino y que te parezca bien entrar en un espacio feminizado explícitamente, encantadas.
A.G. Además, tenemos muchísimos oyentes y lectores hombres que están cómodos.

Su podcast se llama Las hijas de Felipe… Ustedes también tienen un Felipe como rey, al igual que Santa Teresa…
A.G. No, no compartimos el mismo Felipe, nosotras nos referimos a Felipe II. Ha coincido que ahora el rey se llama Felipe VI, pero no nos referimos al actúa, como tampoco es Felipe González. (Risas)
C.U. Es un juego, más en el podcast que en el libro, de revisitar los siglos XVI y XVII. Además, también recuperar las figuras de esa época como Lope de Vega o al mismo Felipe II, pero desde un reverso feminizado, íntimo… que los revierte un poco.
A.G. En realidad, fue por casualidad, pero es que el trabajo académico de las dos orbita alrededor de Felipe II.
C.U. Mi tesis tiene que ver con el Escorial. ¡Imagínate! He tenido Felipe II para rato.
Teresa de Jesús conoció a diez Papas y vivió la contrareforma siguiendo con su lema: ‘Lo que te pasa a ti ya le pasó a una monja del siglo XVI y XVII, ¿por dónde va ahora la iglesia?
A.G. Nos cuesta mucho responder a este tipo de preguntas, porque nos hemos aproximado a todo este archivo de escritura desde un ángulo de disfrute y análisis literario. Sabemos mucho de las monjas y la cultura conventual de los siglos XVI y XVII, pero no sabemos nada de la iglesia de ahora.
¿Estas mojas tenían conocimientos teológicos?
A.G. Había monjas escribiendo tratados, que no llegaban a la imprenta, pero había una circulación manuscrita de monjas escribiendo su propia versión de los enfoques teológicos.
C.U. Sor Juana se metió en un buen lío por ello. Al igual que una carmelita de finales del siglo XVII, que fue una teóloga en toda regla. También María Jesús de Agreda, cuyo tratado es una cosa cosmográfica, pero teológica a la vez.
Por curiosidad. ¿Por qué tuvieron que ir a Estados Unidos para poder encontrar documentación sobre estas monjas, que muchas de ellas son españolas y europeas?
C.U. Esa pregunta nos lo hacían muchas veces en la aduana de Estados Unidos. Veían en nuestros papeles doctorado y estudios hispánicos y preguntaban: ‘¿Por qué venís aquí?’. Tienen que ver con la academia estadounidense, con el profesorado y por las perspectivas que tienen allí.
¿Creen que si no hubieron existido los grandes nombres masculinos del Siglo de Oro ellas hubieran tenido más especio?
C.U. Teresa de Jesús lo tuvo, al igual que Sor Juana. Son estas grandes excepciones que tuvieron cierto éxito, no sin sufrimiento. Pero, siempre se las mira como mujeres que consiguieron escribir de maravilla y tener altos pensamientos filosóficos… a pesar de ser mujeres y estar en los conventos.
¿En qué sentido?
C.U. Quizá por estar más lejos y haberse formado la academia por profesores que son de todas partes, también de aquí, es un entorno más interdisciplinar que mira lo literario con más herramientas. Tiene una mirada más amplia que nos venía muy bien.
A.G. Es como muy fresco estudiar los siglos XVI y XVII que están tan sobrecargados con ciertas connotaciones como imperialistas y derechosas. Y, estudiarlos desde fuera ha sido otra cosa. Nada de lo que hacemos, ni el libro ni nuestro trabajo académico… no lo digo desde una especie de superioridad, pero nada hubiera salido igual si no nos hubiéramos ido, lo viéramos con muchísima distancia y haciendo otro tipo de lecturas.
Ese a pesar… como que las menosprecia…
C.U. Sí a ella y a todas las demás que no consiguieron ese nivel de fama, por lo que no llegaron a la imprenta. Realizan otro tipo de escritura más híbrido, pero que circulaban mucho en el convento, como las epistolares que tienen mucho valor. Todo lo que puedas leer de María Jesús de Agreda es una locura. Hay otras monjas más desconocidas que tenían el hábito de escritura, porque el convento las inoculaba ese tipo de tarea que muchas veces se ha mirado por encima del hombro, porque no encajaban en el canon de géneros más masculinos.

¿Se preocupaban las prioras de que sus religiosas tuvieran una educación, aunque fuera básica?
A.G. Depende mucho de las órdenes. Por ejemplo en las Carmelitas Descalzas, Santa Teresa en las primeras constituciones de 1567 y más adelante, así como las que vienen después, uno de los puntos es que las monjas siempre tienen que tener a mano buenos libros. Las Carmelitas tenían que saber leer. Había un impulso a la lectura y escritura. Los conventos Carmelitas están repletos de legados. A veces, nosotras decimos que tenían como obsesión por escribir.
¿Sobre qué?
A.G. Autobiografías, biografías de compañeras, cancioncillas, romances… En las Carmelitas de Valladolid tienen un cancionero increíble. Eran poetas. Lo que intentamos con el libro es que no hay una categoría fija y unívoca de la idea del convento y de la monja. Es un mundo tan variado como otro universo. No es lo mismo ser una Capuchina en México, que ser una Clarisa en las Descalzas de Madrid, que eran monjas aristócratas o una Carmelita Descalza, que eras de la burguesía castellana y venías como con mucho recorrido de casa.
C.U. Había mucha variedad. El convento era un espacio de alfabetización femenino de la época. Algunas no habían aprendido a leer y escribir hasta que no entran en el convento.
A.G. Hay un artículo académico que citamos en el libro y me encanta el título. ‘Leyendo yo y escribiendo ella’. Esa frase ilustra muy bien que eran espacios de alfabetización e intelectuales. Sería impensables fuera del convento ver a dos mujeres una leyendo y otra escribiendo. A no ser que fueras de un ambiente muy noble y especial.
Sin redes sociales… Teresa de Jesús fue influyente. ¿Qué mujer sería ahora ese referente?
C.U. Es muy complicado. Hacemos estas conexiones pasado presente, pero solo nos funciona de verdad cuando no intentamos imponer una pregunta del presente en el pasado. Me explico, cuando estamos leyendo el archivo del pasado y hay algo en la lectura que de pronto una empatía que te hace conectarlo con el presente. ¿Qué sería lo de hoy en el pasado? Rara vez funciona. Si lo piensas es muy artificial.
A.G. No me atrevo, pero tendría que venir de una familia relativamente acomodada, no aristócrata, como muy cabezota… un poco activista. No está hecho el mundo actual para Santa Teresa.

Lo que sí está abundando es la estética religiosa, Rosana, Rihanna…
C.U. Sí, porque de alguna manera es muy atractiva. Pero, el trabajo que hacemos está como muy alejado de la gente que fue a ver al Papa o acude a las vigilias. Nosotros queremos ver el resurgir de la monja como icono feminista.
Explíquese.
A.G. Siempre las ha habido como muy influyentes. Es fácil trazar una genealogía histórica, que sobre todo para las mujeres que hemos estado muy huérfanas de historia, es como una manera de situarnos y aposentarnos en el mundo. No sé si los retos de las gentes que está volviendo a las monjas lo hacen desde ahí.
C.U. Hay muchos motivos materiales hoy en día como para anhelar una fantasía conventual. Techo, comunidad, comida, rutina… garantizada.
A.G. Es como no estar sometida a la producción.
C.U. Claramente hay algo que tiene que ver con la transcendencia… Más allá del disco de Rosalía o Los Domingos… Hay mucha producción variada y heterogénea que se mete en el mismo saco. Nuestro libro no va por ahí, si tuviéramos que darte una respuesta de en quién creer, sería en la comunidad. Si estás en una comunidad sostenla y protégela, porque eso es muy valioso.

Hace años, no tantos, las mujeres se metían a monjas para encontrar libertad. Leyendo Instrucción de novia se pude decir que la motivación es parecida. ¿Por qué creen que la mujer encuentra con sus iguales esa liberación?
C.U. También era para seguir llevando una vida como la que tenían en su casa, pre matrimonio. Algunas seguían a sus primas que ya habían entrado en el convento y era una opción mucho más atractiva mantener esa sociabilidad femenina que casarte con Dios sabe quién o sobrevivir a no se sabe cuántos partos…
Que me dicen si les digo la expresión: ‘Ahora mismo me metía a moja’.
C.U. No tiene que ver con el convento, es más bien con la fantasía.
A.G. Nosotras lo decimos al final del libro, como destilación metafórica del convento. Lo que hay no es un deseo genuino de meterte en un convento, es como ojalá trasladar a tu vida secular algunos rasgos atractivos que tiene ese tipo de vida. Nada te hace tener mejor salud que mantener una rutina perpetuada.
C.U. Dormir siempre las mismas horas, comer siempre a su hora… Eso es salud.
A.G. Estamos en un momento geopolítico global en el que hay mucho anhelo conventual.
Pobreza, obediencia, castidad… Son votos de los religiosos y de muchos sectores de la población.
C.U. No lo había pensado, pero sí. Pobreza, sobre todo. Obediencia… hay una sumisión absoluta. Es muy difícil tener conatos de rebeldía sin perder la supervivencia. Quizá las monjas del Barroco sean una inspiración, porque supieron revelarse mucho, a pesar del voto de obediencia. Lo hicieron de una manera no como el icono feminista que impera ahora, que serían las brujas, que se revelaron, pero murieron y se extinguieron. Las monjas, colectivamente, lo hicieron desde abajo y con las tretas del débil, encontraron sus maneras de hacerlo y nos inspiran.
A.G. Lo del voto de castidad se dice mucho de las generaciones más jóvenes. La Generación Z tiene una manera de relacionarse con la sexualidad. No lo habíamos pensado. Sí que se hacen los votos, aunque sea desde otro lugar y otras maneras. Frente a la aparente libertad que tenemos ahora, estamos sometidos a unas lógicas enormes de grandes corporaciones que no saben ni de dónde vienen. Todo lo que hacemos en el teléfono tiene como una falsa patina de aleatorio y te da un espacio de libertad, de acceso generalizado al universo y es mentira. Todo está muy dirigido por corporaciones que tienen sus propios intereses y una obediencia masiva.