Quienes frecuentamos las librerías de viejo sabemos que un libro nunca termina de pertenecer a una sola persona. Antes de llegar a nuestras manos ha atravesado otras bibliotecas, otros escritorios, otras ciudades. Lleva consigo anotaciones, exlibris, dedicatorias, hojas de prensa olvidadas entre sus páginas. Cada volumen es una pequeña biografía. Quizá por eso los bibliófilos no hablamos de comprar libros, sino de rescatarlos.
Las ferias del libro antiguo nacieron precisamente para hacer visible ese patrimonio silencioso. Son el lugar donde conviven el estudioso que busca una primera edición, el profesor que persigue un manual agotado, el estudiante que descubre por azar un clásico, el coleccionista que llevaba años esperando encontrar un ejemplar concreto y el simple paseante que, sin haber pensado comprar nada, termina marchándose con un libro bajo el brazo.
Azorín comprendió mejor que nadie esa forma casi misteriosa en que nacen los lectores. Escribía que «el deseo de comprar surge a la vista de los libros». Parece una obviedad, pero encierra toda una teoría de la cultura. Los libros necesitan estar presentes en la ciudad. Necesitan ocupar escaparates, plazas y mesas donde puedan ser hojeados. El lector no siempre busca un libro; muchas veces es el libro quien encuentra a su lector.
No es casual que el valenciano Azorín alabara las librerías francesas, abiertas al curioso, frente a aquellas españolas donde parecía necesario justificar la entrada. Sabía que la lectura no se impone: se contagia. Basta recorrer una feria para comprobarlo. Hay quien llega atraído por un grabado, otro por una vieja encuadernación, otro por el olor del papel envejecido. Al cabo de unos minutos todos hablan el mismo idioma. Ese idioma que solo entienden los que aman los libros.
Por eso siempre me ha parecido un error considerar las ferias del libro antiguo como un simple mercado. Quien solo ve una sucesión de casetas llenas de libros usados no alcanza a comprender lo que allí sucede. Una feria es una biblioteca efímera levantada al aire libre. Durante unos días, los libros abandonan el silencio de los anaqueles para regresar al centro de la vida pública. Se conversa sobre imprentas desaparecidas, sobre tipografías, sobre primeras ediciones, sobre poetas olvidados o viajeros del siglo XIX. Se intercambian conocimientos.
Hay además un aspecto que rara vez se menciona. Las grandes ferias no se improvisan. Su prestigio se construye lentamente, a lo largo de décadas, gracias a la confianza entre libreros y lectores. Cuando una feria alcanza reconocimiento nacional, atrae a profesionales que recorren cientos de kilómetros transportando miles de libros. Lo hacen porque saben que existe un público, un espacio adecuado y un tiempo suficiente para que el encuentro tenga sentido.
Romper cualquiera de esos equilibrios resulta mucho más grave de lo que parece. Reducir la duración de una feria consolidada o desplazarla de un lugar que ha demostrado ser el idóneo no significa únicamente reorganizar un calendario. Significa alterar las condiciones que hicieron posible su prestigio. El libro antiguo necesita tiempo. También necesita paseantes. Necesita la plaza principal, no un rincón apartado donde solo llegue quien ya sabe que existe.
Salamanca ha disfrutado durante años de una feria que para muchos es de las más entrañables. No solo por la calidad de los ejemplares que podían encontrarse, sino por el ambiente que conseguía crear. Era una de esas pocas ocasiones en que una ciudad universitaria parecía reconciliarse con su propia tradición bibliográfica. Allí se entendía que el patrimonio no acaba en los edificios monumentales. También habita en las ediciones olvidadas, en los impresos populares, en los mapas antiguos o en los manuscritos.
Como bibliófilo, me preocupa menos la suerte de una edición concreta que la desaparición de los lugares donde los libros siguen teniendo presencia física. Las librerías independientes cierran. Los catálogos se digitalizan. Las bibliotecas eliminan fondos por falta de espacio. Cada vez quedan menos lugares donde el descubrimiento depende del azar y no de un buscador.
Las ferias del libro antiguo resisten todavía esa transformación. Son, quizá, el último espacio donde un lector puede permitirse perder una mañana sin otro propósito que curiosear entre mesas repletas de volúmenes. Esa experiencia, aparentemente inútil, es precisamente la que ha formado a generaciones de lectores.
Sería una lástima que una ciudad como Salamanca, cuya historia está inseparablemente ligada al libro, olvidara que el patrimonio bibliográfico también necesita ocupar sus plazas. Porque una ciudad no demuestra su amor por los libros únicamente conservándolos en vitrinas o depósitos; lo demuestra permitiendo que sigan circulando entre las manos de sus lectores.
Los bibliófilos sabemos que los libros tienen paciencia. Esperan décadas, incluso siglos, hasta encontrar a quien los comprenda. Lo que no siempre tienen es una ciudad dispuesta a darles el lugar que merecen.
Por Javier Navarro Andreu.