En pocos días comenzará la campaña de excavaciones arqueológicas en Atapuerca, que será ya la 47ª. ¿Habrá este año alguna sorpresa, como la hubo en 2022, cuando aparecieron escasos restos del Homo affinis erectus (Pink para los amigos), que llevó la antigüedad de los "europeos" a la espectacular cota de 1,4 millones de años? ¿O como en los años 90, cuando se presentó al Homo antecessor, nuevo espécimen que puso a Atapuerca en el centro de la atención científica internacional? Se reconoció entonces que los yacimientos de Atapuerca, por la amplitud del registro cronológico, la abundancia de restos y la variedad de las cinco especies de homo allí encontrados, el yacimiento era de los más importantes del mundo, si no el que más.
Este año se profundizará, entre otras cosas, en el estudio de la Gran Dolina, donde se halló al Antecessor. Uno de los aspectos será sus costumbre dietéticas, partiendo de las evidencias iniciales de un “festín caníbal”, en el que varios cadáveres humanos fueron devorados hasta los tuétanos por sus semejantes, sin ningún sentido ritual (como en culturas posteriores), ya que “los cuerpos humanos no fueron tratados con más respeto que los herbívoros con los que aparecen mezclados sus restos” (Juan L. Arsuaga). Por lo demás, hablamos de crudités, pues aún no se conocía el fuego; en definitiva, de un plato más para unos seres que tampoco evitaban la carroña. Debían de ser tiempos difíciles.
Siendo así, lo de Atapuerca sería más bien antropofagia, no canibalismo, que es cuando la ingesta de carne humana tiene un sentido funerario, ritual o religioso. Este fue el que se encontraron los conquistadores portugueses y españoles en América, donde, en algunas culturas era frecuente el sacrificio e ingesta ritual de enemigos y esclavos, en un escenario de grandes pirámides truncadas y escalonadas.
Según fray Bernardino de Sahagún, misionero y atento etnógrafo, la receta favorita en estos banquetes colectivos era un estofado con pimientos y tomates, mientras que los corazones se ofrendaban aún latientes a los dioses y los cráneos se guardaban apilados como trofeos a la vista. Costumbres que horrorizaron a los europeos, que las suprimieron; y que más tarde, cuando el P. Vitoria buscó "justos títulos" para hacer la guerra y dominar a los indios, fueron uno de los principales motivos para ignorar su soberanía, en principio reconocida al menos teóricamente.
Bien es cierto que la colonización de América no necesitó de venias teológicas o legales, pues ya se venía ejerciendo con poco caso a ellas y, por lo demás, tuvieron una suerte parecida otros pueblos que no tenían esas atroces costumbres dietéticas, como fue el caso de los taínos, por ejemplo, de los que Colón dice que eran gente amistosa y "harto mansa", pues no conocían las armas. Pero como consecuencia de la presencia española al cabo de medio siglo habían desaparecido casi todos, según el testimonio del P. Las Casas; así que pronto se echó mano de esclavos africanos, más resistentes al trabajo forzado.
Como escribió Montaigne en su ensayo sobre Los caníbales, se podía condenar las costumbres mencionadas como contrarias a las reglas de la razón y del derecho natural -como hizo el P. Vitoria-, "pero no respecto a nosotros, que les sobrepasamos en toda suerte de barbarie". Montaigne escribía en plena era de las guerras de religión y de los tribunales eclesiásticos (no solo de la Inquisición), cuando era normal ahorcar, decapitar, descuartizar o quemar vivos a herejes, brujas y disidentes, o llevarlos a la muerte tras cruentas sesiones de tortura.
Así que los caníbales podrían decir, como algunos líderes españoles ya prestos a devorar el cadáver (político) de Pedro Sánchez: "¿me va Ud. a dar lecciones a mi?"