¿Qué dice de una persona el restaurante que elige? ¿Por qué una hamburguesa viral en TikTok puede convertirse en objeto de deseo para millones de jóvenes? ¿Hasta qué punto la alimentación está dejando de responder al hambre para convertirse en una cuestión de identidad, imagen y pertenencia? Son preguntas que van mucho más allá de la nutrición y que encuentran respuesta en la sociología de la alimentación, una disciplina que estudia cómo la forma de comer refleja el funcionamiento de la sociedad. La investigadora de la Universidad de Salamanca Raquel Vidal Blanco, especializada en este ámbito, sostiene que "la alimentación siempre ha sido un hecho social", aunque nunca como ahora había estado tan condicionada por factores económicos, culturales, políticos y tecnológicos.
La experta, que desarrolla un doctorado sobre alimentación y desigualdades en la adolescencia, explica que reducir la comida a una cuestión biológica es quedarse únicamente con una pequeña parte del fenómeno. "A través de la alimentación comunicamos quiénes somos", resume. La elección de un restaurante, de una dieta o incluso de un producto concreto habla del nivel económico, del entorno cultural, de la edad, de los valores personales o del grupo social al que una persona siente que pertenece. Comer deja así de ser un acto privado para convertirse en una auténtica carta de presentación.
Las diferencias aparecen incluso en los espacios cotidianos. Un adolescente que queda con sus amigos en una cadena de comida rápida transmite una forma determinada de socialización; quien busca restaurantes veganos refleja unos valores concretos; quien frecuenta locales tradicionales reivindica unas raíces culturales. "La alimentación construye identidad", insiste Vidal, que recuerda que alrededor de la comida también se crean comunidades enteras.
Mucho más que sentarse a la mesa
Ese fenómeno tiene un nombre en sociología: comensalidad. Compartir una mesa supone mucho más que ingerir alimentos al mismo tiempo. Es generar vínculos, intercambiar experiencias, crear confianza y fortalecer relaciones. En un contexto donde las comidas familiares son cada vez menos frecuentes y el ritmo de vida obliga a comer deprisa o incluso en solitario, la investigadora considera que esa dimensión social adquiere todavía más importancia.
Precisamente el tiempo y la situación económica son dos de los factores que más condicionan la alimentación. El proyecto de investigación en el que participa analiza adolescentes de distintos niveles socioeconómicos en Madrid y Bilbao y muestra diferencias claras entre unos y otros. Los jóvenes procedentes de familias con menos recursos consumen más productos ultraprocesados y comida rápida, pero no únicamente por cuestiones económicas.
La desigualdad también se come
La falta de tiempo de las familias también pesa. Cuando los padres trabajan durante largas jornadas, disminuyen las comidas compartidas y aumenta la posibilidad de que los adolescentes coman solos, de manera desestructurada y recurriendo a alimentos preparados. La desigualdad, por tanto, no solo afecta a la calidad de lo que se come, sino también a la forma en que se adquieren los hábitos alimentarios.
En ese escenario, las redes sociales han irrumpido con una fuerza desconocida hasta hace apenas unos años. TikTok, Instagram o YouTube se han convertido en escaparates permanentes de recetas, dietas, retos físicos y recomendaciones nutricionales. Para Vidal, la explicación es sencilla: vivimos en una cultura donde la imagen domina la comunicación y la comida genera una respuesta emocional inmediata.
TikTok, el nuevo prescriptor
Las fotografías y los vídeos de alimentos activan mecanismos de recompensa en el cerebro. "Se libera dopamina, salivamos y aumenta el deseo de consumir aquello que estamos viendo", explica. Las marcas conocen perfectamente ese funcionamiento y aprovechan la enorme capacidad de influencia de los creadores de contenido para promocionar productos, especialmente entre un público joven que pasa buena parte de su tiempo conectado.
Sin embargo, la influencia de las redes no siempre se limita a la publicidad. También se convierten en una fuente constante de información, y de desinformación, sobre alimentación. La socióloga habla de una auténtica "proliferación de discursos" que termina generando incertidumbre. Un día un vídeo recomienda consumir determinados alimentos; al siguiente, otro asegura exactamente lo contrario. El resultado es una sensación permanente de duda sobre qué significa realmente comer bien.
Ese fenómeno resulta especialmente delicado en adolescentes. Según explica, las redes sociales funcionan ya como un agente de socialización comparable al de la familia o la escuela. Los jóvenes no solo observan lo que hacen sus amigos, sino también las rutinas de los 'influencers', que muchas veces presentan estilos de vida aparentemente perfectos y cuerpos idealizados asociados a determinadas formas de alimentación.

La presión del cuerpo perfecto
La consecuencia es una presión creciente por alcanzar un físico concreto. Si tradicionalmente la delgadez había recaído principalmente sobre las mujeres, Vidal advierte de que el fenómeno fitness ha ampliado esa presión también a los hombres. En su investigación han detectado adolescentes que comienzan a acudir al gimnasio a edades muy tempranas, controlan obsesivamente los macronutrientes, practican ayunos intermitentes o modifican su alimentación buscando un determinado aspecto físico más que una mejora de la salud.
"La apariencia pesa más que la salud", resume la investigadora al describir una tendencia que observan tanto profesores como familias. Aunque no todos los casos derivan en trastornos alimentarios, sí existe un contexto que favorece la aparición de conductas de riesgo cuando la alimentación queda subordinada exclusivamente a la imagen corporal.
Globalización frente a tradición
Las modas gastronómicas también forman parte de esa transformación social. Las populares hamburguesas 'smash', el sushi o determinados productos virales se expanden a gran velocidad gracias a internet y a la globalización. Para Vidal, convivimos con dos tendencias aparentemente opuestas: por un lado, la homogeneización de los gustos; por otro, una creciente diversidad cultural.
Los jóvenes acceden con facilidad a cocinas de todo el mundo, pero al mismo tiempo consumen los mismos productos virales que triunfan en redes sociales. Esa globalización, señala, ha reducido el peso de la gastronomía estrictamente local, aunque siempre sobreviven elementos de diferenciación relacionados con la clase social, el entorno familiar o el capital cultural de cada persona.
Porque, insiste, la alimentación continúa siendo un marcador social. Igual que décadas atrás las diferencias se apreciaban en la escasez de alimentos, hoy se observan en la calidad de la dieta, en el acceso a productos frescos o en el tiempo disponible para cocinar. Quien dispone de más recursos económicos y culturales tiene mayor capacidad para elegir una alimentación saludable y para protegerse frente al enorme volumen de mensajes contradictorios que circulan por internet.
¿Comemos mejor que antes?
La industrialización alimentaria ha traído ventajas evidentes, como una mayor disponibilidad de productos y una mejor conservación de los alimentos, pero también ha incrementado el consumo de ultraprocesados y ha reducido el tiempo dedicado a cocinar. Frente a ello, movimientos como el 'slow food' o la soberanía alimentaria reivindican recuperar la cocina pausada, los productos de proximidad y una relación más consciente con la comida.
Para Raquel Vidal, la respuesta a si hoy se come mejor o peor que antes no admite simplificaciones. Se come, sobre todo, de una manera distinta. Vivimos en un contexto donde el mercado, la publicidad y las plataformas digitales condicionan buena parte de nuestras decisiones cotidianas. En ese escenario, aprender a comer ya no depende únicamente del entorno familiar, sino también de la capacidad para interpretar críticamente el inmenso caudal de información que aparece cada día en la pantalla del teléfono móvil.
Porque detrás de cada plato hay mucho más que nutrientes. Hay identidad, cultura, poder adquisitivo, educación, relaciones personales y, cada vez más, algoritmos capaces de decidir qué alimentos aparecen primero ante nuestros ojos.
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