¿Quién quiso la Guerra civil?

Varios soldados llevando estandartes de Franco en la Rúa. Fotografía. La Guardia Civil Salamanca.
Varios soldados llevando estandartes de Franco en la Rúa. Fotografía. La Guardia Civil Salamanca.

Ángel Viñas publicó en 2019 un libro con ese título interrogante y, buscando la respuesta, apuntaba principalmente a los monárquicos alfonsinos, liderados por Antonio Goicoechea y Calvo Sotelo (hasta su asesinato). Estos negociaban con Mussolini desde marzo de 1934 el suministro de armas y aviones que asegurasen el triunfo de la sublevación contra la República; y sería el banquero Juan March quien pagara la factura, como pagó el traslado de Franco en avión desde Canarias a Marruecos.

La magnitud de los contratos descubiertos por Viñas induce a pensar que se preparaba, o al menos no se descartaba, una guerra larga. ¿Quiere decir eso que la deseaban los monárquicos? Desde luego no era esa la mentalidad dominante entre los militares sediciosos, que iban a ser los usuarios de esas armas. La idea de Mola, el 'Director', era una rápida marcha convergente sobre Madrid de columnas salidas de Valencia, Zaragoza, Burgos y Valladolid. Según Iribarren, su biógrafo y secretario, Mola esperaba estar en la capital, ya ocupada, el día de Santiago (25 de julio). No se preveía, pues, una contienda larga, sino un golpe rápido y enérgico, como habían sido los pronunciamientos anteriores (el de primo de Rivera de 1923 sin ir más lejos). Pero el plan de Mola fracasó, al ser detenidas sus columnas en la sierra de Madrid por las milicias republicanas. A finales de julio, muy escaso de munición, Mola planeaba replegarse a las líneas del Duero y del Ebro e incluso se dice que pensó en el suicidio. Luego, hasta mediados de noviembre, Franco mantuvo el objetivo estratégico de la toma de Madrid, que daría fin a la contienda. Pero también fracasó, como fracasaron después los intentos de Brunete y Guadalajara. Madrid resistió.

Así pues, el golpe podía haber fracasado en las primeras semanas, como habían fracasado tantos otros anteriormente, pues el grueso del Ejército de África seguía en Marruecos. Pero la llegada de tropas, municiones, armas y aviones enviados por Hitler y Mussolini dio un vuelco a la situación, permitiendo también el traslado del Ejército de África a la península, que se completó a primeros de agosto. Ello fue decisivo y dio como resultado que la sublevación se convirtiera en una larga Guerra Civil, preludio de otra internacional. Y no fue menos crucial para la suerte de la República fue la inhibición de Inglaterra y Francia, que en aras del 'apaciguamiento' de las potencias del Eje, se abstuvieron de ayudar a la República (a pesar de que en Francia gobernaba un frente popular antifascista).

Lo expuesto es una versión rápida de hechos bien conocidos sobre el inicio de la contienda. Queda clara la importancia de factores azarosos y sobrevenidos, y por ello es posible afirmar que, durante las primeras semanas "la pelota estaba en el tejado" (así se decía entonces) y casi nadie veía la perspectiva de una guerra larga. Por lo tanto, tampoco puede decirse que nadie "la quería", cosa que, bien mirado, sería absurda. También queda clara la responsabilidad de las derechas y los mandos militares sublevados, que en un tribunal de Nuremberg hubiera sido conceptuada como crimen contra la paz, el más grave, pues de él se derivan los crímenes de guerra, contra la humanidad y el genocidio, todos ellos pertinentes a la hora de juzgar la Guerra de España.

Es cierto que el concepto de Guerra Civil había sido aireado por los intelectuales, periodistas y políticos desde la I Guerra Mundial en Europa. Enzo Traverso habla de la "Guerra civil europea" para el periodo 1914-1945. Lo mismo en España, donde la cláusula "guerra civil” era usada y abusada, e incluso Alfonso XIII, en su abdicación de 1931, dijo que con su marcha quería evitar “una fratricida guerra civil”. Y por cierto Unamuno, al que aquí se le ríen todas las gracias, no fue de los que menos la invocaron. Así, por ejemplo, en su Vida de Don Quijote y Sancho escribe: "¿Qué se teme?, ¿que se trabe una pendencia y encienda a la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Sí: lo que necesitamos es una nueva guerra civil, con unas u otras armas”. Aunque cabe entender que hablaba de una guerra metafórica, como lo entendió Antonio Machado: "él [Unamuno] ha iniciado la fecunda guerra civil de los espíritus, de la cual ha de surgir –acaso surge– una España nueva”. Sea como sea, Don Miguel llevó la penitencia en el pecado, pues luego la guerra civil vino de verdad y se le convirtió en "incivil" (como si hubiera alguna guerra que no lo fuera) y fue para él "una salvaje pesadilla". Y no surgió una España nueva, sino una gris y hambrienta bajo una dictadura que aún hoy se deja sentir en algunos ámbitos.

Siendo así, una de las mayores estupideces que se han escrito sobre la guerra se debe al equidistante Andrés Trapiello, cuando insiste en la idea de pueblos que desean y reclaman la guerra, siendo ese el caso, según él, de los españoles de los años treinta, ansiosos de matarse unos a otros. Algo que le da pie para equiparar política y moralmente a "hunos y hotros", cliché favorito de los partidarios del tópico de la "tercera España".

(Una vez iniciada la guerra y siendo ya 'Caudillo', fue la intención de Franco alargarla lo más posible con el doble fin de afirmar su poder entre los sublevados y de desangrar y descabezar al sujeto histórico que había impulsado el programa democratizador y reformista de la II República. Puede decirse, pues, que al menos él sí quiso la guerra. Pero ese es otro tema).

 

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Luis Castro

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