«Pienso en las cosas que pudieron ser y no fueron.», Jorge Luis Borges (Las cosas que pudieron ser)

Dos expresiones breves hermanadas por el si —dos palabras, dos sílabas cada una—, que apenas se distinguen y, sin embargo, cada una empuja la vida en una dirección distinta. «Por si…» mira hacia lo que aún puede suceder. «Y si…», las más de las veces adopta la forma de la duda o del arrepentimiento, y vuelve la vista hacia lo que ya no tiene remedio. Entre ambas cabe buena parte de la incertidumbre humana.

El si tiene dos caras. Una mira hacia delante. «Por si llueve, cojo el paraguas». «Por si acaso, guardo una copia». «Por si me preguntan, lo tengo preparado». El «Por si» no exige certezas, le basta con admitir que el futuro permanece abierto. Es la prudencia de quienes dejan un pequeño margen entre lo que ocurre —que está ya resuelto— y lo que podría ocurrir. Es la lógica de las madres, de quienes comprueban dos veces que la puerta está cerrada o que en la mochila no falta nada antes de un viaje. No expresa una inquietud dramática, pero sostiene buena parte de lo que llamamos una vida ordenada.

La otra, en cambio, cuando se convierte en lamento o en nostalgia, mira hacia atrás. «¿Y si le hubiera dicho lo que sentía?». «¿Y si me hubiera quedado?». «¿Y si hubiera cogido aquel tren?». Ya no prepara nada, porque el tiempo al que se dirige está clausurado. Y, sin embargo, vuelve, reiteradamente a nuestro pensamiento. Regresa en la soledad de la noche, mientras esperamos en un semáforo, o cuando de un libro cae una fotografía olvidada; regresa para imaginar una historia que nunca podrá reescribirse. Es la duda estéril por excelencia y, quizá precisamente por eso, las más humana: la que no sirve para cambiar nada y, aun así, insiste en volver.

Las dos nacen de la dificultad para aceptar que el futuro es opaco y el pasado irreversible. Mientras una se convierte en gesto —el paraguas, la copia, la previsión—, la otra muda en fantasma. Y no hay manera de librarse de ninguna de las dos, porque ambas revelan, en el fondo, lo mismo: que nunca estamos del todo seguros, que la incertidumbre preside nuestras vidas.

Ambas expresiones son, de algún modo, universales: toda lengua parece necesitar una forma de mirar hacia delante y otra de mirar hacia atrás. Lo curioso es que el peso de una y otra cambia con los años, aunque nadie nos lo advierta.

De jóvenes, la vida parece hecha casi enteramente de «Por si». Se guarda, se prepara, se acumula margen para un futuro que imaginamos largo y todavía moldeable. Con el tiempo, ese horizonte se estrecha —o, al menos, así lo percibimos nosotros— y el «Y si» empieza a ganar terreno. El pasado ya es lo bastante extenso como para estar lleno de decisiones no tomadas, de caminos descartados y de palabras que nunca llegaron a pronunciarse. Envejecer, sospecho, consiste en asistir a ese lento desplazamiento: pasar, casi sin darnos cuenta, de la duda que protege a la duda que cuestiona.

Sin embargo, el «Y si» tiene un extraño atractivo y un gran poder de seducción. Nos permite habitar durante unos instantes una biografía imaginaria donde todo parece encajar mejor. No solo nos invita a cambiar una decisión; nos permite imaginar una vida distinta. Una existencia en la que aquel amor no terminó, aquel trabajo salió mejor, o aquella oportunidad no se dejó escapar. Los «Y si» no evocan únicamente un pasado alternativo: evocan a la persona que podríamos haber llegado a ser. Y esa versión de nosotros mismos siempre es más atractiva, porque nunca tuvo que enfrentarse a la realidad, al desgaste cotidiano ni a las renuncias que toda elección impone.

 

Al fin y al cabo, cada «Y si» también encierra una trampa. Nos hace creer que bastaría con cambiar alguna decisión del pasado y conservar intacto todo lo demás. Pero ningún pasado alternativo desemboca en este mismo presente. Habría traído otro, distinto; quizá mejor, quizá peor; sencillamente, otro. Esa es la paradoja del arrepentimiento: compara la realidad con una vida que nunca existió y cuya felicidad jamás podremos conocer.

Milos Kundera en La insoportable levedad del ser escribe: «El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna».

Probablemente la verdadera sabiduría no consista en desterrar una de las dos. No es deseable ni podríamos hacerlo; ambas son maneras de tomarse la vida en serio. Tal vez se trate, simplemente, de aprender a colocarlas en su sitio. De no dejar que el «Y si» ocupe el lugar donde todavía cabe un «Por si». De convertir, mientras se pueda, el fantasma en gesto: en vez de preguntarse qué habría pasado si hubiéramos hecho aquella llamada, hacerla ahora, por si todavía estamos a tiempo.

Quizá por eso convenga vivir el mayor tiempo posible entre los «Por si…», aunque nuestra memoria nos lleve frecuentemente a los «Y si…».

Por. Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

 

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Miguel Barrueco

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