… porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra, que da sus frutos para todos. (García Lorca)
Hace casi cien años García Lorca visitó Estados Unidos y la experiencia le llevó a escribir uno de sus libros más enérgicos y doloridos: Poeta en Nueva York. Uno de los poemas, Grito hacia Roma. (Desde la torre del Chrysler Building), es una imprecación hacia la gran cúpula del Vaticano, donde mora "el hombre vestido de blanco", que se orina sobre el espíritu y "da la sangre del cordero al pico idiota del faisán". Mientras, los niños americanos nacen con cadenas y las muchedumbres sufren explotación y desprecio, a la espera de balas que les lleven a "ataúdes sin cruz". El poeta acaba invocando el grito general que haga temblar y caer la ciudad de la injusticia desde sus cimientos. Con ese desajuste cósmico de fondo, en otros poemas parece que Lorca intuye su propia muerte, "mi muerte desierta con un solo paseante equivocado"…, "bajo el cri cri de las margaritas/ comprendí que me habían asesinado".
Lorca clamaba desde la torre de Babel del capitalismo (entonces el edificio Chrisler era el más elevado de Nueva York, a su vez la metrópoli más grande del mundo) e interpelaba al Vaticano, epicentro del mundo católico. Y lo hacía en un momento crítico: la crisis de 1929, que se reflejó en las colas del hambre, los suicidios, los desempleados sin ayuda y otras lacras que Lorca pudo ver de primera mano paseando por las calles de la Gran Manzana. En esa época, el papa Pío XI, guardián de la ortodoxia, volvía a condenar el comunismo ateo, mientras contemporizaba con el fascismo, el nazismo y el franquismo.
Todas las cosas cambian, pero algunas más y otras casi nada. Ha pasado un siglo y vemos ecos de la denuncia lorquiana en el discurso de Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, el Día de la Independencia, efeméride que este año redondea 250 años. Mamdani habló de Nueva York como una ciudad de contradicciones dentro de una nación de contradicciones. "Vemos −decía− el país más rico de la historia, donde los niños se acuestan con hambre mientras el primer billonario del mundo ansía más y más. Vemos monopolios que dominan todas las industrias y oligarcas que compran elecciones. Vemos agentes enmascarados que aterrorizan nuestras calles…". A la vez, en Washington, el presidente Trump pateaba verbalmente a sus adversarios y volvía a colocarse en el piso supremo de la historia ante una masa de adoradores, bajo un cielo de plomo surcado por aviones de combate[LC1] . Y sin rubor soltó que "ningún pueblo ha hecho más el bien, ha demostrado más valor, ha avanzado más, ha corregido más injusticias ni ha alcanzado más grandeza…". Díganlo si no las naciones indias, Cuba, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Corea, Vietnam, Camboya, Indonesia, Irak, Afganistán, Irán, Palestina…
Dos versiones del mundo enfrentadas que, a su modo, también se perciben en otras partes, aquí sin ir más lejos.
Y, con el tiempo, tampoco es la misma la actitud del Vaticano ante los problemas del mundo. Así que ahora es Roma la que clama y no la que es interpelada. Cuando la última encíclica nos habla de "la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la casa común, la paz", recordamos a Lorca y escuchamos ecos de las viejas tradiciones emancipatorias de los pueblos, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de los sueños de Luther King y de tantos otros. (Estaría bien que los Argüellos y demás clérigos montaraces, y sus parroquianos, acataran las palabras de su superior, como Dios manda).
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