Opinión

¡Bienvenidos a la realidad!

No quisiera insistir demasiado en lo obvio: que tenemos por presidente de gobierno al padrino de Bárcenas, manager de la fortaleza de Luis, y que el doble lenguaje genera lapsus, de ahí que Pedro Sánchez no se aclaré con la reforma laboral, de la que teoriza y promete según amanezca el día y la intención de voto.

Después de cuatro años de legislatura, tenemos: más o menos el mismo número de parados que cuando empezó, menos afiliados a la seguridad social, los españoles emigrando a montones, y los corruptos amnistiados. ¡Y lo venden como un triunfo! Eso sí que es publicidad y vivir en la inopia.

Dicen los recientes sondeos que la coalición post electoral preferida por los españoles (con un 35% de apoyo) es la de PODEMOS con el PSOE. Eso significa dos cosas: primero, que un gran número de españoles ha diagnosticado correctamente la maquinaria institucional y la corrupción estable que nos ha traído hasta aquí (de ahí que aparezca PODEMOS en esa preferencia), y segundo: que no han identificado (es mi opinión) a los auténticos causantes de esta debacle (de ahí que aparezca el PSOE como aliado para una solución).

Es curioso, pero cuando hoy escuchamos decir que el bipartidismo “resiste”, por ejemplo en las pequeñas ciudades, la mayoría entendemos subliminalmente (en ese duermevela entre consciencia e inconsciencia) que es la corrupción, la vieja política (la anti política), y la falta de alternancia y expectativas de reforma las que resisten. Y lo más sorprendente es que en gran medida muchos respiran tranquilos guiados por esa convicción profunda de que más vale lo malo conocido (que es a lo que estamos acostumbrados) que lo bueno por conocer (que es lo que históricamente se nos niega), en una actitud medrosa que nuestra historia política y cuarenta años de convalecencia y entrenamiento ha hecho crónica y endémica.

Si además estamos instalados en el cotarro de esta cosa que dicen “institucional”, con derecho a roce, mordida y pensión vip, ya no es temor sino interés.

Y todos estos procesos psicológicos discurren en un plano sumergido, pues nuestro carácter político como pueblo, los tiene interiorizados cual acuífero que nunca se seca pero que tampoco da agua.

Padecemos de un inmovilismo conformista tal, que hasta los peores momentos, los más críticos, con toda la maquinaria del poder corroída por la corrupción y el robo, los encajamos como rutina aceptable. Estamos hechos a la sequía de ilusiones.

Solo en escasas ocasiones llegan a manifestarse y verbalizarse expresamente estos prejuicios latentes, o incluso algún intelectual de renombre confiesa abiertamente que prefiere la corrupción conocida y sufrida (con ser tan notable, ubicua, y nociva) a la novedad, mala por definición.

Es obvio que con esa actitud, el hombre nunca habría salido de la caverna.

[pull_quote_left]Padecemos de un inmovilismo conformista tal, que hasta los peores momentos, los más críticos, con toda la maquinaria del poder corroída por la corrupción[/pull_quote_left]El presidente del gobierno, conocedor de ese reflejo psicológico que participa más del temor que de la esperanza, y que arrastra masas, intenta subirse a su ola y acudiendo al ya clásico discurso del miedo, se propone como epítome de la “experiencia” y maestría en el arte de la corrupción política (aunque la llame “estabilidad”, por no pecar de excesiva franqueza) frente a los experimentos de regeneración o intentos tímidos de limpieza y recuperación democrática.

En nuestro país no se necesita más para llevarse el gato al agua, y si además se ejerce con eficacia el control político de los medios públicos de información, las sorpresas serán pocas.

No debe extrañarnos por tanto que las recientes encuestas y sondeos, de cara a las próximas elecciones, otorguen un mayoritario porcentaje de los votos a los tres principales partidos de derechas, PP, PSOE, y CIUDADANOS, es decir a los instrumentos naturales (y financiados) del poder del dinero. Conservadores del estado de las cosas, corrupción mediante, por vocación, interés, y contrato.

Lógicamente no hablo del contrato electoral, que ese no cuenta, sino del contrato con los plutócratas. Esos que no se presentan a las elecciones, pero las ganan siempre. Nada difícil, pues de cuatro papeletas en el bombo, tres les pertenecen. La “gran coalición” no puede perder.

Como decía la “clásica” (por no decir “crónica”) Celia Villalobos: “Bienvenidos a la realidad”, por eso de alentar el optimismo.

Y sin embargo…

¡Qué fácil sería cambiar esa realidad!

Bastaría con aplicar a los corruptos su propia reforma laboral: ¡DESPEDIDOS!

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