Opinión

Tareas para un país

Es propio del género humano que al principio de un año o de un curso académico todo el mundo vuelva a la tarea con una agenda llena de propósitos. No pocas veces, los mismos deseados el año anterior, o los pendientes desde hace mucho tiempo. La tardanza no los hace menos sinceros, menos urgentes ni menos necesarios.

[pull_quote_left]Nadie debe esconder la cabeza debajo del ala del relevo, ni de las cuestiones de principio. Porque no son tareas para un hombre. Son tareas para un país[/pull_quote_left]Se ha producido un cambio en la jefatura del Estado y, como ocurre con todo nuevo comienzo, se pone en este la esperanza de que se aborden las tareas pendientes, muchas ya no urgentes, sino inaplazables. La esperanza de un límite a la extorsión sufrida por los españoles bajo el pretexto inmundo de una crisis económica que solo afecta a los pequeños, mientras el número de grandes fortunas crece un 11% en 2013. La esperanza de un cambio en las reglas del juego –léase ley electoral- que despeje las dudas de los ciudadanos de que gobiernan ellos, y no poderes fácticos intermediados de diversas maneras. La esperanza de un código de valores que se aplique con fuerza y legitimidad a una sociedad que pasó del ‘pobres pero honrados’ al ‘ricos pero ladrones’ sin tiempo para darse cuenta de que, en las magnitudes fundamentales, los unos y los otros seguían siendo los mismos.

Tareas enormes, descomunales, pero nunca imposibles. No es preciso volver a decir aquí, porque ya se ha dicho hasta la saciedad, que el jefe del Estado no tiene en nuestra Ley poderes efectivos que le permitan la intervención directa, así que nadie debe esperar de él que haga lo que no puede. Nadie debe esconder la cabeza debajo del ala del relevo, ni de las cuestiones de principio. Porque no son tareas para un hombre. Son tareas para un país.

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