Demandaba un velatorio largo, en la mejor dependencia de la casa, y el enterramiento en el cementerio católico de Salamanca, aunque la muerte le sorprendiera fuera de su ciudad natalContaba entonces el banquero 49 años, y aunque vivía en Salamanca, tenía un piso en la Corte. Nada menos que en la calle de Alcalá, en el número 33. Sus padres, cuyos retratos están en la sala de juntas del Patronato, fueron don Vicente y doña Josefa, muertos ya en esas fechas.Su testamento es esclarecedor y nos indica claramente su forma de ser y de comportarse. Pedía ser embalsamado, vestido con la ropa negra que siempre había usado y que no le despojasen de una medalla de la Virgen del Carmen. Demandaba un velatorio largo, en la mejor dependencia de la casa, y el enterramiento en el cementerio católico de Salamanca, aunque la muerte le sorprendiera fuera de su ciudad natal.No se conformaba con estipular el número de hachones que habían de alumbrarle cuando estuviera de cuerpo presente, doce, el funeral de primera clase que habrían de oficiar, la forma y calidad del ataúd, sino que también instó a todos los sacerdotes que quisieran a ir a las iglesias de Santo Tomás Cantuariense y San Martín a decir misas rezadas por su alma el día de su fallecimiento. Misas bien pagadas, claro está, como era costumbre en aquellos tiempos cuando el difunto era de familia adinerada.No es de extrañar que su testamento comience declarando que profesaba la Religión Católica Apostólica Romana, ya que su profunda religiosidad estaba fuera de toda duda. No dejó de lado las limosnas acostumbradas a los pobres de la ciudad y a las Hermanitas de los Pobres, a las que ayudó con la abultada cifra de 500 pesetas de las de entonces.
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