Jesús Málaga

Enrique Freijo y Tita. La Psicología en Salamanca

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

Al terminar medicina comencé mi carrera docente como PNN en la cátedra de ORL del profesor Cañizo, siempre pensando que en el futuro me dedicaría a la Foniatría, Logopedia y Audiología. Enrique Freijo desempeñaba en aquellos años el cargo de Profesor Encargado de Cátedra de Psicología de la Facultad de Medicina en sustitución del profesor Cruz Hernández, que por entonces y consecutivamente desempeñó los cargos de alcalde de Salamanca y gobernador civil de Albacete. Freijo mantenía también docencia en las Facultades de Filosofía y Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. Nuestro grupo de amigos mantuvo una relación de amistad y admiración hacia este médico, psiquiatra, cura y psicólogo que sabiamente comprendía nuestras inquietudes y que conocía a la perfección las andanzas de los chicos y chicas universitarios, que en aquellos tiempos, como los de ahora, tendíamos a la rebeldía y la contestación.

Por aquellos años la Psicología tenía un gran atractivo entre los jóvenes universitarios, especialmente para los estudiantes de medicina, por la moda del psicoanálisis y la popularidad de la hipnosis, la interpretación de los sueños y las explicaciones de los complejos de Edipo y Electra que don Enrique exponía en sus multitudinarias clases. Estos conceptos se mezclaban en nuestras conversaciones y daban a las mismas un cierto pedigrí del que carecían los estudiantes de otras carreras.

En España se respiraban aires de saber y conocer, de explorar nuevas formas de conocimiento, de ampliar horizontes en un país aislado de Europa y del mundo. Vivíamos los últimos años de una universidad que había permanecido cerrada al mundo durante más de treinta.

María José y yo, recién casados, nos matriculamos en la joven Escuela de Psicología de la Pontificia, cuyo creador y director era Enrique Freijo, y encontramos entre el profesorado a muchos conocidos, entre ellos a nuestra amiga María Francisca Martín Tabernero. Tita ejercía entonces como profesora de prácticas de Estadística con el profesor Sauras, hermano de La Salle, que vestido con bata blanca llenaba la pizarra una y otra vez, a velocidad de vértigo, de tablas y fórmulas.

Chocaba que una chica de letras se entregara de lleno a la enseñanza de los números. Los alumnos de la diplomatura de psicología procedentes de carreras de letras sufrían lo que no está escrito para salir airosos con la asignatura de Estadística. Hablar de media, mediana o simplemente de población era tan novedoso para ellos que casi siempre tenían que recurrir a clases particulares que los compañeros de ciencias dábamos gratuitamente con especial dedicación. Menos problemas tuvimos los que habíamos cursado un bachillerato de ciencias. La estadística era entonces una perfecta desconocida en una universidad que solamente transmitía saberes y donde la investigación, para la que el conocimiento de la estadística es fundamental, era ignorada. Nuestra universidad, en gran medida, estaba todavía en el ¡que investiguen otros!

Para que la amistad que nace en los años de la universidad perdure es preciso no perder el contacto. En aquellos años, en lo que todo estaba por hacer y en los que las universidades de Salamanca tuvieron su gran expansión, muchos de los universitarios formados en sus aulas nos quedamos a trabajar en ellas. Eso es lo que nos ocurrió a  algunos de nosotros y, por supuesto, a Tita y a mí.

Vivimos aquellos años de carrera y de postgrado muy intensamente. Nuestro paso por la universidad no solamente era para aprender, era también para reclamar una libertad que en España no teníamos. Eran años de huelgas y asambleas, de panfletos y conspiraciones, de carreras y grises, de noches en blanco o en comisaría. Éramos capaces de asistir a reuniones de días enteros, con discusiones sin fin. En los pasillos aprendimos a dialogar, a compartir ideas y, lo que es más importante, a respetar al que no pensaba igual que tú.

Pero si en la Universidad de Salamanca el tardofranquismo se vivía con gran intensidad y frustración, los años previos a la muerte de Franco en la Universidad Pontificia de Salamanca fueron realmente claves. En los años en los que Tita era profesora ayudante y el que escribe alumno, delegado de curso para más señas, la policía llegó a entrar en la Universidad Pontificia para disolver una asamblea. Creíamos que el dictador nunca se iba a atrever con la Iglesia; entrar en un lugar sagrado en aquellos años, con la policía armada hasta los dientes, era algo insólito.

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