Opinión

Por la calle de La Maragatería

 

Parece como si me hubiese dado por escribir sobre las calles salmantinas con nombre de comarcas leonesas. ¿Qué me ocurrió en la de La Maragatería? De momento, nada, salvo que paso todos los días por ella porque ahí se encuentra la residencia «Boni Mediero» de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer. Y en ella está mi amada compañera, mi esposa, mi tesoro…

Pero no. No quiero hablaros de la calle salmantina, sino de la famosa comarca leonesa. Bueno, tampoco; que de eso ya se encargan las guías turísticas. Más bien de lo que me inspira su nombre.

Maragatos.

Siendo yo muy, muy, pequeño había en casa un libro, del que no recuerdo su nombre ni su autor, en el que se contaban las aventuras que le ocurrían a un niño que había perdido a su padre en el Cuartel de la Montaña y recorría las carreteras de España, en la posguerra, buscando a su madre o a otros familiares. Algo así como el famoso relato «Marco. De los Apeninos a los Andes» de Edmondo de Amicis, que muchos recordarán por una serie televisiva de dibujos animados: «En un pueblo / italiano / al pie de la montaña / vive nuestro amigo Marco / en una humilde cabaña…»

¡Cómo me gustaría volver a tener aquel libro en mis manos! Había unos dibujos que impresionaron mi imaginación. Uno de ellos mostraba la esquelética guadañera ante un accidente de automóvil, a la sombra del árbol que lo causaría. Tras este luctuoso suceso, se hace cargo del niño un arriero, que le lleva por esos caminos que él recorre. Este arriero, como muchos hasta aquella época, era maragato. O viceversa. Y vestía el traje típico de su comarca, con sus característicos pantalones, las bragas… Su temperamento, que dicen es decidido, valiente, difícilmente intimidable, ha dado origen, a partir de dicha prenda, a definirlos como «hombres muy bragados». Desde aquellas lejanas fechas de mi infancia, siempre asocio nombre y vestimenta de los maragatos, inseparables en mi imaginación…

Prendas del traje maragato.

Pasaron los años y cuando vi un traje de los que tipifican a los gauchos, habitantes del Cono Sur de América, me di cuenta de que se trataba de lo mismo. Sus pantalones, que al otro lado del «charco» se llaman «bombachas» son similares. Y efectivamente, luego me enteré de que uno deriva del otro, llevado allá por los maragatos. Y me imagino aquellas grandes carretas que recorrían los caminos de las Pampas con su chirrido de las ruedas: «Porque no engraso los ejes / me llaman «abandonao«. / Si a mí me gusta que suenen / «pa» qué los quiero «engrasaos«. / Es demasiado aburrido / seguir y seguir la huella; / andar y andar los caminos / sin nada que lo entretenga. / No necesito silencio; / yo no tengo en quien pensar. / Tenía, pero hace tiempo; / ahora ya no tengo «na«. / ¡Los ejes de mi carreta, nunca los voy a engrasar!».

Maragato debió ser Lorenzo, el trajinante personaje de «El cantar del arriero«, que bajando a La Sanabria desde Peña Negra, canta aquello de «El dueño de la venta, tráiganos vino / del más rojo que tenga, / del menos fino. / Quiero vino de Toro, que goza fama / de arder en nuestro pecho / como una llama…»

Prendas del traje gaucho.

Dejo para otra ocasión mis vivencias en la hermosa tierra leonesa, tan llena de embrujo y leyendas, orgullosa de su historia milenaria, a la que Roma dio su lengua, origen de la nuestra. ¡Astorga, la antigua Astúrica! Pero no puedo dejaros sin hablar del cocido maragato, que saboreé por primera vez en Castrillo de Polvazares, un alto en el Camino de Santiago, que disfruté con mis amigos de Zamora…

El cocido es el plato típico de muchas regiones de España, alimento nutritivo por excelencia: «Cocidito madrileño / repicando en la buhardilla, / que me huele a yerbabuena / y a verbena en Las Vistillas«.

He probado el cocido en muchos lugares, cada uno de ellos con su personalidad propia, incluso con variaciones singulares en cada restaurante. Pero el cocido maragato tiene una característica que le hace único: el segundo plato, el «plato fuerte», se come en primer lugar.

Gauchos de Río Grande do Sul (Brasil).

Dicen que con ello se vuelve más digestivo, y más aún si lo acompañas con un buen vino. Yo, sin menospreciar a los demás, digo que puede ser. Pero apostar por cuál de todas las variedades regionales o personales es la mejor. ¡Eso, no lo haré! ¡Que cada uno pruebe y, después, compare! ¡Seguro estoy de que nunca, nunca, se llegará a un acuerdo!



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