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El futbolisto

 

Sabía que de su propio desempeño en la previa del partido dependería en gran parte el resultado que reflejara el marcador cuando el árbitro pitara el final del encuentro. Foco y visualización se antojan fundamentales antes de cualquier reto. Siempre. Una tensión adecuada, un correcto nervio capaz de aceptar la visita de los nervios, siempre indicativos de la llegada de un evento importante.

Saber de otro siempre que dice que hay dos partidos. Uno el que se dará en el terreno de juego con reglas idénticas para todos, de discutible aplicación en cada caso particular, de las que pueden parecer justas o injustas dependiendo de la consideración de juez o parte, esas que en un pestañeo favorecen o castigan, que caminan sobre el alambre de la subjetividad mecidas por el viento de la intención. Ese es el partido de fuera, el que verá el público, el que mostrará el resultado del envite.

El otro es el complejo. El que juega el jugador en duelo consigo mismo, el que se carga de emociones, el que atenaza las piernas y nubla la mente o por el contrario te vuelve pluma y precisión. Una partida que no te garantiza una victoria en caso de ganarlo pero sí te asegura la derrota si te ha derrotado previamente a ti.

El futbolisto lo sabía. También sabía que durante el recorrido de las agujas del reloj se sucederían momentos favorables y otros que reclamarían estricta resistencia, oportunidades para la filigrana y tiempos de cantera. Lícito pero equívoco pensar que se puede tener desplegada la vela durante toda la travesía, la tormenta puede hacerte trizas y obligar al remo.

El curtido futbolisto conoce el oficio. Sabe que puede contar con el balón solo para él al lanzar la falta. También que el guardameta rival dispone de sus mismos segundos para construir un muro, una barrera defensiva y cegarle el camino. Solo una intención enfrente. Imposibilitarle. Se verá obligado a calcular potencia y ángulo con las pulsaciones al máximo, con el cansancio acumulado, con el estrés del resultado, con el afán de victoria, con el peso de la esperanza y el entusiasmo de toda su hinchada, con la responsabilidad de convertir el intento en acierto, con el filo del fracaso a solo un centímetro. Frente a quien quiere exactamente lo mismo, pero en el lado contrario, ante quienes pretende negar lo que él quiere conseguir.

El juez hizo sonar su silbato. Cogería aire por última vez antes de chutar tratando de sortear la barrera y encontrar el hueco que engañara al portero.

En ese mismo instante, todas las personas del mundo estaríamos en su misma situación, jugando nuestros propios partidos personales, tratando de encontrar la forma de sortear la barrera. Solo que nosotros, podemos disponer a los jugadores contrarios, las piezas que nos obstaculizan en fila en lugar formando un muro. Haciendo más grande el hueco.


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