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Opinión

En el bosque

 

La vida en San Pelayo discurría normalmente… Pero una mañana en que Elvira estaba buscando hierbas y raíces en el bosque sintió cerca una voz infantil que la llamaba sin levantar mucho la voz, como si temiese ser oído…

Con cautela, fue hacia allá y encontró a un niño, Pablito, que la buscaba para indicarla que huyese, que no fuese a la aldea, pues unos mesnaderos habían ido a por ella para llevarla, encadenada, a Bletisa. Parece ser que la acusaban de brujería y magia negra. Al no encontrarla en la aldea habían reunido a todos en la plaza, vigilados, y puesto guardias en las entradas al pueblo para sorprenderla cuando regresase. Pero Pablito, muy espabilado, había conseguido escapar para prevenirla sin que se diesen cuenta.

Después de dar un beso a aquel inteligente niño y decirle que tuviese mucho cuidado para que no le viesen regresar a San Pelayo, Elvira se internó en lo más profundo del gran bosque, procurando no dejar huellas de su paso. No llevaba nada más que su zurrón, un cuchillo y algunos utensilios y bolsas para la recolección, pero eso no la asustaba. No se preocupó, de momento, de la falta de ropa de abrigo contra la intemperie, pensando que ya se las arreglaría cuando las cosas se pusiesen feas…

———-

Pasaron unos días. Una mañana el cielo barruntó una fuerte tormenta. Elvira buscó un refugio en la espesura de encinas y jaras, pero la oscuridad aumentaba rápidamente y no lo encontraba. ¡Ya llega la tormenta! ¡Ya está aquí, con un fragor inusitado! Y el diluvio comenzó con fuerza. Empapada, corrió y corrió en la casi oscuridad, arañándose y destrozando sus ya raídas ropas; y de pronto, a la luz de un relámpago, vislumbró una inmensa encina muerta con una gran oquedad. Sin dudarlo entró en ella. Y muy a tiempo, porque de inmediato estalló la granizada. Pedriscos como puños resonaban al caer al suelo o en las ramas, con siniestro repique. Pero en el hueco arbóreo Elvira no era el único refugiado. Infinidad de insectos, arañas, reptiles, ratones, aves y murciélagos pugnaban por un poco de espacio. Pero allí se mantuvo, dominando su repugnancia y sufriendo con paciencia innumerables picaduras, mordiscos y asquerosas heces. Pero todo lo aguantó ante la certeza de una muerte segura si salía, lapidada por el granizo.

Continuos truenos y relámpagos, que iluminaban, fantasmagóricos, las tinieblas del bosque, enrabiaban más y más a la inquieta compañía.

¿Cuánto tiempo estuvo dentro de la encina? Mucho; al menos eso pareció. Pero todo acaba. La granizada pasó y, con ella, la oscuridad. Pudo verse como la lluvia caía sobre un suelo blanco, como nevado. Poco a poco fueron aclarándose luz y agua y finalmente el sol salió de entre las nubes y Elvira de su cobijo.

Tenía el cuerpo hinchado por todas partes, sucio y lacerado por sus crueles compañeros de refugio; muchos no la querían abandonar. Tardaría en librarse de tan molestos acompañantes, que no dejaban de picarla… ¿Cómo quitarlos de sus húmedos ropajes y de su cuerpo? La yesca que llevaba protegida estaba seca pero no el ramaje en que encenderla. Quitándose la ropa se lavó como pudo y puso cara al vivificante sol…

Pasó el tiempo. El cobijo de la encina le serviría de gran ayuda cuando lloviese. Claro está que antes tuvo que ahuyentar a toda su fauna con fuego y humo. Su aspecto se hizo cada vez más salvaje. Se había transformado en otra criatura del bosque, oculta siempre a la presencia humana.

Pero un día su tranquilidad se vio quebrada por lejanos ladridos hacia oriente. Lejanos, sí, pero que se estaban acercando. Subió a una frondosa encina para esconderse. ¿Sería suficiente…? El viento la favorecía, pero…

A poco, se oyó una gran algarabía perruna y gritos humanos. Después, los ladridos se alejaron. Silencio…

Movida por la curiosidad, Elvira se encaminó con prudencia hacia el lugar del escándalo. Finalmente lo encontró. Había allí, en un claro del bosque, un hombre tirado en el suelo, en un gran charco de sangre, con las tripas fuera pero aún vivo. Le habían cortado las manos, que no se veían por el suelo.

Sobrecogida de pánico se acercó al moribundo. Reconoció a un sampelayense.

¡Joaquín! ¿Qué ha pasado?

Pero el hombre no podía hablar por el gran dolor de sus heridas. Elvira buscó en su zurrón unas hierbas, que masticó y pasó a la boca del moribundo. Poco a poco, la acción sedante calmó algo el dolor y entrecortadamente, pudo hablar.

– «Mateo y… y yo nos en… enfrentamos a los es… esbirros. Co…corrimos. Nos… persiguieron con… perros… ¡Huye! ¡Madre!»

No pudo seguir. Al menos—pensó Elvira—las hierbas mitigarán su dolorosa agonía. Murió en su regazo. Llorando le cubrió de tierra y piedras.

Elvira le recordaba en la aldea. ¿Y el tal Mateo…? Había dos Mateos; debía ser el hijo de la viuda del conejero. Sí. El otro era bastante mayor que Joaquín. Pero ¿qué habría pasado para enfrentarse a la tropa? ¿Qué pasaba en la aldea?

Discurrió que si ahora los esbirros tenían perros, seguro que los usarían para buscarla y, más pronto o más tarde, descubrirían su rastro. Y no dudaba de lo que la esperaba si la atrapaban. ¡Había que marcharse! Pero… ¿hacia dónde? Era preciso poner barreras a los perros… ¡EL RÍO!

Tomada la decisión, de inmediato emprendió la marcha hacia el sur. Cruzó la rivera de Cañedo y llegó al río Tormes, encajado en altos acantilados de recios  peñascales. Caminó por los altos, aguas abajo, buscando algún sitio de más fácil bajada. Lo encontró, pero a la vista de una población amurallada. Debía ser Bletisa. Volvió sobre sus pasos, siempre vigilante. Por fin descubrió un lugar apropiado para sus fines. En la otra ribera desembocaba un afluente y, por ésta el descenso no era demasiado complicado para poder bajar una balsa de ramas.

No le costó mucho encontrar un tronco caído, que arrastró penosamente hasta la orilla. Lo rodeó luego de ramas, construyó una rudimentaria pértiga, hizo un hatillo con sus pertenencias y emprendió la travesía. Que resultó peligrosa en la inesperada corriente central, que chocaba con la del afluente… La balsa, si es que se la podía llamar por ese nombre, se desmoronaba por momentos y, finalmente, Elvira sólo tenía el tronco al que agarrarse sujetando el hatillo. Cuando se detuvo por fin en un remanso estaba en la misma orilla de partida, muy cerca de Bletisa.

Había que intentarlo de nuevo, pero en otro sitio. Con más experiencia repitió la faena y, no sin dificultades, consiguió su propósito. Ya en la orilla izquierda ascendió la cuesta y, para ver donde estaba, subió a un árbol. Se podía contemplar un extenso paisaje de bosque, en el que emergía, como una torre, un gran mogote rocoso. Hacia allá encaminó sus pasos, pero antes de llegar se vio detenida por una impenetrable barrera de zarzas y endrinos. Intento bordearlo, pero los espinos le impidieron seguir.

Elvira se sentía cansada, sin ganas de continuar; las piernas le pesaban. A poco sintió un intenso frío y se acurrucó donde pudo… Temblaba y le castañeteaban los dientes… Ardía de fiebre… Cerró los ojos y durmió entre terribles pesadillas de lobos y bichos inmundos que la asaltaban, que la arañaban con sus viscosas garras…

La oscuridad penetró en su mente enferma. Y ya no sintió nada…

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