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Opinión

Covid-19: Poner puertas al campo

Poner “puertas al campo” es lo que están haciendo Europa, Estados Unidos, Canadá y, en general, todos los países desarrollados con sus políticas de cierres de fronteras y limitación de desplazamientos cada vez que aparece una nueva variante del virus Covid-19, tal y como ha sucedido en meses pasados con la variante delta o ahora con la variante ómicrom.

El virus no conoce fronteras, la pandemia es global y, sin embargo, se pretende acotar con soluciones locales.  Esto tiene lugar a todos los niveles y buen ejemplo de ello son las diferentes medidas, en ocasiones contradictorias y casi nunca coordinadas, que se adoptan dentro de España por cada comunidad autónoma, en Estados Unidos por los diferentes estados que lo integran o en Alemania, en menor medida, por los diferentes landers.

Mientras la inmensa mayoría de la población mundial no esté vacunada la pandemia no será controlada. Debería preocuparnos tanto la situación en los países que no disponen de medios para vacunar a su población como nos preocupan en el mundo desarrollado los que se niegan a vacunarse. Sin embargo, la atención que se presta a unos y otros no es proporcional a su número y a su importancia como factor de riesgo.

Los países subdesarrollados de África, en menor medida el sudeste asiático y Latinoamérica, que apenas tienen acceso a la vacuna, mantienen a la inmensa mayoría de su población sin vacunar y se convierten en un ENORME RESERVORIO DEL VIRUS, en un laboratorio natural donde la Covid-19 ensaya mutaciones que le permitan defenderse de las vacunas conocidas hasta la fecha y seguir multiplicándose.

En un mundo globalizado e interconectado es imposible evitar la transmisión de las diferentes variantes que puedan producirse. Los cierres de fronteras o la limitación de vuelos pueden ser de utilidad en los primeros momentos después de descubrirse una nueva variante, aunque es bastante discutible que lo sean, pero al poco tiempo han perdido toda su eficacia debido a la imposibilidad de poner puertas al campo.

De nada va a servir que los países desarrollados administren a su población dosis sucesivas de la vacuna (ya vamos por la tercera) si no se administra masivamente a toda la población mundial. Para ello es preciso un sistema de gobernanza mundial capaz de liderar la lucha contra el virus, un sistema supranacional capaz de imponer sus decisiones, respetado por todos los países y al que todos contribuyan económicamente en la medida de sus posibilidades. Hasta el momento no se observa que los países más ricos tengan una actitud que facilite esa gobernanza mundial y tampoco que la Organización Mundial de la Salud sea capaz de constituirse en dicha alternativa.

Más que entender que la solución es global y exige de la colaboración de todos, parece que la pandemia está siendo aprovechada para dilucidar rivalidades económicas y políticas entre los verdaderos poderes que rigen el mundo, esa gobernanza en la sombra, que dicta sus normas en función de sus intereses y para quien, en este momento, el virus es un instrumento geoestratégico de reordenación política y económica mundial y, quién sabe si también de la propia población mundial, especialmente de la más pobre y vulnerable.

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