Uno de los crímenes más dolorosos perpetrados últimamente contra la cultura fue la destrucción de los budas de Bamiyán, dinamitados por los talibanes en 2001. El mundo aún recuerda, conmocionado, el impacto que supuso la voladura de estas obras con casi mil quinientos años de historia. ¿Qué podemos decir de un régimen, fanático y cruel, que destruye las huellas de su pasado y su patrimonio? No hay palabras.
La vieja Europa también acumula, con vergüenza, episodios destructivos cuyas heridas permanecen sin restañar. La Segunda Guerra Mundial fue el peor. También España. Los momentos más letales para el patrimonio transcurrieron durante la contemporaneidad, el periodo que se dice más civilizado: Guerra de la Independencia, procesos desamortizadores, República, Guerra Civil, desidias, avaricias e ignorancia de un sector del clero entre los veinte y los sesenta… Fue un siglo y medio catastrófico, con pérdidas irreparables y enajenaciones ilegales o muy difícilmente justificables.
Por citar ejemplos cercanos, da grima ver las tablas del retablo de la catedral mirobrigense, pintadas por Fernando Gallego, expuestas en un museo de Arizona, o los restos de los antiguos conventos de San Vicente y San Francisco. Por una razón o por otra, se pierde el patrimonio. Después pasan los años y nos acordamos y llegan los llantos por la leche derramada y nos ciscamos en los responsables.

En líneas generales, con el tiempo ha crecido la concienciación sobre la necesidad de salvaguardar el patrimonio. Desde la Ley para la Conservación de Monumentos, de 1915, la administración ha ido tomando medidas para evitar desmanes, las últimas al amparo del art. 46 de nuestra constitución. Y uno, de verdad, quiere pensar que hemos progresado, que hay sentido de la responsabilidad, que la normativa evita actos desaprensivos como aquellos del pasado que aún nos sulfuran. Pero no, no es así. Las salvajadas siguen existiendo.
La penúltima en Salamanca es de hace unas semanas, cuando la empresa que construye una residencia universitaria en la avenida de la Merced derribó el edificio de San Juan de Dios, capilla incluida. Allí seguían aún las tres impresionantes vidrieras de Núñez Solé dedicadas a las obras de misericordia. Ahora estamos conmemorando el cincuenta aniversario del fallecimiento de este artista prodigioso, prematuramente desaparecido. La exposición del Palacio Episcopal nos lo recuerda, igual que lo hacen permanentemente los numerosos relieves que ennoblecen nuestras calles.

Núñez Solé recibió bastantes encargos de parroquias y congregaciones para la ornamentación de sus iglesias: Fátima, el Milagro, María Mediadora, Salesianas, Recoletos, Peña de Francia… Y San Juan de Dios, donde realizó en hormigón los relieves del vía crucis, un gigantesco crucificado y las vidrieras. Las piezas de hormigón y una vidriera, la Última Cena, fueron rescatadas por Tomás Gil y Juan Andrés Martín, que con ímprobos y poco agradecidos desvelos y gestiones lograron reubicarlas en el Palacio Episcopal. Pero quedaban otras, dedicadas a las obras de misericordia. Lo intentaron hasta la extenuación, pero se estrellaron contra la estulticia, contra las prisas por derribar y destruir, contra los talibanes de aquí, sin conciencia ni escrúpulos.
¿Responsables? Y qué más da, si las vidrieras ya no existen y solo las recordaremos por las fotos, como las pinturas de Sigena, como los budas de Bamiyán, como tantas otras obras destruidas por el odio, la avaricia y la sinrazón.
