¿Gasto militar = seguridad ?

Un militar tirándose en paracaídas desde un avión. Fotografía. Ministerio de Defensa.
Un militar tirándose en paracaídas desde un avión. Fotografía. Ministerio de Defensa.

Últimamente los medios políticos y de prensa vienen dando la murga con lo de aumentar los gastos militares en Europa, al menos hasta el 2% del PIB, o hasta el 5 %, como pretende Trump. Si en otros tiempos se agitaba el “peligro rojo” ahora se dice temer que, después de asentar sus garras en Ucrania, las tropas rusas alcancen pronto Helsinki, Tallin, Vilnius y quién sabe qué más. Por eso los gastos militares ya llevan años incrementándose en todas partes. Según el SIPRI, veterana entidad dedicada a estudiar estos temas, en 2023 crecieron en todo el mundo un 6,8 % respecto al ejercicio anterior, situándose en 2.443.000 millones de dólares (2,44 billones), y los países de la OTAN acaparan más del cincuenta por ciento de ese gasto global. (Por cierto, España, aunque tiene de los menores gastos relativos -un 1,5 % del PIB-, es de los países donde más vienen creciendo: un 13 % de la partida presupuestaria entre 2022 y 2023).

El SIPRI concluye que ello es "consecuencia del deterioro global de la paz y la seguridad" en el mundo, aunque yo creo que es más cierta la inversa: la probabilidad de guerra crece cuando aumentan los arsenales (así pasó en las preguerras mundiales): 1º porque la carrera armamentista se retroalimenta y hace más probable el conflicto; 2º porque, al detraer recursos de fines sociales y ayuda al desarrollo, se incrementan el hambre y los riesgos de catástrofe en muchos lugares, lo que trae también riesgos bélicos. Como dijo cierto líder del Tercer mundo, "las bombas, aún sin explotar, ya están matando gente”; y 3º, porque ese descontento social alimenta la inestabilidad política y da pábulo a la extrema derecha, a la que también le va la marcha de la violencia y lo militar. Así pues, ¿se puede afirmar, como hace Pedro Sánchez que “invertir en defensa es invertir en seguridad y en democracia?

Como los presupuestos son una magnitud de suma cero, si no queremos subir los impuestos y aumentar la deuda, al estirarlos por un lado debemos encogerlos de otro. Así que esa subida de gastos militares (véase como ya ha desaparecido ese adjetivo: ahora siempre es “defensa”) implica reducir otras partidas. El viejo dilema de “cañones o mantequilla”, al que algunos brokers espabilados están intentando dar la vuelta. Según ellos, si España aumentara esos gastos al 3 % del PIB, este podría crecer dos puntos y las oportunidades de negocio para las empresas del sector y los inversores serían excelentes (ya lo están siendo). Lo único que pasa es que el negocio armamentístico está en manos de empresas norteamericanas: unos 2/3 de los suministros bélicos de la UE vienen de allí.

En todo caso, no tiene mucho sentido valorar si es mucho o es poco el gasto militar sin antes preguntarse: más gasto, ¿para qué defensa?

Desde luego, tal como está el patio, sería irracional destinarlo a reforzar la OTAN, que es la que apremia esas subidas de gasto. De entrada no. Los giros de la política de Trump en Europa han puesto a la organización a los pies de los caballos, hasta el punto de que si hace años Macron anunciaba la "muerte cerebral de la OTAN" (no sabemos si era una indirecta hacia el senil Biden, comandante en jefe de un ejército que es a su vez el que controla la OTAN), ahora se puede decir que el rigor mortis le ha llegado hasta el corazón que no tiene. La pretensión de Estados Unidos de negociar con Rusia el fin de la guerra de Ucrania al margen de la UE supone invalidar de golpe la política que la OTAN ha impulsado hasta ahora, poniendo en entredicho de paso el carácter de la organización como medio multilateral de defensa colectiva. Hay antecedentes en los que EE.UU. tomaron decisiones por su cuenta, implicando luego a la OTAN (Irak, Libia), pero ahora Trump va a hacer de ello la norma, saltándose todas las instancias y acuerdos internacionales y sin tener en cuanta más intereses que los suyos. En el caso de Ucrania está claro: se trata de cobrar la factura de las remesas de armamento, que él cifra en 500.000 millones $ y Zelensky 100.000 millones $.

Ante lo que está pasando con Ucrania, a la que EE.UU. propuso entrar en la organización, ¿qué garantías tienen los países bálticos, Polonia, etc., de que el comandante americano no les dejará en la estacada llegado el caso? Por no hablar del desaire a Dinamarca, aliado atlantista, con la pretensión unilateral de anexionarse Groenlandia. Y no fue el menor de los errores de EE.UU., con la anuencia de la UE, la decisión de extender la OTAN hacia el este, ignorando las promesas hechas a Gorbachov en los años 90, algo que ha alimentado el nacionalismo y el resentimiento ruso, impulsando a figuras como Putin. Lo que ha acabado por provocar la guerra en Ucrania, en la que, en mi opinión, la OTAN ha sido cómplice necesario -y por tanto corresponsable- de la agresión de Putin.

Así pues, habrá que buscar una alternativa de defensa europea que no tenga esa dependencia exterior, algo que ya se planteó en su momento con la Comunidad Europea de Defensa; habrá que negociar el destino de las bases, tropas y armas norteamericanas en Europa (sin olvidar que sus bombas atómicas están desplegadas en cinco países y que su eventual uso depende del presidente de EE.UU.); habrá que definir, nos guste o no, una relación distinta con Rusia, compatible con la garantía de seguridad hacia Ucrania. Pero, sobre todo, hay que considerar que, ante las graves amenazas existenciales que afronta la humanidad se debe asumir la idea, ya veterana, de la seguridad global compartida entre “todos los miembros de la familia humana”, como reza la Declaración Universal de 1948. Y eso no tiene mucho que ver con el aumento de los gastos militares.

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Luis Castro

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