Vista aérea de la sede de la CIA.
Vista aérea de la sede de la CIA.

Esto de las efemérides da mucho juego. También un 20-N de hace 50 años, pero en EE.UU., un comité del senado presidido por Frank Church publicó un informe sobre la intervención de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en los asesinatos de líderes extranjeros. Hubo que superar las presiones del presidente Ford, de su consejero Henry Kissinger y de William Colby, director de la Agencia, pero los senadores consideraron necesario levantar el secreto para que la opinión pública conociera lo que se hacía en su nombre y con la idea de que el asesinato era, según el informe, "incompatible con los principios estadounidenses, el orden internacional y la moral" y "debería ser rechazado como herramienta de política exterior".

El Archivo de seguridad nacional de EE.UU. (NSA, entidad independiente volcada en la obtención y difusión de documentos oficiales comprometidos) ha publicado ahora extractos del informe que muestran operaciones de la CIA para "neutralizar" a líderes como Fidel Castro en Cuba, Patrice Lumumba en el Congo o el general René Schneider en Chile, quienes en plena Guerra fría querían librar a sus pueblos de las ataduras del imperio atlantista. También se mencionan los casos de Dinh Diem en Vietnam y de Trujillo (el rijoso y demoníaco "Chivo" retratado por Vargas Llosa) en República dominicana. Estos dos, a diferencia de los anteriores, eran dictadores sostenidos por EE.UU. que en un momento dado se vuelven "disfuncionales" por su ineptitud, su corrupción y/o su excesiva mano dura. Eran los "hijos de puta", como los calificó Eisenhower, favorables a EE.UU., a los que había que proteger… hasta cierto punto, no fuera a ser que el pueblo llano se alzase y montara una revolución, como pasó con Batista en Cuba, Somoza en Nicaragua o Caetano en Portugal. Y deben mencionarse al menos otros dos casos de asesinatos orquestados por la CIA: el de Allende en 1973 (el NSA muestra la implicación de la Agencia en la desestabilización de su régimen) y el de Mossadeq, en 1967, en colaboración con el M 16 inglés, tras la nacionalización del petróleo en Irán, hasta entonces en manos de compañías occidentales.    

Tras el escándalo producido por el Informe Church, el presidente Ford firmó una orden estableciendo que "ningún empleado del Gobierno de EE.UU. deberá participar o conspirar para realizar asesinatos políticos." Sin embargo, aunque presidentes posteriores han emitido órdenes similares, la CIA mantiene intactas sus competencias fundacionales de 1947, entre las que están las operaciones encubiertas, es decir, "cualquier actividad relacionada con propaganda, guerra económica, acción directa preventiva, incluyendo sabotaje, […] subversión contra estados hostiles, incluyendo ayuda a movimientos de resistencia clandestinos, guerrillas y grupos de liberación…". Acciones que contarían con la "negación plausible" del gobierno, que nunca las reconocería.

Pero con la presidencia de Trump damos un paso más en esa ya larga historia de injerencias, extorsiones y asesinatos en la política exterior de EE.UU. Nada ya de encubrimientos ni disimulos. El 50º aniversario de la publicación del informe Church llega cuando Trump aparece de la mano del príncipe Ben Salman, "El Descuartizador", amenaza abiertamente con matar al presidente Nicolás Maduro y ordena al Pentágono ataques con drones y misiles Hellfire contra "combatientes ilegales" a bordo de pequeñas embarcaciones que supuestamente transportan drogas. Más de 80 personas han muerto ya en esos ataques y los buques de guerra U.S.A. patrullan por las costas del Caribe.

Se imponen así unos métodos autoritarios y gansteriles que van reafirmando a EE.UU. como un régimen dictatorial en el interior e intervencionista en el exterior, cada vez más ajeno a las normas y valores de su propia constitución y del orden internacional moderno, según se expresa en la Carta y resoluciones de Naciones Unidas. Lo cual es una mala noticia tanto para los "americanos" como para todos los demás.

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Luis Castro

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