Las dos varas de medir…

El presidente Trump en una comparecencia. Fotografía. Casa Blanca.
El presidente Trump en una comparecencia. Fotografía. Casa Blanca.

Como ciudadanos solemos percibir la Ley como un batiburrillo de códigos, trámites y restricciones que nos complican la vida. Sin embargo esta Ley no es una carga sino la estructura invisible que permite la interacción humana en condiciones de calma. Sin un marco legislativo sólido, la sociedad colapsaría de incertidumbre, dejando paso a la atávica "ley del más fuerte".

El concepto de seguridad jurídica es el pilar fundamental de cualquier Estado de Derecho. Es la garantía de que las normas son claras, públicas y que se van a aplicar de forma previsible, y así hablando de leyes hablamos de previsibilidad. Si firmamos un contrato de alquiler o de compra de un producto, la Ley nos asegura que nuestras expectativas serán respetadas. Sin este andamiaje, el comercio y la convivencia serían imposibles, pues nadie arriesgaría sus recursos en un entorno que depende exclusivamente del capricho del más poderoso o del más violento.

Con esta esquemática introducción, podemos afirmar que el Derecho Internacional es lo que evita que el planeta sea un campo de batalla permanente. En un sistema internacional donde no existe un "gobierno mundial" superior, los tratados, convenciones y acuerdos multilaterales actúan como el único contrapeso frente a las tentativas de poder hegemónico impuesto a la fuerza. Algo así como hacer un planeta perfectamente “vivible” utilizando el compromiso mutuo.

Pero cuando este marco legislativo o de acuerdos se ignora, entramos en un verdadero escenario de entropía social. En ausencia de respeto por estas normas, la resolución de conflictos vuelve a su estado primitivo: manda el que usa con más virulencia el garrote.

Así pues, defender la importancia de las leyes y del orden internacional no es un ejercicio de posición ideológica, sino un acto de supervivencia como civilización. La Ley es lo que nos separa de la barbarie y asegura que el destino de las personas no esté dictado por la fuerza bruta y los intereses económicos y/o petrolíferos, sino por la razón y la justicia.

Y si el lector se lo está planteando, yo se lo aclaro: estoy en contra de una dictadura como la de Maduro, al igual que en contra de cualquier dictadura, incluida la que sufrimos en España durante 40 años (que tantos nostálgicos parece que aglutina). También estoy en contra de todas las violaciones del Derecho Internacional, sean en Venezuela, Gaza o Ucrania.

Y si, está feo que haya dos varas de medir como utilizan los malos comerciantes…

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Marce Muñoz

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