La actitud de servilismo hacia potencias extranjeras tiene viejos antecedentes y expresiones variadas en la historia del conservadurismo español.
Estando España ocupada por los franceses en 1808 el Consejo de Castilla y la Junta de Gobierno, las más altas instituciones del reino, felicitaron a Joaquín Murat, comandante de los ejércitos invasores, por su nombramiento como «lugarteniente general de España» y poco después juraron fidelidad al rey Pepe Botella, también nombrado por Napoleón. Por su parte, Fernando VII, preso del emperador en el castillo de Valençay, le mandó felicitaciones por sus victorias e incluso le pidió emparentar con él mediante el casamiento con alguna mujer de su familia. Mientras, el ejército de ocupación masacraba a los españoles patriotas que luchaban por su independencia nacional.
Semejante actitud de servilismo se repitió en 1823, cuando Fernando VII pidió la intervención de la Santa Alianza y recibió con los brazos abiertos la invasión de los 100.000 hijos de San Luis, que debían reponerle como rey absoluto y facilitarle la represión contra los liberales. (Cómo sería que hasta los franceses le pidieron que levantara un poco la mano).
Salvando las distancias, más que nada temporales, cabe evocar a los sublevados de 1936, que apelan a la ayuda exterior de Hitler y Mussolini para aplastar brutalmente a los partidarios del régimen democrático y reformista de la Segunda República. Luego, mientras se pudo, la España de Franco celebraba los cumpleaños del Führer, lo mismo que en otro tiempo se festejaban los de José I.
Más recientemente, el servilismo se ha ejercido respecto a los Estados Unidos. Una vez más hay que recordar la garrafal metedura de pata de Aznar al secundar a Bush jr. en la invasión de Irak de 2003, que tan desastrosas consecuencias tuvo para los iraquíes y para los españoles (con el atentado del 11-M). Aznar, aún ahora, lejos de pedir perdón y desaparecer por el foro para siempre, pretende sentar cátedra justificando el actual ataque de Trump a Irán porque, dice, «hay que estar al lado de los aliados y no al lado de nuestros enemigos». Quizá por eso la señora Ayuso ha viajado a Nueva York otra vez para jalear al loco de la Casa Blanca, mientras Feijóo sostiene que lo que hace el gobierno «no es defender los intereses de España, sino ponerlos en riesgo».
Ahora mismo Trump, junto con el genocida Netanyahu, está escalando una ofensiva militar que nadie sabe -quizá él menos que nadie- cómo va a acabar y que ya está poniendo en grave riesgo la paz mundial y perjudicando las economías occidentales, incluida la española. ¿Qué más tiene que hacer para que las derechas españolas se den cuenta de que Trump no tiene aliados, sino intereses más bien personales, y que los amigos solo le duran mientras le ríen las gracias y le siguen la corriente?; ¿que con él no cabe hablar de derechos humanos ni de legalidad internacional, pues, como le dijo al New York Times, «no la necesita» y lo que rige en el mundo es la ley del más fuerte, como sostiene su secretario de guerra?, ¿que lo único razonable para la comunidad internacional es hacerle frente, tratar de poner fin cuanto antes a esta deriva hacia el desastre y recomponer en lo posible un mínimo de equilibrio internacional?
Pero los señores de las derechas repiten que el ‘No a la guerra’ solo es «una cortina de humo» (no se les ocurre otra cosa cada vez que el Gobierno tiene una iniciativa) y que en realidad el Gobierno se aprovecha de la guerra «haciendo caja» con los impuestos, aunque ya se han anunciado medidas de ayuda para los sectores perjudicados.
Qué patriotismo tan raro, que doblega el espinazo ante el invasor y en situación de conflicto se pone del lado de la potencia extranjera y no de los intereses de su propio país.




















1 comentario en «¿Derechas patrióticas?»
La bandera es el último refugio de los canallas, independientemente de si es tamaño extra grande o de pulserita. Así de claro lo explica este artículo magnífico. Las grandes proclamas patrióticas anuncian la traición cuando es rentable a sus intereses.