Al viejo inquilino no le gustaba recibir cartas del administrador. Rara vez le anunciaban cosas agradables: cuando no era la subida de la renta era la oferta de otro piso de alquiler, más barato, en un barrio periférico. Sin duda querían echarle de la vivienda, como habían hecho ya con la mayoría de sus vecinos de escalera.
Los fondos buitre venían pegando fuerte en esa parte de la ciudad. En los últimos años habían comprado varios bloques y echado a la calle a casi todos los ‘gusanos’, como llamaban ellos a los inquilinos. Hacían algunas reformas y luego los vendían a precio de oro.
Esta vez la carta le ha anunciaba que «… siguiendo órdenes de la propiedad, se va a proceder a instalar módulos sonoros en cada una de las viviendas del edificio». Y daba detalles técnicos para él incomprensibles. Sería un asistente virtual dotado de un sistema SHAI 2.0 (Super Enhanced Artificial Intelligence) que podría dar conversación, poner música, contar chistes o conectar con emisoras a petición del usuario. Todo ello sin coste alguno.
Llamó al administrador para decirle que no le interesaba el aparato. No quería consumir más luz (electricidad, quería decir) y además no sabría cómo usarlo.
-Herminio, le contestó el administrador, no se preocupe. El módulo lleva una toma, pero funciona incluso sin ella, con una pila de larga duración. Y es muy fácil de usar. Verá que es muy útil y le facilitará mucho la vida. Pondremos una aplicación para que usted pueda ordenarle dar o apagar la luz, encender el horno o subir las persianas. Le recordará la toma de sus medicinas, si quiere. Casi todas las tareas de la casa las podrá hacer usted sentado en el sofá.
-Yo no quiero estar tan inactivo en casa, replicó Hermino. Estoy jubilado y tengo que moverme algo. Pero, ¿por qué tanto interés en instalar una cosa que no queremos?.
Herminio insistió en su negativa, pero sin éxito. El plan de la propiedad iba encaminado, según decía, a mejorar los «estándares habitacionales» y (esto no se decía) a posibilitar la subida del alquiler o inducir su salida.
-Conmigo vais listos, mamones, pensó Herminio. Tengo contrato vitalicio y no me pienso mover de aquí ni me voy a morir mañana. Espero.
Más tarde, un operario dejó el aparato configurado en su dormitorio y le dio unas instrucciones de uso a las que no hizo mucho caso.
-Con no usarlo se acabó la historia. Eso pensaba.
Pero al cabo de un rato Herminio se sobresaltó al oír una voz femenina que decía:
-Buenas tardes, señor. Soy Elisa, su asistente personal. ¿Cómo debo dirigirme a usted?
Eso de hablar con no se sabe quién le superaba. Desenchufó el artilugio. Pero siguió dándole sorpresas. A la mañana siguiente le despertó con «buenos días, Herminio. ¿Quieres empezar el día con un poco de música o prefieres hacer algo de ejercicio?».





















