Las prisas, una vez más, vuelven a imponerse sobre la sensatez, y no es un detalle menor, cuando se trata de estructuras que dicen representar al tejido empresarial, la precipitación no solo es un error, sino una amenaza directa a la propia legitimidad del sistema.
Después de semanas en las que ha quedado en evidencia una lucha de poder más propia de despachos técnicos que de empresarios, una pugna que poco o nada tiene que ver con la realidad de las empresas, ahora se pretende acelerar la construcción de una lista única en la Cámara de Comercio, todo ello, curiosamente, sin debate público real, sin transparencia y con un guion que parece ya escrito de antemano.
Pero la cuestión de fondo es mucho más grave, ¿dónde queda la democracia interna?, ¿van a poder las asociaciones consultar a sus asambleas antes de tomar decisiones que condicionan su futuro, o se va a imponer, una vez más, una estrategia diseñada desde arriba por unos pocos, bajo la batuta de esos técnicos con sueldos de ministro que todos señalan en privado y que, sin dar la cara, mueven los hilos de un proceso que debería pertenecer a los empresarios y no a quienes viven de la estructura?
No es la primera vez que las propias asociaciones denuncian falta de información y desequilibrios en la representación y, aun así, lejos de corregir estos problemas, se insiste en avanzar deprisa, sin resolver las cuestiones de fondo, quizá porque lo que se busca no es construir, sino controlar.
Porque aquí no se está construyendo una unidad sólida, sino, en el mejor de los casos, un artificio, una estructura que, si sigue este camino, terminará reducida a dos o tres asociaciones con capacidad real, rodeadas de un entramado donde pesan más los técnicos que las empresas a las que supuestamente representan, y donde no pocas de esas asociaciones que se exhiben como respaldo son, en la práctica, meras siglas sin actividad real.
Mientras tanto, hay figuras que han sido apartadas en este proceso, sacrificadas en silencio para facilitar acuerdos que hoy se venden como inevitables, un detalle que dice mucho de cómo se está gestionando todo esto y de hasta qué punto se han eliminado obstáculos para allanar el camino.
El resultado es preocupante, se corre el riesgo de entregar el futuro de la representación empresarial a estructuras débiles en lo democrático y limitadas en lo operativo, asociaciones con escasa capacidad real de decisión, pero convenientemente alineadas con un modelo donde el control importa más que la participación, un modelo que encaja demasiado bien con los intereses de ciertos poderes fácticos de la ciudad, más cómodos con organizaciones apesebradas, dóciles y basadas en el servilismo que con un tejido empresarial crítico, independiente y fuerte.
Y así, lo que debería ser un proceso de fortalecimiento del tejido empresarial de Salamanca amenaza con convertirse en justo lo contrario, una concentración de poder, poco transparente, con escaso respaldo de base y dirigida por quienes no tienen que rendir cuentas ante ninguna asamblea.
Porque sin participación, sin debate y sin tiempos adecuados, no hay unidad, hay imposición, y eso, en cualquier organización que aspire a representar a empresarios, tiene un nombre claro, déficit democrático.
Por eso, desde aquí, animo a los empresarios de Salamanca a que concurran por sus respectivos sectores a las elecciones de la Cámara de Comercio, aunque solo sea para que no nos tomen más el pelo.
Por. Chenche Martín Galeano

















