A l@s del Comité Antinuclear y Ecologista de Salamanca
De un tiempo a esta parte asistimos a un revival de la propaganda nuclear. Podemos verlo en anuncios de la prensa (a veces disfrazados de reportajes), pero también en las declaraciones de altos mandatarios, como la presidenta europea Von der Leyen, la ejecutiva de financieras internacionales Jennifer Nordquist o el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga. El mensaje es más o menos el mismo: el menú energético actual debe integrar un buen plato de átomos fisionados, si no queremos tener problemas de suministro energético a corto plazo. Y va junto a otro tópico: las energías alternativas (eólica, solar, hidráulica, biomasa, etc.) no serán capaces de satisfacer la demanda mundial creciente, a no ser que metamos las centrales nucleares en ese paquete, pues no generan CO2.
Pero esto último no es del todo cierto, ya que el ciclo del uranio sí origina malos gases, desde la minería (que además es muy agresiva con el medio, como puede verse en Saelices o Retortillo, por ejemplo) hasta el desmantelamiento de las instalaciones, que requiere décadas de trabajo con gasto energético fósil. En cambio, las alternativas, contra lo que se dice, sí pueden garantizar el suministro estable una vez que se está resolviendo el problema del almacenamiento de energía mediante hidroeléctricas de bombeo (como la de Villarino) o pilas. Pero no vamos a entrar en toda la problemática nuclear, que sería prolijo; solo nos fijaremos en el último gadget del escaparate atómico: los llamados Pequeños Reactores Modulares (SMR), más pequeños, baratos y fáciles de construir, que podrían ponerse casi en cualquier parte: complejos industriales, megacentros informáticos, minas, aguas costeras… ¿y por qué no dentro de las ciudades?
El entusiasmo que suscitan estos aparatos me recuerda la fiebre atómica de los años 50s y 60s., cuando, aun sin funcionar las centrales nucleares, se ofrecían aplicaciones a escala doméstica. «¡Esta es la era atómica! –decía un anuncio de la Ford–. Lo increíble ya ha comenzado a hacerse realidad». Se presentaba así el automóvil Nucleon, que iba dotado de un pequeño reactor recargable sobre el capó. Y a la vez se anunciaban para el futuro pilas atómicas pequeñas que surtirían de energía abundante a las viviendas y las fábricas. Esto en EE.UU.; pero los soviéticos no se quedaban atrás soñando: hacia el año 2000, decían, esta energía movería trenes y aviones, y «lanzará a los más lejanos planetas el cohete de los habitantes de la Tierra». (Algo así imaginan ahora Elon Musk y sus technoboys). Pero estas y otras maravillas pronto se descartaron por imposibles y/o peligrosas.
Y es difícil que los SMR sean ahora la solución. Por ejemplo, veamos que en el teatro de guerra del Próximo Oriente hay ya centrales nucleares funcionando o en construcción en Irán, Israel, Emiratos Árabes, Egipto, Jordania y Turquía y, si se generalizan por allí los SMR, aumentaría proporcionalmente el peligro de accidentes por acción de guerra. Desde luego, no sería racional que uno de esos países atacara las instalaciones nucleares de su vecino (además de ser crimen de guerra), pues la nube radiactiva le podría afectar por igual. Pero el loco de la Casa Blanca, que está muy lejos de la zona y se orina en las normas internacionales, está dispuesto a todo, según dice los días que se levanta de mal genio.
En todo caso, hay opiniones muy distintas de las de los apologistas de lo nuclear. Allison MacFarlane, ex presidenta de la Comisión Reguladora Nuclear de EE.UU. sintetiza así el asunto: «Sus altos costes, retrasos y riesgos hacen improbable que [la energía nuclear] tenga un papel relevante a corto plazo y las renovables siguen siendo la opción más rápida y económica para reducir emisiones». (Dossier monográfico de La Vanguardia, nº 98, «La nueva era atómica»).




















