Opinión

Escribir

Una personas escribiendo en un teclado. Imagen de ROBERT S?OMA en Pixabay

Escribir es una forma de terapia; a veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, no componen música o no pintan para escapar de la locura, de la melancolía, del pánico inherente a la condición humana.
Graham Greene

Hay placeres de los que se habla con entusiasmo colectivo y otros que permanecen en un discreto segundo plano, casi como si necesitaran justificación. La lectura pertenece, sin duda, al primer grupo. Se ensalza con razón: leer abre mundos, ensancha la imaginación, nos permite vivir otras vidas sin movernos del sitio. Se organizan campañas de fomento de la lectura, se repiten consignas, se insiste -con acierto- en que una sociedad que lee es una sociedad más libre.

Sin embargo, se habla mucho menos del placer de escribir.

Cabe distinguir, quizá, dos formas de escritura. Una es la que se practica en la intimidad, sin más destinatario que uno mismo: un espacio privado donde las ideas se esbozan sin exigencias y el pensamiento se permite divagar. Otra es la escritura que aspira a ser leída, la que se expone a la mirada ajena. Dar ese paso no es menor. Supone aceptar una cierta intemperie: hacer público lo que hasta entonces era estrictamente propio. Y, además, obliga a enfrentarse a una duda incómoda, pero inevitable: si uno tiene realmente algo que decir y si sabrá decirlo con la precisión que merece quien está al otro lado -el lector-.

Escribir también es un placer. Un placer distinto, más exigente, pero no por ello menor. Si la lectura es una puerta que se abre hacia afuera, la escritura lo es hacia adentro. Es un acto de exploración y, al mismo tiempo, de disciplina. Uno empieza a escribir creyendo que sabe lo que quiere decir y, sin embargo, a medida que las palabras avanzan, algo se ordena, se corrige, se revela.

Escribir obliga a detenerse. En un tiempo dominado por la prisa y la respuesta inmediata, escribir introduce una pausa que hoy resulta casi subversiva. No se puede escribir bien con precipitación; exige elegir, descartar, matizar. Y en ese proceso hay un goce discreto pero profundo: el de encontrar la palabra exacta, la frase necesaria, el ritmo que sostiene lo que se quiere decir.

También hay en la escritura una forma de resistencia. Frente al ruido constante y la avalancha de mensajes breves y fugaces, escribir -de verdad- implica tomarse en serio el lenguaje y, por tanto, el pensamiento. No es un gesto inocente, sino una forma de afirmarse frente a la banalización de lo inmediato.

Quizá por eso se habla menos de su placer. Porque escribir no es inmediato ni complaciente. Requiere esfuerzo, disciplina y, en no pocas ocasiones, incomodidad. Pero precisamente ahí reside su valor. El placer de escribir no siempre aparece al principio; llega después, cuando uno relee y reconoce que ha entendido mejor aquello que creía saber.

No se trata de oponer lectura y escritura. Se necesitan. Quien lee con atención acaba sintiendo la necesidad de escribir, y quien escribe aprende a leer con mayor exigencia.

Conviene, por tanto, reivindicar también este otro placer. No como una actividad reservada a unos pocos, sino como un ejercicio al alcance de cualquiera que esté dispuesto a pensar con rigor y a expresarse con honestidad.

Porque escribir no es solo comunicar. Es, sobre todo, una forma de pensar con claridad y de exponerse: de desnudarse intelectualmente ante los demás, sin el amparo de la improvisación ni la coartada de lo impreciso. Es poner las propias ideas a la intemperie, con el riesgo de que sean discutidas, matizadas o refutadas. Y eso, hoy, no es poco.

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

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