Hace unos meses La Crónica de Salamanca propuso a alumnos de 3º de la ESO del colegio Calasanz realizar una serie de reportajes para conocer: ¿Por qué se levantan? ¿Qué les incomoda? ¿Cuáles son sus ídolos? En este reportaje, Andrea Martín Pastoriza, Keinan Chimpén Torrecilla, Lucas González Puertas y Mario Corona Sánchez, de 3ºA, hablan del acoso escolar.
El acoso escolar es un problema que afecta a muchos centros educativos y que puede tener consecuencias muy graves para quienes lo sufren. En el colegio Calasanz, algunos alumnos estamos trabajando sobre ello porque, como en cualquier otro colegio, es importante reflexionar sobre estos sucesos, ya que no es un juego, sino una realidad para prevenir situaciones de violencia, insultos, amenazas o exclusión entre compañeros. El acoso no es cosa de niños, sino una conducta repetida que causa daño físico o psicológico y que puede afectar al rendimiento académico, a la autoestima y al bienestar emocional de la persona que lo sufre.
Por ello, resulta fundamental que toda la comunidad educativa, ya sean alumnos, profesores y familias, trabaje unida para detectar, denunciar y frenar cualquier forma de acoso. Solo desde el respeto, la empatía y la convivencia se puede garantizar un entorno seguro donde todos los estudiantes se sientan protegidos y valorados.
El acoso escolar sigue siendo una realidad incómoda y, en muchas ocasiones, silenciada. En el colegio Calasanz de Salamanca, un grupo de alumnos hemos decidido dar un paso al frente y recoger testimonios directos de compañeros que han vivido o presenciado situaciones de bullying. El resultado es un retrato inquietante que pone en duda la eficacia de los mecanismos de prevención y actuación dentro del entorno educativo.
A través de entrevistas a estudiantes (uno de 4º ESO y tres de 2º, dos chicos y una chica, cuyos nombres omitimos) y a la orientadora del centro, Yésica Rodríguez, que es la encargada de activar los protocolos en casos de acoso, han salido a la luz historias que reflejan una problemática más extendida de lo que aparenta. Algunos alumnos aseguran haber tenido que abandonar su antiguo colegio para escapar de situaciones de hostigamiento constante, incapaces de soportar la presión o de encontrar apoyo suficiente en profesores y dirección.
Los relatos recogidos describen escenas difíciles de ignorar. En una de las clases, un alumno sufre agresiones físicas por parte de sus propios compañeros de forma reiterada, lejos de cualquier tipo de broma. Lo más alarmante, según los testigos, es la normalización de estos comportamientos, tanto por parte del entorno como de la propia víctima.
Especialmente duro es el testimonio de un joven que vivió una experiencia similar en un seminario con apenas quince alumnos. Allí, lejos de encontrar un entorno seguro, se convirtió en víctima de agresiones físicas y verbales por parte de estudiantes mayores. Los insultos no se limitaban a su persona, sino que atacaban aspectos profundamente personales, como la ausencia de su padre, insultos exagerados hacia su madre y a su entorno familiar. En uno de los episodios más graves, relata haber recibido una paliza durante una actividad aparentemente inofensiva, como es jugar a un solo pilla-pilla.
Pese a que no era el único afectado, fue de los pocos que se atrevió a denunciar la situación. Sin embargo, según su versión, la respuesta fue inexistente. La falta de medidas y la aparente permisividad de la dirección, a la que acusa de mostrar afinidad hacia los agresores, contribuyeron a perpetuar el problema. Finalmente, el seminario terminó cerrando, en un contexto marcado, según los testimonios, por la falta de control y apoyo.
Estos relatos ponen sobre la mesa una cuestión urgente, ¿se están aplicando realmente los protocolos contra el acoso escolar o siguen siendo, en muchos casos, una mera formalidad? Mientras tanto, el silencio y el miedo continúan siendo los principales aliados de una problemática que, lejos de desaparecer, sigue creciendo en las aulas.
















