En momentos de confrontación, recelo y decepción, hace falta que aparezcan personas honestas y prestigiosas que obren con integridad y sirvan de ejemplo. Figuras de esas que hacen digno el gobierno y no instrumento de poder, mejoran la vida de la gente y escuchan más que hablan. Sobran quienes se sirven del cargo y los que en vez de resolver problemas los crean. Gente a rechazar y reprobar.
De insolencias, bulos y mentiras están hechas las patas de la ineficacia y la intolerancia con los que se va derecho a precipitarse, con nosotros dentro, al enredo y el desbarajuste. A lo que se añade la desvergüenza con que se manifiestan y obran quienes erigidos en líderes gastan su tiempo en aplaudirse, no admiten que les critiquen sus errores y atribuyen al adversario todos los males del país.
Desgraciadamente, sufrimos personajes que inducen a que se pierda la confianza en la política y las instituciones, creando confusión social y política que, prolongada, deteriora la convivencia y es objeto de inquietud. Situación que degrada a los que la producen y no dice bien de quienes la aguantan sin reaccionar. La verdad es que no estamos bien, aunque por no ser pesimistas hay que decir que no tan mal que no se pueda remediar. De desanimarse, nada, porque ya saben que el éxito es ir de fracaso en fracaso hasta la victoria final.
Licenciado en Geografía e Historia, exfuncionario de Correos y escritor
Aliseda, una puta coja (2018)
Lluvia de cenizas (2021)
Puesto a recobrar el aliento (2023)
Sombras en el jardín (2024)























