«Lo que los demás digan de uno, siempre es importante»

Bernardo Atxaga presentó en Salamanca su último libro 'Golondrinas'.

Bernardo Atxaga no existe. Lo sé porque pregunté por él en el hotel donde se alojaba en la ciudad y me dijeron que no estaba allí. Es el seudónimo de José Irazu Garmendia. Ambos ‘vinieron’ a Salamanca. Uno conversó sobre lo que conocía de la ciudad y de su amigo Patricio, de Topas, y de Salamacara, una canción que se canta en el País Vasco que es como nuestro Asturias patria querida… Con el autor hablamos de Golondrinas su último libro, que presentó en Letras Corsarias. El uno y el otro se mostraron curiosos, pensativos, risueños, traviesos y contarán algún secreto.

Bernardo, ¿conoce Salamanca?
Sí, conozco Salamanca porque tuve un compañero de estudios que era de Topas.

Ahora a esa la localidad se la conoce por la cárcel…
Una sorpresa que Topas se haya hecho famosa por la prisión. Pero, yo conocía a Patricio. Tuve mucha amistad con él. Un día lo invité a mi pueblo natal, Asteasu, y por la noche había una apuesta de levantamiento de piedra. Estaban todos los bares repletos de gentes hablando en nuestro dialecto -euskera-. En un momento de la noche, Patricio me dijo: ‘Esta gente parece de la Edad de Piedra’.
(Carcajada)
¡Nunca mejor dicho!
Yo le dije: ‘No lo digas muy alto, que alguno te va a entender y no le va a gustar’. Ese era Patricio. Tuve mucha amistad con él. Luego tuve una prima carnal que vivió en Salamanca bastantes años. Tuvo una tienda detrás del Ayuntamiento. La vine a visitar. Y, conozco Salamanca por las canciones.

¿Triste y sola se queda Fonseca?
No. Esa es la versión castellana. Hay una canción muy famosa en el País Vasco, Salamancara, que dice algo así como que un joven vino a estudiar a Salamanca… Las letras no me las aprendo. Eso se ha cantado mucho en los bares.

Algo así como Asturias patria querida…
Más o menos…

La exaltación de la amistad…
Eso es y de la cena. (Risas) Salamanca para mí ha sido muy cercana. Aunque en Castilla, ha sido Palencia, porque he vivido en un pueblo palentino, Villamediana de Zarate. Vi en el periódico que alquilaban una casa y estuve nueve meses casi sin salir de casa. Solo salí un día.

¿Para conocer a los vecinos?
Para ir al dentista. Si quieres te cuento una cosa…

Soy todo oídos.
Ahí aprendí una de las mejores definiciones de soledad. Yo había ido al pueblo para escribir, leer… no tenía ni oficio ni beneficio en ese momento, había dejado mi trabajo en el banco. No tenía despertador para levantarme por la mañana. Fui donde el vecino, se llamaba Crisantos, y le pedí un despertador.

¿Qué le dijo?
Se quedó un poco asombrado. Fue dentro, volvió con un despertador metálico, grandotes, que hacen tanto ruido. Me lo entregó y me dijo: ‘¡Cómprate un despertador, hombre! No ves que hace mucha compañía.

¡Oooh!
¡Es bueno!

Demoledor.
Las asociaciones. Pasa el tiempo y vas leyendo aquí y allá. Y, en un aforismo de un discípulo de Kant, Lichtenberg, dice: ‘El hombre ama la compañía, incluso la de una vela’. Es prácticamente lo mismo. Todo esto para decir que conozco bien Castilla, que he vivido en Palencia y en Santa María del Campo, Burgos…

El siguiente, en mi pueblo, Tenebrón.
Estaría bien. ¡Qué nombre tan peculiar! ¿De dónde vendrá? Quizá más que de tinieblas, tenebroso, sea de sombras. Me ha gustado irme donde no había mucha gente.

Entonces, Tenebrón es perfecto.
(Risas)

Bernardo Atxaga presentó en Salamanca su último libro ‘Golondrinas’.

Bernardo, ¿se parece en algo a Jesucristo?
(Se lo piensa) Todos los del hemisferio occidental nos parecemos a Jesucristo, porque hemos sido educados según su libro, la Biblia. Sería muy difícil no parecerse a Cristo. Incluso, un escritor maravilloso, a mi modo de ver, y tan distante de todo lo religioso que es Oscar Wilde, cuando escribe De profundis, después de la cárcel, tiene unos pasajes sobre Cristo y Francisco de Asís impresionantes, de bonitos y bellos. No es en qué te parezcas, es que nosotros somos productos culturales. Nosotros no somos naturaleza, lo importante es la cultura, es la que nos ha construido.

No se lo decía por eso.
¿Por qué lo decías?

Porque su padre era carpintero.
(Risas) Te voy a contar una cosa que no he contado nunca. Parece un chiste y es cierto. No he sido profesor, ni lo quiero ser, pero por aquello de que mis hijas aprendieran bien inglés, esta cosa pragmática de los padres, impartí unos curos en la Universidad de Stamford. La secretaría era un desastre e hicieron mal los papeles. Llegamos allí y los de inmigración nos dijeron que solo podía entrar yo, pero ni mi mujer ni mis hijas podía hacerlo.

¿Qué hicieron?
Decidimos entrar como turistas. A todo esto, iba para impartir varios cursos, más de seis meses. Mi mujer hizo todo lo posible para que mis hijas fueran a la escuela. Era imposible en una escuela pública, porque nos amenazaban con la deportación y nunca jamás podrían entrar en Estados Unidos. Cosa que ahora me parece una ventaja. (Risas) pero entonces no.

¿Dónde estudiaron?
No nos quedó otro remedio que enviarlas a un colegio católico americano. Unas niñas que jamás habían pisado la iglesia, ni recibido educación religiosa… Esos colegios quedan un poco opacos. Pasa el tiempo y un día la pequeña, que tendría siete años, nos dijo que habían estado hablando de Chí-zas (pronunciación de Jesús en inglés), un personaje muy importante.

¿Qué le decían de Jesús?
Que era de un pueblo pequeño. Y ella contesta: ‘¡Vaya cosa! También yo’; Que su padre era carpintero y ella dijo. ‘¡Bueno! Mi abuelo también era carpintero’. ¿No entiendo por qué es tan famosos ese Chí-zas?
(Carcajada)
Todavía le estoy viendo la cara. (Risas)

Voy a seguir con la Biblia, donde las golondrinas -título de su último libro- significan refugio, seguridad… ¿En su libro qué simbolizan?
Todo lo que aparece en un libro, no hace un solo trabajo. Hay una referencia religiosa clarísima con las golondrinas, en la niñez aprendimos que no había que tirarles piedras, porque ellas fueron las que quitaron las espinas de la frente de Jesús. En este caso, la golondrina es una metáfora de fondo de toda la novela, que no es explícita. Es casi un tópico poético. Las golondrinas marchan a África, incluso a Australia, y saben encontrar el camino de vuelta.

¿Sus personajes saben volver?
No saben volver a su lugar inicial por diferentes razones. Urtain, porque ha cambiado de espacio, sociedad, lengua, oficio… de todo. Y no puede volver por razonas de censura social. En cuanto al pintor, no puede volver donde quisiera, que es la juventud. Él está al final de una vida amorosa activa y no puede volver a lo que fue y eso le crea… (hay que leer la novela para saberlo) Y, al malvado, no puede regresar, porque ha ido tan lejos en el mal, que ya no es posible.

¿Cómo es el paisaje de su novela?
El paisaje se construye a través de las golondrinas. Ellas están en el cementerio, en el molino… Por mi tipo de narración, rebajo el posible exceso poético.

Por ejemplo.
Que vuelan a 10 metros por segundo. Esto está en la Literatura. Hay un consejo de Chéjvo que dice que si quieres describir un estanque, no te empeñes en hablar de todo el estanque, solo hay que decir que una hoja ha caído sobre el agua.

Ha dicho que Urtain no pudo volver a su pueblo por cuestiones sociales. ¿Qué importancia le da al ‘¡Qué dirán!’?
Lo que los demás digan de uno, siempre es importante. Dijo Josep Pla que para ser feliz solo hace falta dos cosas: ‘Tener buena opinión de uno mismo y no importe la opinión que los demás tengan de uno’. Estas leyes no son universales. No valen para todos los ambientes…

Ni para todas las personas.
Eso es. Ya en el mundo clásico, Sófocles en Áyax habla de eso. Lo más importante era el respeto social, estabas destruido como héroe. En el mundo rural, ha sido muy importante el respeto social, al menos en el que yo he conocido, el vasco.

¿Cómo perdió ese respeto Urtain?
Cometió un error tremendo. Todo el mundo entiende que si eres un reconocido boxeador, tienes que saludar al dictador. Lo que no pasa es que aparezcas en las revistas de cotilleo con dos vedettes, una en cada brazo. Eso no. No pudo volver, fue expulsado totalmente.

Bernardo Atxaga presentó en Salamanca su último libro ‘Golondrinas’.

¿Cuánto de bien cuidamos a nuestros ídolos en España?
Ahí cometes un solecismo. Cuidar e ídolo no riman bien. Es otro tipo de sentimiento… general… una histeria de masas… y por el mismo momento histérico… miles de groupies en mi época se volvía locas por Los Beatles, ahora es igual con otros artistas. Esa misma histeria hace que se adore a… Pero es un amor, aprecio, afecto, por decirlo así, histérico. Los animales tienen embarazos histéricos, está inflada, pero no embarazada… Bueno, eso pasa con los héroes, ídolos… una especie de embarazo histérico, pero no tienen que ver con nada. Es otro mundo. ¿Cuidar? Hay que cuidar a lo que está cerca, a tu hermano, madre, padre, amigos… pero cuidar no va con los ídolos. Aunque no lo parezca, soy muy tajante.

¿Qué ha aprendido del levantador de piedras?
Para nosotros el levantamiento de piedra –harri-jasotze– es parte de nuestra forma de vivir. Los acontecimientos hacen vida. He vivido en ese mundo. No he participado de él, porque mi madre fue maestra y era uno de los hijos de la maestra. No aprendí a pescar, cazar, bailar y, por tanto, tampoco a levantar piedras. En la casa de la maestra no era tan popular. (Risas) Lo que sí lo era: estudiar, ir al colegio y aprobar. Esto era lo básico.

Aunque solo fuera por ver, aprendería de él.
Sí. Es un mundo… mueve todavía. Y, entonces movía muchísimo dinero y rivalidades. No sé cómo decir… Si lo ves desde el punto de vista turístico, no ves nada. Hay un interior, un mundo. Hubo una película donde se veía dos contrincantes, habían hecho una apuesta, en este caso de hacha. La película reflejaba que uno vivía frente al otro y se veían. Entrenaban y se veían. Eso es un disparate. Eso no ocurre allí jamás. Siempre es en secreto. Los que van a tomar parte en una apuesta están tan escondidos como los reyes de la Edad Media. Nadie sabe dónde están. Si tú lo ves entrenar…

Sabes el peso que va a levantar.
Exacto. O la cantidad de veces que lo va a levantar. Eso es un mundo. He vivido, pensado y escrito sobre ese mundo, que es muy interesante. El paso al boxeo se produce a veces, pero es complicado. Es inimaginable la fuerza que tienen los levantadores, pero su caja torácica no da para aguantar los tiempo. Es decir, en el mejor de los casos, el levantador de piedra puede estar en el ring en tres tandas de 10 minutos, pero si dura 17 asaltos el combate ya no le aguantaba el corazón.

¿Qué se aprende de los pueblos por sus tradiciones?
(Silencio) Las tradiciones que van a lo universal, se aprende mucho. Si no es así, estás haciendo costumbrismo y es un hecho aislado. Por ejemplo, en el pueblo de Villamediana tenían un carnaval donde por una calle estrecha, los ricos tenían que pasar montados en caballerías, iban acorazados, protegidos por chalecos de cuero, la gente los pinchaba con un cuchillo. Y, en tanto, las mujeres desde los balcones le echaban cemento. El rico debe saber que en polvo se convertirá y que contra ellos hay una agresividad social que se lo demostraban en la fiesta. Hay una enseñanza que va más allá.

¡Es bárbara!
No sé si se sigue haciendo. Bueno, el carnaval es bárbaro. Rompes las reglas clásicas de todos los campos. Me acuerdo de esta anécdota, porque pregunté por la utilización de los cuchillos. Me dijeron que iban perpetrados y que el cuchillo no cunde.

¿No utilizaron hundir?
No. Cundir viene de hundir o viceversa. Ves con claridad como en una pequeña aldea castellana se habla de cuestiones universales. Luego hay otras tradiciones que son más tontas.

Deja un comentario

No dejes ni tu nombre ni el correo. Deja tu comentario como 'Anónimo' o un alias.

Más artículos relacionados

Te recomendamos

Buscar
Servicios