Opinión

ASMJ. Memoria y sobre todo justicia…

La escultura dedicada a los 35 hombres -19 murieron- y una mujer de Salamanca que estuvieron en los campos de concentración o exterminio Nazi.

Hace unos días, un servidor participaba en la inauguración de una escultura en el paseo fluvial de Salamanca como homenaje a los salmantinos asesinados en los campos de concentración nazis. Hombres y mujeres que terminaron muriendo a miles de kilómetros de sus hogares por el simple hecho de no estar alineados ideológicamente con un régimen surgido de un golpe de Estado.

La colocación de esta escultura ha surgido del entendimiento, perfectamente normal en democracia, entre la Asociación Memoria y Justicia de Salamanca y el Ayuntamiento de Salamanca, y es que la memoria de un país no solo se escribe en las páginas de los libros de historia redactados por los vencedores o en los discursos de estos. Se graba, de manera mucho más profunda, en el recuerdo del horror y en la dignidad con la que una sociedad trata a sus muertos.

En el caso de España (y para mí, de forma muy particular en Salamanca), la memoria histórica arrastra una deuda pendiente que durante décadas ha estado sumida en el olvido institucional. En este complejo escenario, el papel que desempeña la Asociación Salamanca Memoria y Justicia no solo es de rigor histórico, sino que actúa como un pilar fundamental para la dignificación de las víctimas de la represión franquista y el amparo o consuelo de sus familiares.

Para comprender su labor, es necesario contextualizar la singularidad de la represión en tierras salmantinas. A diferencia de lo ocurrido en otros puntos de España, en Salamanca no existió un frente de guerra activo y el golpe de Estado de julio de 1936 triunfó con extrema rapidez. Por esto, la represión que se desató en la provincia no fue la consecuencia de los combates, sino el resultado de una purga planificada y sistemática en la retaguardia. Sindicalistas, profesores, alcaldes afines a la república, ferroviarios, campesinos y trabajadores fueron encarcelados o directamente asesinados al amparo de falsos juicios o simplemente en los tristemente célebres «paseos». Durante años, el miedo borró los nombres de más de un millar de ejecutados y sepultó el dolor de miles de represaliados en el limbo del anonimato.

Ahí es donde la Asociación Salamanca Memoria y Justicia ha marcado un antes y un después, realizando un trabajo que merece el más alto de los elogios, pues esta Asociación ha asumido una responsabilidad que debería haber correspondido a las instituciones públicas. Su labor no nace del rencor ni del deseo de reabrir heridas, como argumentan algunos sectores, sino del imperativo moral de cerrarlas bien. No puede haber reconciliación, ni justicia real, sobre fosas comunes sin localizar, sobre asesinados esparcidos por nuestros campos, ni sobre el sufrimiento silenciado de innumerables familias.

El rigor científico, archivístico e histórico con el que la Asociación ha documentado cerca de 13.000 casos de personas afectadas por la represión, es una hazaña titánica. Devolver el nombre y la historia a quienes les fue arrebatada la vida, es el primer paso para sacarlos de las cunetas de la historia. Gracias a su labor, los familiares de las víctimas han encontrado espacios de escucha, validación y acompañamiento humano totalmente necesarios y de justicia. Para un familiar, saber dónde yacen los restos de su ser querido o ver su nombre inscrito en un memorial público no es un acto político: es una necesidad de reparación emocional y un derecho humano elemental.

Alabar el trabajo de la Asociación Salamanca Memoria y Justicia es reconocer la valentía de mantener viva la llama de la verdad frente a la desmemoria y a la mentira repetida durante más de 40 años. Su esfuerzo constante por localizar fosas, dignificar los espacios del terror y rescatar del olvido figuras clave de nuestra cultura y política local, entre otras actividades, nos recuerda que la democracia también se nutre de la verdad. Al honrar a las víctimas, la Asociación no solo repara el pasado, sino que trata de proteger nuestro futuro, poniendo frente a nosotros (y quizá ante las nuevas generaciones) el valor de la tolerancia y los derechos humanos.

Su labor es, en definitiva, un acto de lealtad hacia nuestra tierra y un faro de decencia ética que les engrandece. Gracias.

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