Gran parte de los problemas personales de hoy día provienen de no estar educados para vivir la soledad sentimental y la física. Nuestra sociedad tiene miedo a la soledad. Es cierto que la soledad impuesta es una fuente de dolor tan profunda que puede abrir la puerta a la depresión. Hay que cuidarla.
Las ciudades se llenan de seres solitarios (55 mil en Salamanca) que corren el riesgo de vivir de espaldas a su entorno llevados por el mito occidental de la independencia absoluta: no depender de nadie y que nadie dependa de mi. No quiero hablar de esta actitud narcisista que nos lleva a alejarnos del contacto con los demás para evitar así compromisos y complicaciones relacionales.
Platearse la vida sin comunicación o apertura solidaria hacia los otros sería una especie de aislamiento mortal. Esta soledad sería más bien un planteamiento egoísta e inhumano contrario a nuestra naturaleza y que derivaría en la angustia o el sin sentido vital.
Quiero hablar de la soledad aceptada y trabajada imprescindible para crecer como personas: esos momentos, circunstancias o espacios que reservamos para nosotros mismos, para pensar y contemplar, leer y estudiar, para recordar o asumir nuestros presentes: para descubrirnos y reconocernos como individuos.
Cuando nos dedicamos a estar con nosotros mismos la soledad negativa desaparece. Unamuno nos lo recuerda: “la absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo…”. Y todos los grandes genios y artistas han gustado de gozar de sus soledades personales como base para sus obras y creaciones.
Erramos al entregar tanto tiempo y esfuerzos a las personas que amamos en detrimento del amor que nos debemos a nosotros mismos. A base de querer ser perfectos en nuestro oficio de amantes, de padres o de educadores nos escatimamos el tiempo y la energía que deberíamos encauzar hacia nuestras personas en la búsqueda de nuestra maduración y felicidad personal.
Conviene amar de tal modo que nunca se pueda dejar de amar, pero esta tarea a menudo tan exigente y laboriosa hay que compaginarla con nuestra propia autoestima y necesidades básicas. Con frecuencia tenemos la sensación al perder algún ser querido o al romperse alguna relación amorosa que dimos más de lo que recibimos y que quizá debiéramos haberlo hecho sin olvidarnos tanto de nosotros mismos.
Tenemos que cuidarnos y recrear con mimo nuestro espacio interior y nuestra radical necesidad de soledad y distancia. Nuestro misterio personal hay que protegerlo marcando límites y renovando silencios.
Si la soledad nos hiere es que andamos muy perdidos. Si experimentamos el aburrimiento existencial tenemos que pedir ayudas profesionales. Si rehusamos por sistema la soledad es que somos muy inmaduros afectivamente. Si no sabemos que hacer con ella es que nuestra personalidad está en quiebra.
El éxito en el amor, en nuestro trabajo y en la relaciones familiares y sociales lo da nuestra capacidad de estar solos.
Sin espacios de soledad personal todo se vuelve vano y baladí.
No tengamos miedo, no somos raros porque amemos estar solos. De la soledad cuidada nace la auténtica felicidad.























1 comentario en «A mis soledades voy…»
Se puede vivir feliz en soledad ? Se puede encontrar uno mismo desde la soledad, a veces es buena pero por lo general no estamos solos todos devemos y tenemos cerca alguien no siempre, vivir en sociedad es lo correcto en compañía de amigos o del amor, ojalá las personas que no tienen a nadie y sienta está triste soledad me encuentren un abrazo moncho.