Hace unas semanas escribía que se plantea que los gatos estén encerrados en las casas y hoy les hablo de algo muchísimo más grave y dramático, pues les hablo de niños enclaustrados y solos todo el verano en sus casas. Y no de una posibilidad, sino de una realidad.
La ONG Educo ha publicado un informe que indica que unos 120.000 pequeños en España (extrapolando, de 300 a 500 en la ciudad de Salamanca) se quedarán solos encerrados en casa durante todo el periodo estival porque sus padres tienen que trabajar y no disponen de redes de apoyo que puedan ocuparse de ellos. Es una de las realidades más duras de la pobreza infantil.
El fenómeno de los niños que no tienen segunda residencia para las vacaciones existió desde siempre, pero se ha agravado y encrudecido enormemente. Los barrios obreros de Salamanca se formaron por el éxodo rural de los años 60. Los hijos nacidos de aquellos migrantes aún conservábamos las casas de los abuelos y la familia en aquellos pueblos de donde procedían nuestros padres, donde pasábamos el veraneo respirando aire limpio, desintoxicándonos de tanto gasóleo y corriendo con el triciclo sin temor a un atropello.
Pero no todos tenían la misma suerte. Recuerdo la tristeza de algunos chavales de mi pandilla del barrio cuando marchábamos y ellos quedaban en la ciudad. Al regreso, me comentaban que habían pasado el verano entre calles de asfalto cargadas de calor y con la mayoría de los colegas desaparecidos. Nadie, o casi nadie, de su edad para jugar.
Mientras yo había corrido mil aventuras con la bicicleta, a ellos no les quedaba más que matar el tiempo matando marcianitos. Mientras yo veía estrellas todas las noches, ellos seguían viendo las luces de las farolas. Mientras yo cogía renacuajos en el río, ellos seguían jugando en una fuente de hormigón donde el cloro impedía que hubiera ranas, renacuajos o cualquier retazo de vida.
En aquel momento dividí a los niños en dos grupos: niños con pueblo y niños sin pueblo. Y yo le daba, y sigo dando, gracias a Dios por ser de los primeros.
Lo que me parte el alma es que aquella injusta desigualdad se ha hecho ahora muchísimo mayor y más cruel, pues mis amigos, aunque aburridos, salían a jugar a los parques del barrio; la generación de niños de hoy, además, está encerrada sola en casa, pegada a pantallas y atrapada por el miedo social.
Hoy a nadie se le ocurre dejar salir a los peques solos sin supervisión como hacían nuestros padres. No creo que haya más pederastas hoy que entonces, pero sí una mayor alarma social ante un aluvión de noticias sobre un tema del que entonces no se hablaba.
Unas veces por programas que dan información veraz y divulgativa muy bien explicada para evitar el abuso infantil, pero en otras ocasiones -la mayoría- por programas sin ninguna vocación formativa, sino centrados en obtener los detalles del suceso más escabrosos para provocar morbo, disparar audiencias y ganar dinero con las desgracias ajenas.
En un barrio multicultural como el que vivo, Garrido, es fácil observar la influencia de estos programas cuando se ve que las pandillas de niños más pequeños que salen a jugar solos por las calles están conformadas por unas nacionalidades concretas y que, por idioma, sus padres consumen medios de comunicación diferentes a los españoles, que supongo, para bien o para mal, no enfatizan tanto este asunto.
Otro de los cambios que se ha producido al estar ahora poblados nuestros barrios obreros por emigrantes venidos de todo el mundo es que ahora es muchísimo más difícil ir a pasar las vacaciones a casa de los abuelos. ¿Cuánto le cuesta a una familia de latinoamericanos con tres niños comprar los billetes de avión para pasar el periodo estival en su país? Para la mayoría es inalcanzable.
Según se lee en el informe, la mayoría de estos niños quedan durante todo ese tiempo pegados a pantallas. En todas las reuniones con amigos de la infancia comentamos esos recuerdos de cuando en una celebración familiar te invitaban a un cigarro con nueve años o cuando en las fiestas del pueblo nos daban a los niños sangría. Cosas que entonces eran normales y con las que hoy nos echamos las manos a la cabeza.
Les digo que los niños de hoy, cuando tengan 40 años y recuerden que de pequeños los dejaban solos durante horas delante de una pantalla, se van a echar las manos a la cabeza también, y más si la pantalla tenía conexión a internet.
Y otro factor ha agravado aún más este fenómeno para las nuevas generaciones de niños: el cambio climático.
Hoy, a la soledad, el encierro y al exceso de pantallas se suma otro problema: pasar el verano encerrados en viviendas que en verano se convierten en un horno al estar diseñadas para un clima que ya no existe.
Cuanto mayor es la pobreza, más insoportable es el calor. Bloques sociales construidos en los años 60 y 70, con un aislamiento deficiente y pensados para soportar temperaturas muy inferiores a las actuales, se convierten en una sauna. Y uno está a gusto en una sauna unos minutos, no el día entero. Eso es un infierno.
Es cierto que existen programas públicos que intentan abordar estas necesidades, como Conciliamos, de la Junta de Castilla y León, o las ayudas para campamentos en entornos naturales promovidas por la Diputación de Salamanca. Sin embargo, estas iniciativas no resuelven el problema de fondo, o al menos no para todas las familias.
Las actividades de Conciliamos suelen finalizar al mediodía, mientras que muchos padres y madres trabajan hasta bien entrada la tarde o incluso la noche, en ocasiones en condiciones de explotación laboral. Los campamentos apenas cubren unos días de un periodo vacacional que supera los dos meses. Y, sobre todo, ninguna administración puede sustituir la presencia, la cercanía y el apoyo que aporta una red familiar sólida.
En Japón, lo que no ha resuelto la administración lo ha resuelto la ciudadanía. Fue un asombro para mí, al despertar allí mi primer día, ver al amanecer niños de apenas seis o siete años, mochila en la espalda, caminando solos para ir al colegio en una megaurbe de rascacielos como Osaka.
Pero después descubrí que en realidad no estaban solos. Una red de voluntarios dirigidos por las AMPAS vigila el trayecto para que el niño no sufra ningún peligro, pero dándole a la vez la autonomía plena de desplazarse solo. La mayoría de los voluntarios son ancianos del vecindario.
Lanzo desde aquí una propuesta al Ayuntamiento: ¿qué tal solicitar ciudadanos voluntarios que, con el correspondiente certificado de delitos sexuales en regla, simplemente vigilen a los niños en los parques y los acompañen a casa, dando así tranquilidad a los padres mientras trabajan y dándoles además a los niños la autonomía de decidir y organizar sus juegos sin que los dirija y decida un monitor adulto?
Con la soledad no deseada que hay en Salamanca, sin duda encontrarían un montón de interesados en participar.
A los niños siempre los ha educado una comunidad: padres, abuelos, tíos... Hoy pretendemos que haga ese trabajo una pantalla. Recuperemos la comunidad, seamos el vecindario su red de protección. Japón lo ha hecho y es un éxito de esa sociedad admirable que podemos importar.