La Plaza Mayor de Salamanca es mucho más que un espacio público. Es el corazón de la ciudad, una obra maestra del urbanismo barroco y uno de los conjuntos monumentales más admirados de España. Su belleza reside precisamente en la armonía de su arquitectura, en la sobriedad de sus líneas y en la fuerza estética que transmite sin necesidad de artificios. Por eso, resulta legítimo preguntarse si era realmente necesario recurrir a lámparas de araña, alfombras rojas y otros elementos escenográficos para la ceremonia de entrega de las Medallas de Oro de la Ciudad.
Nadie discute la importancia de los galardonados ni la conveniencia de dotar al acto de la solemnidad que merece. Sin embargo, una cosa es realzar un acontecimiento y otra muy distinta transformar un espacio patrimonial en un decorado que parece ajeno a su identidad. La Plaza Mayor no necesita ser convertida en un salón de gala improvisado para transmitir prestigio. Su propia historia, su monumentalidad y su reconocida belleza ya proporcionan toda la grandeza que cualquier ceremonia institucional puede requerir.
La tendencia actual a espectacularizar los actos públicos parece olvidar, en ocasiones, que la elegancia también puede encontrarse en la sencillez. En un lugar declarado Patrimonio de la Humanidad, la mejor escenografía debería ser aquella que dialogue con el entorno y no la que compita con él. Cuando los adornos llaman más la atención que el propio marco arquitectónico, algo falla en el planteamiento.
Quizá la cuestión de fondo sea si estamos aprendiendo a valorar suficientemente nuestro patrimonio o si sentimos la necesidad de añadirle constantemente elementos externos para hacerlo más atractivo. Salamanca posee una de las plazas más hermosas del mundo. No necesita lámparas de araña para impresionar a nadie. Su piedra dorada, sus arcos y su historia llevan siglos haciéndolo con una elegancia que ninguna decoración efímera puede mejorar.
Las Medallas de Oro merecían una celebración memorable. Pero precisamente por respeto a la singularidad de la Plaza Mayor, tal vez la mejor decisión habría sido permitir que la protagonista fuera ella misma. Porque hay lugares cuya grandeza no aumenta cuando se les añade más ornamento; al contrario, se aprecia mejor cuando se les deja hablar con su propia voz.