Ha tenido que venir León XIV a España para recordarnos, a los españoles, que en el siglo XVI en Salamanca se inicia la defensa académica de la dignidad, per se, del ser humano. Y ha coincidido con el feliz aniversario, los quinientos años, de la llegada de Francisco de Vitoria a Salamanca.
Este burgalés universal que, después de haber pasado por París y Valladolid, gana la Cátedra de Prima de Teología de la Universidad de Salamanca, estaba llamado a protagonizar uno de los grandes hitos de la historia del pensamiento. Con él se inicia la Escuela de Salamanca, integrada por un grupo de frailes dominicos que, con sus aportaciones a la Teología, el Derecho, la Economía y la Moral, pusieron a la ciudad y a su Universidad en la cima de la intelectualidad. Sin duda, esta ha sido la mayor aportación de Salamanca a la Historia Universal.
Con motivo de ello, el Ayuntamiento y otras instituciones, sobre todo la Usal, se han movido con el objetivo de organizar actos de todo tipo para recordar la efeméride. Hasta en el septembrino Encuentro Nacional de Cofradías han metido, con calzador en este caso, la Escuela. Por anunciarlo y recordarlo, que no quede. Y todo lo que se haga siempre será poco, pues pocas cosas resultan más injustas que Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca por él creada sean prácticamente desconocidos por los españoles. En el inolvidable discurso del papa León en el Congreso de Diputados, al mencionar a Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, muchos de nuestros inútiles representantes buscaban en Google a qué se estaba refiriendo el pontífice.
Desgraciadamente, no lo aprendieron en el colegio o instituto, porque no se enseña y no tuvieron después inquietudes, dedicándose a lo que se dedican, de aprender por otros cauces. En los libros de texto de las enseñanzas medias se omiten sus nombres. No existen. Así de triste. Así de vergonzoso. Así de lerdos somos en este país.
Con Vitoria se sientan las bases del Derecho Internacional y de las futuras declaraciones de los derechos humanos. Sin Vitoria no hubiera habido un Grocio, ni un Locke que sigue a Suárez, ni los textos que reivindican los derechos del hombre en Estados Unidos y Francia en los albores de la contemporaneidad. Sin Vitoria no se hubiera conjuntado ese grupo de intelectuales que, desde el tomismo reverdecido, defienden al ser humano como sujeto de derechos desde las distintas disciplinas, dotando además de un sentido ético a la balbuciente teoría económica.
Pero, ¿quién conoce a Francisco Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azplicueta, Diego de Covarrubias…, más los epígonos jesuitas que se adentran en el XVII, Francisco Suárez y Juan de Mariana. Si este pensamiento se hubiera gestado en el mundo anglosajón (difícil, por la reforma religiosa), con toda seguridad se incluiría en los planes de estudio. Lo vemos con otros ejemplos. No hay problema, y está bien, en explicar a Jefferson, Monstesquieu o Rousseau. Pero ignominiosamente, por no sé qué complejos, esquivamos el fundamento de todo ello, el origen de uno de los logros intelectuales y morales de los que más debería enorgullecerse la humanidad y, sobre todo, la ciudad que lo vio nacer.