¿Qué vale más en Salamanca: un libro o una cerveza?

Feria del libro antiguo o de ocasión. (ARCHIVO)
Feria del libro antiguo o de ocasión. (ARCHIVO)

Salamanca presume -y con razón- de ser una ciudad universitaria. Lo lleva en el ADN, en sus piedras labradas, en sus aulas y en esa histórica costumbre de mirar a los libros con respeto. O, al menos, eso pensaba un servidor.

Pero, cuando llega la hora de decidir qué ocupa el espacio público, parece que el libro pierde siempre frente a la cerveza y los intereses económicos.

La Feria del Libro Viejo y de Ocasión lleva décadas formando parte del paisaje salmantino. No es un mercadillo cualquiera. Es una tradición, un lugar donde encontrar ese libro descatalogado, una primera edición ansiada o un volumen que, tras ojearlo, despierta la irrefrenable necesidad de leerlo o atesorarlo.

Por eso sorprende que el Ayuntamiento de Salamanca plantee reducir los días de la feria o incluso trasladarla de ubicación para que no "afee" la Plaza Mayor y no perjudique a la hostelería o al turismo. Resulta curioso que unas casetas llenas de libros puedan considerarse un problema, mientras una plaza repleta de mesas, sillas, sombrillas y terrazas parezca la imagen natural de una ciudad que presume de ser "Ciudad de la Cultura y los Saberes".

Nadie discute la importancia de la hostelería. Claro que es fundamental para Salamanca. Una buena caña fresquita en la Plaza Mayor es uno de esos pequeños placeres de la vida. Pero una ciudad no puede alimentarse solo de patatas bravas y ensaladilla rusa.

Porque, si seguimos por este camino, habrá más sillas que lectores, más sombrillas que estanterías y más ruido de vasos que de páginas pasando.

Los buenos libreros, esos que llevan décadas levantando esta feria, no solo venden libros. Recomiendan, conversan, orientan y rescatan historias. Son comerciantes, sí, pero también guardianes de una parte de nuestro patrimonio cultural. Casi podría decirse que el librero presta un servicio público. Es una profesión que debería ser valorada y reconocida por los dirigentes políticos, y no vilipendiada, como está sucediendo actualmente.

Salamanca ha construido su prestigio intelectual durante siglos alrededor del conocimiento. Resulta paradójico que ahora haya que debatir si una feria del libro desluce la Plaza Mayor, cuando precisamente es una de las pocas cosas que recuerdan a vecinos y visitantes que esta ciudad es mucho más que un magnífico escenario para tomar algo o hacerse una foto.

Quizá el verdadero atractivo de Salamanca no sea elegir entre un libro o una cerveza, sino entender que ambos pueden convivir. Porque una terraza llena da vida a una plaza, pero una feria del libro le da alma.

Como bibliófilo, no encuentro mejor plan que comprar libros en una feria y, después, mientras examino los volúmenes adquiridos, tomar una cerveza en una terraza. Todo puede convivir y complementarse.

Dicen que rectificar es de sabios. Y pocas ciudades tienen tanta obligación de serlo como Salamanca. Ojalá el Ayuntamiento aún esté a tiempo de demostrar que, en la ciudad de la Universidad, los libros siguen teniendo un sitio preferente. Porque, si algún día llegamos a pensar que una caña vale más que un libro, estaremos cada vez más cerca del fin de nuestra existencia como personas racionales.

Por: Javier Navarro Andreu

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