Monseñor Argüello arma "la de Dios es Cristo"

Monseñor Argüello en la clausura en Madrid de la Escuela de Verano sobre el futuro de la democracia y la geopolítica.
Monseñor Argüello en la clausura en Madrid de la Escuela de Verano sobre el futuro de la democracia y la geopolítica.

Poco dura la alegría en la casa del pobre. A un mes de la visita de León XIV a España, con su muy aplaudido mensaje de concordia y serenidad entre los españoles, he aquí que Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, vuelve con sus tortazos dialécticos contra el Gobierno, calentando el ring político nacional. “Cuando el Estado se olvida de la ética −dice −se convierte en una banda de ladrones. A los hechos me remito”. Y entra fácilmente al trapo de las réplicas del Gobierno reafirmando sus palabras.

Se ve que a Argüello le va la marcha política. No hace mucho le criticábamos aquí por insistir en que la situación política en España es insostenible y en que hay que ir a elecciones o a una moción de censura. Argüello sin duda sabe que este tipo de opiniones trascienden y que de inmediato le alinean con la oposición, tensando un poco más el panorama político. Pero ¿es consciente de que sus opiniones, que serían legítimas como ciudadano particular, son indecentes en tanto que autoridad de una comunidad religiosa? Un mínimo de prudencia y de respeto ¿no le deberían llevar a ser más cauto cuando dentro de la iglesia y de la propia Conferencia Episcopal seguramente hay distintas sensibilidades políticas?, ¿o es que hay que identificar al buen católico con el muy español y de derechas, como en tiempos del Caudillo?

Una vez más nos preguntamos: Argüello ¿en calidad de qué opina: como arzobispo de Valladolid, como presidente de la Conferencia Episcopal o como mero ciudadano?, ¿cabe identificar su opinión con la rectitud moral o algún tipo salvación? y lo que dice ¿responde a una postura común de los prelados que componen la citada institución? No sabríamos qué decir. Lo que sí es meridianamente claro es que sus mensajes sectarios chocan de frente con los del actual Vaticano, preocupado por la paz y la concordia dentro y fuera de las fronteras.

En primer lugar, porque este, admitiendo que los creyentes pueden e incluso deben participar en los asuntos políticos y sociales, huye del partidismo y de la confrontación, e insiste en la autonomía de la vida pública. "El Concilio Vaticano II afirmaba la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política, subrayando que cada una de ellas debe actuar con la más plena autonomía". (Magnifica Humanitas, 21). Tampoco coinciden los mensajes respecto al trato hacia los inmigrantes ni la sensibilidad hacia los problemas sociales.

Ni es de recibo escudarse en San Agustín para justificar esa opinión, y menos si se tergiversa la fuente. Lo que reza esta es: "suprimida, pues, la justicia ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?” (La ciudad de Dios, libro IV, cap. 4). Lo que es algo distinto. ¿Acaso Argüello no se atreve a decir que en España no hay justicia o que funciona mal y descarga su andanada contra 'el Estado'? Qué astuto.

Allá por el siglo V se armó "la de Dios es Cristo" con los debates eclesiales en torno a la naturaleza simple o doble de Jesucristo (divina y/o humana). El II Concilio de Éfeso, con mayoría de obispos orientales, sostuvo las teorías monofisitas, que, en cambio, fueron condenadas por el papa de la época, quien dijo que el concilio había sido un "latrocinio", "una banda de ladrones". Quizá Argüello, con sus opiniones incendiarias sobre el latrocinio estatal, quiere montar un cirio semejante poniendo en juego su doble naturaleza política y eclesial, y facilitar el acceso de las derechas al Gobierno. Olvidando que el reino evangélico no es de este mundo y que las injerencias de la iglesia en la política deberían pertenecer al pasado, siendo incompatibles con la democracia.

 

 

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Sobre el autor

Luis Castro