Mariano Rajoy afirmó que la selección francesa tenía un altísimo nivel, pero que jugaba «sin franceses». Después de la polémica, lejos de rectificar, ha optado por el sarcasmo y por no pedir disculpas.
Hay que decirlo con absoluta claridad: este tipo de comentarios sobran. Son comentarios racistas porque niegan, cuestionan o degradan la condición nacional de unas personas en función de su origen familiar, de sus rasgos o de la procedencia de sus padres y abuelos. Si una persona es francesa, es francesa. Si es española, es española. Punto. ¿O es que ahora vamos a exigir certificados de pureza genealógica para decidir quién merece ser considerado verdaderamente español? Porque, si ese es el criterio, habrá que aplicarlo a todo el mundo.
A los dirigentes de Vox, del Partido Popular, del Partido Socialista, del PNV y de cualquier otra formación política. Habrá que investigar dónde nacieron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos. Habrá que decidir cuántas generaciones hacen falta para superar el examen de la supuesta «auténtica españolidad». Y entonces veremos rápidamente lo absurdo, peligroso y profundamente discriminatorio de ese planteamiento.
¿Es menos español quien nació fuera de España porque sus padres estaban trabajando en otro país? ¿Es menos español el hijo de emigrantes? ¿Lo es quien nació en el extranjero porque su familia tuvo que marcharse por razones económicas? ¿Y los descendientes de quienes huyeron al exilio durante la Guerra Civil o la dictadura? ¿Son menos españoles porque una frontera, una guerra, una persecución política o una necesidad laboral determinaran su lugar de nacimiento? ¿Es más español alguien nacido en Madrid de padres españoles que alguien nacido en Caracas, Buenos Aires, París, México o Bruselas, hijo de españoles y con nacionalidad española? Evidentemente, no.
Y también existe la situación inversa: una persona puede ser española porque ha nacido aquí, porque ha crecido aquí o porque ha adquirido legalmente la nacionalidad española. Sus padres pueden haber nacido en Marruecos, Senegal, Ecuador, China, Rumanía o cualquier otro lugar del mundo. Eso no convierte su nacionalidad en una nacionalidad de segunda categoría. No existen españoles con asterisco. No existen franceses entre comillas. No existen ciudadanos que deban enseñar el árbol genealógico cada vez que alguien decide que su cara, su apellido o el origen de sus padres no encaja con la imagen que tiene de un «verdadero nacional».
Y, si alguien pretende aplicar ese criterio de pureza de origen, que tenga la coherencia de empezar por arriba. Que revise la historia de las monarquías europeas, construidas durante siglos mediante matrimonios entre dinastías de distintos países. Que revise la procedencia de las familias reales. Que recuerde que la reina Sofía nació en Grecia. Que examine la genealogía de Juan Carlos I y de las casas reales europeas. ¿Dónde ponemos entonces la frontera de la «auténtica» nacionalidad? ¿En el lugar de nacimiento? ¿En el de los padres? ¿En el de los abuelos? ¿En el de los bisabuelos? ¿En el apellido? ¿En el color de la piel?
Porque ahí está el verdadero problema de este discurso. Cuando alguien mira a una selección formada por ciudadanos franceses y dice que juega «sin franceses», no está comprobando pasaportes. Está decidiendo quién parece francés y quién no. Y eso tiene un nombre. Es racismo.
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