Opinión

Arqueoquelonios

 

– ¡Cuánto tiempo sin verle! ¿Dónde ha estado esta vez?

 

– Pues estuve en China…

– ¡En China! ¿Y qué tal la Mura…?

– ¡Hombre! ¡No sea pelmazo! «¡Vengo de Arnedillo!».

– ¿¿¿Cómo???

– ¿No sabe lo que significa? Pues verá usted. A mediados del XIX, en 1868, ocurrió algo muy importante en Zaragoza… Una revolución muy cruenta. En Logroño estaban muy inquietos por falta de noticias… En esto que llegó un sacerdote, no sé si andando o en una diligencia, y todo el mundo le preguntaba que qué estaba pasando en la capital maña. A lo que él respondía que venía de Arnedillo y que no sabía nada. Tanta gente se lo repetía que él, al ver venir a quien fuese, antes de que abriese la boca, ya le soltaba su ¡Vengo de Arnedillo!

«La frase hizo gracia y rápidamente se popularizó, empleándose en La Rioja para indicar que no se sabía nada de lo que se preguntaba o cuando todos hacían la misma pregunta una y otra vez…

– ¡Entendido! Y corrijo… ¿Qué me cuenta de China?

– ¡Eso está mejor! Pues han sido veinte días muy cortos para ver tan gran país. Muchísimas cosas, pero la mayoría ya las conocía por los muchos reportajes que se han hecho, siempre de lo mismo.

«Pero ha habido algo que me ha recordado mucho a usted. ¿Conoce los «caparazones oraculares de tortuga»?

Peto oracular chino.

– Sí. Algo he oído. Son petos de tortuga en los que se escribe algo. ¿Noo?

– ¡Efectivamente! Se empleaban como soporte de textos que se querían conservar eternamente. Ellos asociaban -¡cómo no!- a estos animales con la longevidad extrema e incluso con la inmortalidad y la sabiduría. Y también como oráculos: se escribían las preguntas y el nombre del inquiriente en un peto de tortuga y se calentaba. Según las fracturas que se produjesen el adivino predecía lo que iba a pasar. Estas prácticas también se hacían en otros huesos de vertebrados, como escápulas y húmeros, pero principalmente en los petos de tortugas.

– ¿Y dónde vio estas piezas?

– Me llamaron la atención en una tienda de recuerdos. Naturalmente, no eran auténticas. Luego las vi en un museo antropológico y me enteré de que se conocen más de 200.000, que se usaron como documentos notariales. ¡Y eso no es nada! Parece ser que en la antigua medicina china los petos escritos de tortuga, triturados, se usaban como tónico y astringente…

– ¡Caramba! yo sabía lo de los cuernos machacados de rinoceronte, ingeridos como afrodisíaco, pero ahora me entero de esto de los petos de tortuga,..

– Pues figúrese los cientos de miles, quizás millones, que se habrán destruido en aras de la salud…

– La creencia de que la longevidad de las tortugas podía acompañar a la inmortalidad me recuerda que en la llamada «Cultura de los Sepulcros en Fosa«, que se dio en el noreste de España y sureste de Francia durante el Neolítico Antiguo, se encontraron algunos espaldares de tortuga colocados «panza arriba», sin los petos, al lado de los huesos de los difuntos. Se piensa que se utilizaron como platos votivos que contendrían alimentos que, evidentemente, no se conservaron. Está claro que los pueblos antiguos o primitivos conocían la larga vida de los quelonios, que pueden subsistir sin apenas comida ni bebida y lo asociaron en sus ritos funerarios con la eternidad.

«Pero los caparazones de estos animales no sólo han sido objeto de prácticas mágicas o religiosas, y ahora me entero de que, también, curativas. Le voy a contar unos ejemplos que se dieron en excavaciones arqueológicas en Argelia, no recuerdo bien de qué periodo prehistórico.

«Los caparazones de las tortugas están formados por placas óseas que se unen por suturas muy parecidas a las que se dan en los cráneos humanos. Sobre ellas, aunque no siempre, se coloca una capa externa de escudos córneos, cuyos surcos de separación no suelen coincidir con las suturas.

Las placas posteriores de los petos reciben el nombre de xifiplastrones y forman un par unido por la sutura sagital. La sutura delantera los une a los hipoplastrones. Pues bien, aquellos antepasados nuestros vieron que si rompían el peto de las tortugas separando la parte posterior, es decir los xifiplastrones, cada uno de ellos imitaba un lóbulo de oreja. ¡Sólo faltaba hacer un agujero y obtenían unos preciosos pendientes!

Pendientes xifiplastrales.

-¡De modo que así nacieron estos adornos femeninos!

– ¡Esperaba que me dijese usted eso! ¡Pues no! Los antropólogos nos dicen que en los pueblos primitivos estudiados durante los siglos XIX y XX las orejas grandes equivalían a tener mucha masculinidad. Y los niños -las niñas, no-, o bien se colgaban desde chiquitines unos pesos de las orejas para alargarlas, o bien, ya adultos, se colocaban unos pendientes que imitasen un gran tamaño. Y en la antigüedad del norte africano los xifiplastrones facilitaban esa ilusión. ¡Eran adornos masculinos!

– ¡Que curioso!

– Sí. Pues lo más notable es que se descubrieron dos xifiplastrones perforados que encajaban perfectamente uno en otro, es decir que podían pertenecer al mismo individuo, pero que se encontraron en dos yacimientos distintos, separados por varios kilómetros de distancia.

– ¡Andá! ¿Y eso, cómo se explica?

– Eso se deja al criterio de cada uno.

– ¡Fascinante! Me tiene que contar más casos de esta índole…

– ¡Así lo haré…!

 


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