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El último limpiabotas de Salamanca

Cada día el único limpiabotas en activo en la ciudad pasea por los alrededores de la plaza Mayor con su caja de trabajo y su banqueta para sacar brillo a todo zapato que se ponga a sus pies

Beatriz Jiménez/ ICAL

Desde hace seis años, Policarpo Benito, más conocido como ‘Poli’, sale cada mañana con su banqueta y su caja de trabajo a la que apoda con cariño ‘Manolita’ en busca de zapatos para limpiar. Por el centro de Salamanca, entre el Casino, el Novelty y la plaza Mayor es habitual ver al último limpiabotas en activo de la ciudad.

 

Poli lustra con esmero y tesón los zapatos de todo aquel que quiere postrarse ante sus pies, “tanto hombres como mujeres”, y tal y como afirma “ahora hay casi más mujeres” que lo demandan.

Los limpiabotas eran los encargados de limpiar y abrillantar el calzado, un oficio marginal que en la década de los 30, también tuvo su mayor auge en Salamanca. Se asociaba a los ‘señoritos’, que antiguamente se limpiaban a diario los zapatos, pero este salmantino asegura que “no hace falta ser rico para sacar brillo al calzado” y disfrutar de “este pequeño placer”.

Cada día Poli saca su ‘Manolita’ y con la banqueta en mando se dispone a recibir “con todo el cariño y el respeto que se merecen” a los que le llaman para trabajar. Lo que más valora de este oficio es el trato con las personas además de “echar el ‘parlado’ de lo que pasa en la vida”. En ese sentido, dice que son muchos los que se desahogan con él, con los que debate sobre cuestiones filosóficas o a los que guarda más de un secreto.

A veces, cuando el nivel de trabajo baja, como suele pasar en verano, Poli cambia de rumbo y algún año ha viajado hasta Bilbao, o Madrid en época de las ferias en busca de nuevos clientes, aunque prefiere el ambiente de su ciudad natal.

La Manolita

En su ‘Manolita’ guarda los betunes, los cepillos y los trapos, además de agua y los protegedores de calcetines que coloca con cuidado para no manchar al cliente. Su ritual de trabajo pasa por lavar con la esponja el zapato para eliminar la suciedad y el polvo, a continuación lo seca para quitar la humedad y después aplica el betún adecuado “para que sea asimilado”. Finaliza con el cepillo, que mueve enérgicamente, y con el trapo de modo suave pero rápido, para sacar saca tal brillo, que puede verse su cara de satisfacción reflejada en él. Con el tiempo y la práctica, Poli asegura que ha perfeccionado su ‘propia técnica’.

Cuenta que no es un oficio heredado. Policarpo siempre se dedicó al mundo del toro como banderillero, pero señala que los años y los golpes “pesan” y una vez que decides retirarte “hay que buscar el cocido como sea”.

Fue en este momento de transición en su vida cuando se enteró que no había limpiabotas en Salamanca y como siempre le había llamado mucho la atención, decidió adentrarse en este mundo.

Aprendió viendo “a los de siempre” en la Plaza o el Plus Ultra, también limpiando a los amigos, ensayando en casa antes de bajar e incluso en el bar de abajo, para ir cogiendo práctica y adquirir su “propia método”. Pero sobre todo que “hay que echarle cariño” como apunta.

Clientes de ley

Policarpo comenta sonriente que todos los clientes “son muy de ley” y que cada uno tiene sus curiosidades ya que proceden de diferentes gremios. Dice que de todos aprende algo nuevo, y eso lo valora mucho. La gente ya le conoce desde hace años y “muchos son clientes habituales” que le llaman o se pasan directamente a buscarle.

Policarpo Benito es limpiabotas en el Casino de Salamanca. (Ical / Formigo)

Como todos los comienzos, Poli asegura que al principio le daba mucha vergüenza hablar con los clientes y por eso mantenía su semblante serio y no articulaba casi palabra, así “a veces me lo tomaban como chulería”. Con el tiempo y el día a día, ha aprendido a abrirse y a sacar algo positivo de este oficio, que él mismo define como “bohemio”.

Entre las anécdotas de estos años, recuerda una ocasión con el maestro Don José Manuel Inchausti, más conocido como ‘Tinin’, figura del toreo salmantino, al que le une una estrecha amistad y que siempre acude a él para sacar brillo a sus zapatos. Su afición a los toros hace que vayan al campo juntos a ver las ganaderías. Así cuenta que un día llegó con mucha prisa y ‘Tinin’ le pidió que se afanara rápido para limpiar sus zapatos. Entre charla y charla, cuando ya iban caminando por la Plaza Mayor, “el maestro se dio cuenta que únicamente llevaba uno de sus zapatos limpios”, relata entre risas. Poli, avergonzado, quiso arrodillarse allí mismo para limpiar el otro pie, pero éste no quiso y decidió continuar así el camino.

Recuerdos de la infancia

Policarpo Benito recuerda con cierta nostalgia su época de niño, cuando “tenía mucha ilusión por ser torero”. Dice que tuvo la suerte de acudir a varias fincas a torear y no olvida cómo el señor ‘Encinas’, representante de la Casa Chopera, le ayudó mucho en este camino.

En el momento de mayor auge, Poli tuvo un accidente toreando unas vacas y se rompió la tibia y el peroné. Esta lesión le mantuvo un tiempo retirado de este mundo. Así, reconoce que “se le pasó un poco esta ilusión”. Dicen que una vez que te alejas, “es difícil levantar la cabeza de nuevo”. Aunque continuó como banderillero más de 15 años, “el miedo y el dolor en las piernas” le hicieron abandonar, porque ya no se veía con “la misma ilusión y fuerza que antes”. Con pena rememora los momentos en la puerta de cuadrillas, cuando se vestían hasta que salía el toro. Una vez ahí “es un instante muy duro”y “se pasa muy mal” porque “uno quiere salir corriendo”.

Con los ojos brillantes, este salmantino que ahora busca su propia felicidad haciendo el bien a los demás, reconoce que “la vida tampoco le trató muy bien durante esos años”. Pero el tiempo ayuda a sanar las heridas y a recobrar la cabeza.

Oficio en vías de extinción

“Es una pena que este oficio se extinga” lamenta mientras acaricia a ‘Manolita’. La gente reconoce que esta figura del limpiabotas “da un ambiente bonito a la ciudad”, pero cada vez van quedamos menos en España y el único en la capital del Tormes es él. Aún así, “hay gente a la que le da apuro sentarse y poner el pie”.

“Solo el trato con la persona merece la pena” y sostiene que “hay que llenar la Manolita de lo que sea para poder comer”. Su sueldo y “la caridad de las buenas personas” le permiten vivir el día a día, sin grandes lujos. “Da gusto toparse con gente buena de verdad”, porque ha encontrado grandes amigos con los que “echar un buen ‘parlao’ con el tinto en la mano” y eso, en esta sociedad “ya no es tan fácil”.

También asegura que hay muchos días en los que se va “virgen” a casa porque no hay trabajo y gracias a los camareros y a los responsables de los bares de la zona por donde se mueve “tiene un plato caliente” para él y remarca que “hay mucha gente buena que hace las cosas de corazón”.

Tiene muchos señores y señoras que acuden asiduamente hasta su puesto en el Casino de Salamanca, incluso los familiares de éstos, le dejan los zapatos para limpiar por encargo. “Al final es un trabajo valorado” por los que lo prueban, “dicen que es como un masaje”. Entre risas Policarpo señala que en dos ocasiones los clientes “se quedaron dormidos del gusto y la relajación” y recuerda cómo hasta le dio apuro despertarlos.

Una vez una señora se acercó hasta él y le dijo que “toda la vida viendo a mi marido ir a limpiarse los zapatos que ahora yo también quiero ver lo que se siente”. Así fue, a partir de entonces es una habitual en el puesto de Poli y gracias a ella se animaron sus amigas y familiares.

De todos aprende muchas cosas, sobre todo a ganar confianza en sí mismo y a mejorar como persona. “Tratar con la gente es lo más bonito”. Aunque reconoce que no es muy habilidoso con los idiomas, se maneja “con lo justo” para entenderse con los clientes extranjeros.

En ese brillo de cada zapato ve reflejada su sonrisa y la satisfacción de haber “hecho el bien”, hacer disfrutar a la persona aunque sea durante unos minutos “merece la pena”.

Poli no es el James Browm de la película ‘El padrino del Soul’ que solía lustrar el calzado, cantar y bailar a la vez en la Novena Avenida de Georgia por aquellos años 90. Y es que hasta el primer mandatario de Brasil, Lula da Silva, probó en este oficio. Incluso da título a su propia película ‘El limpiabotas’, que en 1948 recibió el Óscar a la mejor película extranjera, precursor de los que sería el galardón a la mejor película en habla no inglesa.

Su presencia por las calles de la ciudad es el testigo de un antepasado en el que los oficios de todas las clases formaban la típica estampa de la ciudad de antaño, que ahora se añora con respeto y cariño y por ahora, el último limpiabotas de Salamanca intenta que esa imagen “no caiga en el olvido”.

 

 


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