Opinión

Lobishomes

 

Don Rosendo, párroco de Santo Estevo de Allariz, era a su vez el encargado de las obras en Augas Santas, y le habían llamado para arreglar un desplome en un edificio.

La ayuda de Catorcena, con su portentosa fuerza, simplificó mucho el trabajo, que pudieron terminar antes de la generosa comida que les ofrecieron. Durante la sobremesa, con el calorcillo de una queimada, muy bien «conjurada», se organizó la consabida tertulia.

– A mí me da la impresión –intervino Mateo, el sevillano–, de que estas fuentes surgen por haber una gran fractura de la corteza terrestre, una falla que libera la energía de las profundidades…

– ¿Y eso, cómo se sabe?

– Tendría que ver la zona con más tiempo, pero la alineación de las fuentes y el calor que se desprende de algunas, parecen indicar una influencia tectónica.

 – ¿Algo así como un volcán profundo que las calienta?

– No. No. El agua, a gran profundidad está de por sí caliente y a presión. Y al encontrar una vía de escape, asciende a superficie.

 – ¡Ya veo! ¿Y usted, además de peregrinar a Santiago, a qué se dedica?

– Soy ingeniero de minas y trabajo en Linares. Como están reestructurando las galerías he aprovechado para visitar al Apóstol…

– Y tú, Pepiño, ¿cómo te mancaste el brazo?

– Fue en una caída tonta. Una curandera de Sanabria me lo sanó y ahora espero que la de Armeá me lo termine de arreglar.

– ¡Ah, Armeá! Dicen que allí estuvo la antigua ciudad de Armenia. Sólo queda el viejo castro y la aldea. Por los bosques de esa zona dicen que hubo lobishomes.

 – ¿Lobishomes? ¿El famoso Romasanta?

– No. A ese le llaman por aquí el «Sacamantecas«. No. ¿Queréis que os lo cuente?

 -¡¡¡Por supuesto!!!

 – Pues veréis… Un día, hace muchos años de esto, una madre echó en falta a su niña, a la que había mandado al bosque a coger frutos silvestres.

– ¡Andá! ¿No sería Caperucita?

– ¡Si empezáis con las bromas no sigo! Os digo lo que cuentan desde hace mucho tiempo, de padres a hijos… Bueno… El caso es que se organizó la búsqueda, sin resultado… Al adentrarse en la tupida fraga, donde nunca iba nadie, vieron indicios de alimañas y todos pensaron que la niña había sido atacada y devorada por las fieras del bosque, no dejando rastro de ella…

«Pasó un tiempo y, al cabo, una mujer que iba de Armeá a Tosende, en el monte da Raposa, fue encontrada muerta, medio devorada. La gente cogió miedo y no se atrevía a ir por los parajes fragosos y, por supuesto, nunca en solitario. ¡El temor a la «Santa Compaña» era muy grande!

«Pero otro día un cabrero llegó a la aldea contando, aterrorizado, que había visto a un ser con aspecto humano acercándose sigilosamente a su ganado. Cuando le azuzó a su perro, se enzarzaron en una furiosa pelea ¡a mordiscos! Sí. Aquel ser mordía al mastín hasta que lo mató. ¡Era un lobishome! Vestía escasamente con harapos que le colgaban y era muy peludo y desgreñado. Rugía como una fiera… El cabrero huyó de allí todo lo deprisa que pudo, abandonando su ganado.

«¡Era preciso acabar con aquella fiera infernal! Se organizaron batidas que partiendo de varios puntos confluían donde se pensaba tendría su cubil el lobishome, en lo más profundo e intrincado de la fraga. Llevaban perros; ¡eran imprescindibles para seguir la pista! Y así, aunque costó mucho encontrarle, dieron con él, lo persiguieron y mataron como a una alimaña.

-¿Y no pudieron cogerle vivo?

– Pues no. Cuando llegaron los paisanos, los perros habían ya dado cuenta de él. ¡Y para evitar peores males los mataron a todos!

– ¿Se supo quien era? Porque, digo yo, tendría una familia en algún lugar. ¿Noo?

– No. No debía ser de por aquí. Porque, aunque su familia hubiese querido mantenerlo en secreto, los vecinos le habrían echado en falta y lo hubieran dicho.

– ¿Y no sería un caso de rabia?

– Puede. Pero ya digo que esto ocurrió hace muchos años, en el siglo pasado. Y ya se sabe que los gallegos somos muy supersticiosos y aferrados a nuestras costumbres y leyendas…

– ¿Y Romasanta, también era un lobishome como el que nos ha contado?

– No. Se trataba de un hombre bajito, rubio, y muy inteligente. Sabía leer y escribir y tenía unas grandes dotes para convencer a la gente. Después de trabajar en no sé qué, se hizo buhonero, y llevaba y vendía cosas de un lugar a otro, a veces a grandes distancias. Un día convenció a una moza para que fuese a trabajar de criada a Santander, donde dijo que tenía buenas referencias. Aprovechando un viaje, él la llevaría…

«Otras veces se valía de unas cartas, que luego se dedujo que eran escritas por él, para el mismo fin. Incluso en una ocasión acompañó a una madre con su hijo. Pero, al cabo, algunas personas se extrañaron de que aquellos que Romasanta había acompañado no hubiesen escrito contando sus nuevas circunstancias. Podían haberlo hecho por medio de otros, como hace todo el mundo que no sabe de letras, pero nada se volvió a saber de ellos.

«Al fin se supo la verdad por unos objetos de una de las víctimas, que Romasanta había vendido. Las mataba para robarlas, puesto que iban siempre bien provistas con sus pertenencias para iniciar una nueva vida lejos de su aldea. Por mucho que buscaron sus cadáveres no se encontraron y se dijo que Romasanta hacía grasa y jabón con ellos, que luego vendía en Portugal. De ahí que le llamasen el «Sacamantecas«, desde entonces terror de los niños díscolos…

«Romasanta era muy previsor y supo huir cuando vio las cosas mal para él, viviendo de su ingeniosa labia en ferias y mercados fuera de Galicia. Un día fue reconocido y detenido al fin en tierras de Toledo. Su juicio, que se celebró en Allariz, duró casi un año y fue sentenciado a muerte. Pero a él, listo como siempre, se le ocurrió decir que era un lobishome y que devoraba a sus víctimas. Unos médicos se interesaron por el caso, consiguiendo de la reina Isabel el indulto. Murió mucho después en la cárcel…

Y así, con estas entretenidas habladurías, se hizo tarde y los viajeros decidieron dejar la marcha para el día siguiente.

 

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