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Opinión

Augas Santas

 

Con la cara y las manos llenas de ronchones de los mosquitos de Antela, los viajeros llegaron a Allariz, la hermosa capital gallega de Alfonso X el Sabio. Fueron directamente a la casa de los padres de Pepiño, donde dejaron los enseres y, después de los saludos, Catorcena y los tres peregrinos fueron a dar una vuelta por la ciudad. Admiraron el airoso puente medieval y los cuatro cruceiros y oraron en la iglesia de Santiago.

Después de la cena, que corrió a cargo de los padres de Pepiño, se presentó el párroco de Santo Estevo, don Rosendo, que traía unos almendrados, típicos de la villa, para endulzar el postre.

He oído que mañana queréis ir a Augas Santas -dijo-. Tengo que ir allí y me gustaría acompañaros. ¿Os parece bien?

Como todos asintieron, a la mañana siguiente salieron de Allariz. Don Rosendo, que era un gran conversador, preguntó a Catorcena su destino, y al saber que quería llegar hasta Mondoñedo, resultó que él había estudiado en su Seminario.

¡Hombre! -dijo Catorcena- ¿No conocerá a don Fructuoso, que también fue seminarista allí?

¿Fructuoso Ares, el «Sabicheiro»? ¡Pues claro que le conozco! ¡Fuimos compañeros en varios cursos! ¡Era listo como una ardilla! ¡Tenía unas ocurrencias! Un día

– ¿Entonces usted sabrá la historia del Mariscal Pardo de Cela?

– ¿Y quién no la conoce en Mondoñedo y en toda Galicia?

– ¿Y qué sabe del yelmo?

– ¿Del yelmo del Mariscal? Eso es una leyenda que algunos se traen por allá y que aplican cuando se busca algo irrealizable, perdido en la noche de los tiempos… Pero… Dime, Catorcena, ¿Qué ha sido de mi freire Fructuoso?

Cuando Catorcena le contó las cosas del cura de Casavieja y sus exóticos mandatos, don Rosendo estalló en risotadas.

– ¡Este «Sabicheiro«! ¡Siempre igual! Pero… si te ha enviado allá, sus razones tendría. No dejes de ir. ¡En los viajes se aprenden muchas cosas!

Oiga, don Rosendo -intervino Pepiño-. ¿Por qué no nos cuenta la historia de Santa Mariña? ¡Había pensado hacerlo yo, pero usted, que sabe tanto de estas cosas, lo hará mucho mejor!

– ¡Está bien! Pero os la voy a contar sin adornos, que luego añadiré. ¿De acuerdo?

«El caso de Mariña es uno de tantos de los que se dieron cuando la gran expansión del Cristianismo. Se pensaba que cristianos y hebreos eran un peligro para el Estado y sufrieron varias persecuciones muy crueles. Pero la Fe era tan grande que no les importaba llegar a morir por ella. Hay infinidad de mártires, muchos de ellos ignorados. Pero algunos fueron recordados por su significado y fama. Uno de ellos fue Marina, hija de un gobernante que llegó a ordenar su muerte al saber que era cristiana y no querer ella renunciar a serlo. Como era ciudadana romana fue decapitada y su ejemplo fue muy renombrado por los fieles de la época y magnificado posteriormente.

– ¿Cómo llegó a ser cristiana siendo de tan alta cuna?

 – Se dicen muchas cosas sobre su nacimiento: que su madre murió en el parto -¡de 9 niñas!-, y que de su educación se encargó una esclava cristiana. Con las enseñanzas de su cuidadora se hizo fervorosa practicante. Seguramente por entonces muchas personas fueron martirizadas, pero Marina, o Mariña, como la llaman en Galicia, fue un caso muy notable por ser la hija del personaje más encumbrado de aquella provincia, prefectura o como se llamase su cargo.

«Sus restos, como tantos otros de los Santos Mártires, fue recogido, guardado y muy venerado; y aún más cuando a ellos se asociaron ciertos hechos milagrosos.

«El lugar donde fue decapitada era en unas termas, a las que los romanos eran tan aficionados. Cuando el Cristianismo se impuso a los dioses paganos se construyó allí una pequeña ermita para guardar sus reliquias, que luego, durante la dominación sueva, fue sustituida por una iglesia; de ella sólo se conserva un capitel y algunas placas escritas, pues después fue remozada por el espléndido templo románico que veréis.

«La tradición dice que al caer la cabeza al suelo, dio tres botes y en todos surgieron sendos manantiales. También se afirma que antes de ser decapitada, intentaron ahogarla en una pila situada más allá, en la que nunca falta agua, pero no lo consiguieron. Y que fue metida en un horno crematorio, el «forno da Santa», que debe ser de origen prerromano, del que salió ilesa. Dicen que las aguas de estas fuentes, las «Augas Santas«, y especialmente las de un pozo que está dentro de un edificio, son muy milagrosas. Yo, como buen gallego, no creo ni dejo de creer pero, por si acaso, siempre bebo un buen trago. Os lo recomiendo.

«El lugar ha sido desde siempre un gran foco de peregrinaciones y romerías, pues hay una gran devoción por esta santa en toda Galicia y en toda España.

– Sí. Es verdad -intervino Pepiño-. Hace dos años estuve segando por Valladolid, y en un pueblo llamado Cigales, famoso por sus vinos, festejan a Santa Marina. Lo recuerdo muy bien porque nuestra marcha coincidió con la romería que celebran una semana antes de Santiago, el 18 de julio. Y uno de un pueblo de Salamanca, Escorial o Escurial, también me dijo que era su Patrona.

Seguramente esas fuentes tengan propiedades salutíferas, como ocurre con muchas de las que conocemos de los romanos. Sin ir más lejos, en mi tierra hay un famoso balneario, Alange. Y supongo que en el antiguo Imperio sus ejemplos son innumerables -nos aclaró Sebastián, uno de los peregrinos de Mérida.

– Evidentemente. Cuando lleguéis a Ourense, admiraréis las Burgas, grandes manantiales en los que las aguas están muy calientes y que sirven para curar muchas enfermedades. Son las más famosas, pero en Galicia hay infinidad de fuentes, y a muchas se las atribuyen orígenes milagrosos. Bueno, ya sabéis que los antiguos celtas, con sus druidas al frente, adoraban divinidades en ellas. La Santa Iglesia sustituyó aquellos primitivos cultos por advocaciones a la Virgen y a los Santos y en sus alrededores se erigieron capillas y templos en su honor.

«Pero… con toda está cháchara ya estamos llegando a Augas Santas. ¿No podríais venir conmigo a echar una mano? Sobre todo tú, que tienes tanta fuerza…

– ¡Con mucho gusto, Padre! Lo que usted diga…

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