Opinión

En Ribadelago

 

Tenía que ocurrir… Durante un tiempo, el dinero que D. Fructuoso obtuvo por la gran perla que le trajo Catorcena sirvió para arreglar la iglesia, que tenía la techumbre muy deteriorada, comprar imágenes –una de ellas de San Bartolomé–, y para alimentar al gran pantagruel que era su pupilo.

¡Pero todo se acaba! Y ya estaba el buen cura preocupándose de la pitanza y pensando donde enviarle. Hasta que recordó algo que oyó cuando era seminarista. Y así…

 – Mira, Catorcena: como nos estamos quedando sin fondos y necesitamos arreglar muchas cosas, te vas a ir hasta Mondoñedo y te traes el yelmo del Mariscal Pedro Pardo de Cela. ¡Seguro que sacamos lo suficiente para terminar las obras!

– Pero…

¡Te he dicho cien veces que no me vengas con peros ni manzanos! ¡Mañana mismo saldrás para Galicia! ¡Entendido!

Y ya tenemos de nuevo a Catorcena recorriendo las hispanas tierras, atravesando llanos y montañas. Había decidido pasar por Zamora y más allá, cerca de Tábara, se unió a un grupo de segadores gallegos, que volvían a su tierra con el dinero ganado por su trabajo en Castilla. Le acogieron bien, pero pronto se dieron cuenta de lo que Catorcena necesitaba para comer…

No os preocupéis -les tranquilizó-. Con mi fuerza y mi destreza procuraré mi sustento y el de los demás.

Es que temos un problema -dijeron-. Ao pasar por estas terras da serra da Culebra, sempre adoitabamos repoñer a nosa despensa e as nosas forzas cazando algún porco, o que vostedes chaman gorrino o jabalí.

 – ¿Jabalíes? Pero ¿Tenéis picas?

– ¡Non home non! Temos, ou mellor dito, tivemos a Pepiño, que é un gran fondero. Atordou ao porco cunha pedra na cabeza e despois rematámolo coas nosas foces. Pero mira como está o pobre … O seu brazo dereito está roto e férulo e non nos pode axudar …

– Pues si es por eso no hay que preocuparse. ¡Yo me encargo de ello!

– Pero… ¿xa podes usar unha fonda?

– No la necesito… ¡Ya lo veréis!

Intrigados y animados por las palabras de Catorcena emprendieron la cacería por la frondosa sierra, desplegándose para encontrar algún rastro… Al fin uno de ellos lo encontró y hacía allá se dirigieron.

En lo más espeso del bosque oyeron los inconfundibles gruñidos de suidos. Catorcena no cogió un canto rodado, como los que utilizan los honderos, sino una piedra llena de picos. Y al acercarse a un gran jabalí, que se aprestaba para atacarles, se la arrojó con todas su fuerzas, incrustándosela en la mismísima frente. ¡No hizo falta el remate!

Era de ver la alegría de aquellos segadores al tener por compañero de ruta a Catorcena. Y de entre ellos, especialmente Pepiño, que con su brazo en cabestrillo, encontró en él una gran ayuda. Al anochecer solían contar historias alrededor de una hoguera. En una de estas ocasiones preguntó Catorcena si sabían algo del Mariscal Pardo de Cela.

Uno de ellos contestó que algo había oído; que se trataba de un bandido que fue ajusticiado, pero poco más. Pepiño le propuso:

 – Mira, Catorcena, cando cheguemos a Puebla de Sanabria, teño que desviarme cara a un famoso lago preto, en cuxa beira hai unha coñecida curandeira, para que poida arranxar o meu brazo … É unha muller que sabe moitas historias. … Por que non vén comigo e preguntarémoslle? A túa empresa será de gran axuda para min.

Como a Catorcena le pareció muy buena la idea, a su debido tiempo así lo hicieron, y al acercarse al siempre misterioso lago de Villachica o de Sanabria, Pepiño dijo:

Te lo voy a contar en castellano, para que lo entiendas bien. Dicen que estas aguas cubrieron un antiguo poblado, con su iglesia y todo. Y que en determinadas noches, entre espesas nieblas, su torre emerge y repica lúgubremente la campana, indicando una próxima muerte o alguna desgracia a quien la oye… Eso dicen… Yo no lo creo, pero, por si acaso, santigüémonos.

– ¡Ya! Tu, como buen gallego, no crees en las meigas, ¡pero haberlas, haylas! ¿Noo? Pero dime… ¿Cómo pasó?

– Pues cuentan que un buen día se presentó en aquel pueblo un harapiento trotamundos; nadie le quiso dar limosna e incluso algunos le tiraron desperdicios… Sólo unas mujeres que estaban horneando en un altozano le ofrecieron pan… Entonces, aquel pordiosero las dijo que en castigo por la falta de caridad el pueblo sería anegado. Y clavando su vara en el suelo, salió por allí un gran borbotón de agua que inundó el pueblo formando el lago, del que sólo emergía el cerrete donde estaba el horno…

– ¡Caramba! Oí algo de un misterioso caminante que también clavó una vara maléfica, al pasar por un pueblo cercano a Salamanca. ¡A lo mejor era el mismo castigador!

-¡Todo é posible! Pero mira … Xa estamos chegando a Ribadelago…

En una casita muy rústica vivía Rosamunda, la buscada sanadora, que gozaba fama de tener grandes poderes curativos y adivinatorios. Antes de llegar, salió a recibirles, diciendo:

– Bienvenidos, caminantes. Ya veo que vienes, tú, galleguiño, a que te recomponga el brazo. Y tú, hombretón terrible, que debes tener una gran fuerza, ¿a qué vienes, si eres todo salud? ¿No será que quieres conocer tu suerte?

Sorprendidos quedaron nuestros protagonistas al comprobar la perspicacia de aquella mujer de edad tan avanzada…

Pasaron. Rosamunda quitó la tablilla y palpó con firmeza el brazo de Pepiño:

Te va a doler –le dijo–. Pero para que lo aguantes mejor, te voy a preparar una pócima. Te la tienes que tomar bien caliente… Muerde esté palito. Tú, gigantón, le sujetarás mientras yo le recompongo lo huesos en su sitio…

Así se hizo. Con gran maña, Rosamunda hizo la cura primorosamente, vendándole luego el brazo y entablillándoselo de nuevo… Al final le dio a beber otro brebaje y quedó profundamente dormido…

– Bueno, esto ya está… Dormirá unas cuantas horas y, luego, que no se quite el entablillado en unos días. Tendrás que cuidarle. Y ahora… ¡veamos qué me quieres preguntar!

Pues


Noticias relacionadas

Deja un comentario

Botón volver arriba