Opinión

La vara de Villamayor

 

Portada del original, dedicado a mi hijo José Santos en el día de su boda (1 abril, 1995)

Corrían los tiempos grandes de Salamanca. Cuando por doquier se construían inmensos edificios y espléndidas fachadas. Junto a la Catedral, se estaba levantando otra, pues a la ciudad, una de las más sabias de la Cristiandad, la sin par «Roma la Chica», no le bastaba con una… Ilustres personajes afluían de todas partes del orbe, para enseñar… y para aprender.

Hacia falta mucha, muchísima, piedra de sillería para las fachadas, floreciendo canteras por toda la Armuña, tanto de la Baja como de la Alta. Los carros boyeros abarrotaban los caminos y las calles para abastecer a los constructores. Era digno de verse la gran cantidad de artesanos de la piedra, los mejores de las Españas, flamencos, italianos, judíos conversos y numerosos moros, compitiendo con su trabajo para conseguir las figuras más hermosas, llenas de vida, con su simplicidad o su picardía.

Allá, en la piedra, tenían libertad –o la encubrían– para expresar lo que no se atrevían a decir: sus amores imposibles, sus ocultas obscenidades, sus rencores eclesiásticos, sus sueños aberrantes, sus frustraciones… y también sus ilusiones. Aún no había llegado el día en que el pagador ponía el modelo, sacado de algún libro italianizante.

De todas las canteras de la Armuña, de las riberas del Tormes, de las Siete Villas, de Fuentesaúco y también del campo charro, de todas, las mejores, las incomparables, las que permitían siempre las más exquisitas filigranas en piedra arenisca, fueron siempre las de Villamayor.

Todo el mundo lo sabe. Y es que no hay en el mundo ninguna roca que arda, que flamee al contacto con la luz solar en el crepúsculo, ni que con el paso de los años tome un color dorado cada día más hermoso, más… salmantino.

Pues bien, eran aquellos tiempos… Villamayor era un hervidero de gentes que iban y venían, cargando, comprando, ofreciendo… Mercado diario de ilusiones, riqueza sin fin.

Pocos labradores había entonces en Villamayor: casi todos eran canteros y orfebres de la famosa piedra.

Pero entre aquel gremio inmortal había un hombre cuyo orgullo y ambición desbordaba su corpachón. No soportaba que alguien tuviese más terrenos que él, ni que fuese más rico. Hasta al Rey envidiaba, por ser suya la mejor cantera del pueblo.

Poco a poco, valiéndose de malas artes, fue apoderándose de las tierras de sus vecinos. Unas veces era con engaños en los naipes, otras propalando embustes, otras contratando matachines y hampones. Dicen que hasta alguna muerte hubo…

Ya eran suyas todas las tierras al oriente de Villamayor, hasta los pizarrales de La Salud, aledaños de Salamanca. Obedecía a un plan prefijado de apoderarse de esas tierras, como más cercanas a la ciudad, e irse extendido paulatinamente hacia poniente. La siguiente pieza a cobrar sería la gran cantera de La Moral…

El carácter de aquel hombre, que dicen se llamaba Julián, era cada día más agrio, y esa acritud estaba en proporción con sus tierras, al no poder disponer tan rápidamente de aquello que el tanto deseaba…

No tenía amigos. ¿Cómo iba a tenerlos? Sólo sus compinches aparecían por su casucha, la más miserable de todo el contorno, aislada del pueblo, en medio de sus tierras. Su mujer y sus hijos vestían harapos, y no osaban levantar la voz ni la mirada del suelo, por temor a la vara de Julián; aquella vara temible que a tantos había descalabrado. Vara de fresno, de aquellas que aún hoy llevan nuestros mayores.

Un día Julián había discutido con su vecino de La Pachera, por razón de que éste no había aceptado el trato de cederle su cantera por… nada. Y se encontraba en su chabola rumiando venganzas y sangre.

En esto que ocurrió algo insólito: un mendigo se acercaba por el sendero, hacia la casa, sin duda con la intención de limosnear algo…

La mujer de Julián, que le vio venir, salió de la casucha con un mendrugo de pan, esperando que su brutal marido no se apercibiese de la maniobra.

Pero no fue así y Julián salió detrás, blasfemando y esgrimiendo su terrible vara, que descargó en las espaldas de su sufrida esposa.

Dejando a ésta tirada en el suelo, retorcida de dolor, y sin dejar hablar al pedigüeño, le dijo:

– ¡Ya te enseñaré yo a venir a molestar a los horrados trabajadores a su propia casa! ¡Tomaaa!.

Y sin esperar más, estando aún lejos del pobre, le arrojó la vara con todas sus fuerzas.

Fue ésta dando vueltas por los aires, llego al hombre y… ¡PASÓ A SU TRAVÉS! para ir al caer al suelo, más allá.

Y dijo entonces el caminante:

-¡Ah, hombre perverso! ¡Creíste que yo era un mendigo e impediste que tu mujer, que no te mereces, compartiese su pan conmigo! Pues has de saber que no soy eso, sino un enviado con poderes sobrenaturales. Y que en virtud de ellos, te maldigo a ti y a tus tierras y te quedarás solo. ¿Ves tú vara allá, en el suelo? Pues marcará desde hoy una línea recta, y de ella hacia oriente tus canteras darán piedra mala, dura y herrumbrosa, que nadie querrá… ¡Verás como prosperaran tus vecinos, y se enriquecerán mientras que tú no tendrás ni quien te compre tus tierras! ¡Por el poder que me han dado, así se premia tu avaricia y maldad! ¡Amén!

Y convirtiéndose en humo, desapareció.

Desde aquel momento, los terrenos de Julián fueron totalmente improductivos, y únicamente algún cabrero sacaba un pobre rendimiento de ellas.

¿Qué pasó con la vara de Julián, aquella que atravesó el cuerpo del caminante? Pues quedó fijada al suelo, en el sitio donde cayó, marcando el límite de la piedra mala. Y no había fuerza humana que la pudiese mover ni un tanto así… Incluso un día llegó un sacerdote con agua bendita… ¡Y ni con esas!

Desde entonces se llamó la «vara de Villamayor» y todos procuraban no acercarse por allá y –mucho menos– pasar por encima.

¿Dónde está?

Eso… es otra historia.

 


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